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“INMIGRANTES NACIONALES” EN ESPAÑA

La insufrible levedad de la indignación

La estrategia nacionalista-totalitaria urdida por el Ejecutivo vasco para blindarse en el poder pretende imponerse por la fuerza de dos pasiones básicas, astutamente combinadas: el miedo y la esperanza. La indignación no la frena, sino que la excita todavía más.

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En realidad, como casi todo en la acción humana, estas pautas de actuación están ya muy ejercitadas y contrastadas, y a nadie, suficientemente avisado, deberían ya sorprender. Ni escandalizar. Sin embargo, esto es lo que suele suceder. En un sólido estudio sobre la “geometría de las pasiones”, el filósofo italiano Remo Bodei ha mostrado cómo la eficiente manipulación de aquellas dos vibraciones del alma de los hombres ha rendido grandes servicios a la causa de las ideologías totalitarias y utopistas. Para abrirse camino, éstas aspiran fundamentalmente a deteriorar las energías del individuo y sus actos de voluntad, con el fin de transferirlos a una minoría presuntamente emancipadora, que al tiempo que intimida (miedo) se ofrece como remedio (esperanza) para el peligro que ella misma crea con su presencia. El miedo se cambia después en terror, iluminado por la fuerza de la razón armada, y desde ese momento gobierna la voluntad colectiva (“voluntad general”, Espíritu del Pueblo, Opinión Pública), a la que se le exige duros sacrificios a cambio de ofrecerle, como única salida, el amanecer de un nuevo mundo: “empieza el futuro”, “el mañana nos pertenece”. En verdad, y para no engañar a nadie, el preámbulo del proyecto del nuevo Estado Libre Asociado llamado “Euskal Herria” debería incluir el mismo lema que situó Dante a las puertas del Infierno de la Divina Comedia: “Nada se creó antes que yo, si se exceptúa lo eterno; también soy eterno. Los que penetráis aquí abandonad toda esperanza.” Así habló Ibarreche.
 
Nada de esto es nuevo. El drama vasco, que no tiene tampoco nada de divino ni de comedia, está teniendo lugar desde hace veinticinco años en un pequeño pedazo de España desde el momento en que el nacionalismo se hizo con el poder y se propuso su programa general de “cada vez menos España”. Lo que comenzó con un arranque pausado, ha ido creciendo por su propia lógica de expansión y dominación, hasta hacer patente lo que estaba latente en un programa de solución final pautado y articulado. Es todo un espectáculo, por tanto, comprobar cómo muchos se pasman y aun se indignan ante cada medida provocadora y desestabilizadora que cimienta la larga marcha. Mientras no pocos ni se inmutan y otros tantos tontos ni se dan por enterados. El penúltimo episodio nacionalista vasco lo ha protagonizado una circular expedida por la consejería de Educación del Ejecutivo autonómico sobre la escolarización del alumnado “inmigrante”, entre el que se sitúa a todos los que llegan “desde fuera” y a quienes se oferta dos modelos de enseñanza, para que elijan libremente: mixto o en eusquera puro.
 
“¿Y en español, por qué no?”, se preguntan algunas almas cándidas. Para otras, no menos incautas, se trata de una consecuencia directa y exclusiva del Plan Ibarreche: “otra vuelta de tuerca”, “un paso más”, etc.  Cuando lo cierto es que en el marco del Estado de las Autonomías, el verdadero problema no es el registro ahora de “inmigrantes nacionales” en una región española, sino que desde hace décadas se cuentan por miles los “desterrados nacionales“; por cientos de miles los excluidos y marginados, los “exiliados en el interior”, por no ser nacionalistas; que rígidas barreras administrativas y lingüísticas obstaculizan el libre movimiento de españoles en su propio país; que escuelas en las CCAA se rigen por el ideario de las madrasas y los madrazos de turno; y que el idioma español es lengua residual en la enseñanza en todas las Comunidades con “lengua propia”, tanto en Vasconia como en las presididas por el PP (aunque, eso sí, por todos es utilizada en cuando quieren hacerse entender y organizar la propaganda).
 
Bajo estas circunstancias, muchas de las reacciones producidas a raíz de esta instrucción emanada de la Autoridad Nacional Vasca suenan muy chocantes en su indignación. La portavoz de Educación del PSE en el Parlamento Vasco ha rechazado la medida porque, dice, contraría la tarea esencial de la educación, cual es “trabajar la multiculturalidad y la cohesión social” y porque, “a lo Ariel Sharon, alienta muros artificiales entre sociedades vecinas”. Para una notable asociación de padres (y madres) de alumnos, la Ceapa, el conflicto que se crea no es vecinal sino a más alto nivel, pues busca “plantear una pugna de un Estado contra otro” (¿?). Pero lo que ha conmovido a la ciudadanía toda, con independencia de su ideología, ha sido la declaración de la ministra de Educación y Cultura, Pilar del Castillo, en la que ha ordenado que se retire la circular, ya mismo. ¿Se habrá puesto de puntillas para lanzar este aviso a navegantes irredentos? ¿A qué viene ahora tan sulfurada firmeza después de haberse transferido a las CCAA la práctica totalidad de las competencias educativas del Estado? ¿Con qué poder acompañará ahora semejante orden tras años de dejación de autoridad y responsabilidad?
 
Seamos claros. El Partido Popular en el Gobierno de la Nación se ha desentendido de la suerte de la enseñanza pública en España, por entender que es un ámbito ingobernable y su cuidado, poco fructuoso, dejándola así en franquía desde el primer momento a sus enemigos políticos para ser manipulada e instrumentalizada a su antojo. Amén de arruinarla sin compasión. ¿Qué se ha hecho para impedir que el pluralismo efectivo desaparezca de las escuelas y Universidades españolas (no sólo las públicas) y estén custodiadas por el pensamiento único? Y lo que es más grave: este déficit y esta anomalía en Educación, se ha sumado penosamente a una actitud de abdicación muy similar en el ámbito de la cultura y de los medios de comunicación. Y eso pasa factura, más tarde o más temprano.
 
 
 
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