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POLÍTICA

La izquierda ausente

La izquierda se ha desatado. Al fin proclama abiertamente lo que durante los últimos días de Zapatero sólo se atrevía a insinuar, esto es, que de la crisis no se sale con estrecheces, sino incrementando el gasto, redoblando el déficit.  

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No teman, no les endilgaré mi pócima sobre un tema del que lo ignoro casi todo. No obstante, hay aspectos que me llaman poderosamente la atención y que sí querría subrayar, a pesar de mi condición de lego o quién sabe si por ello mismo. Éste, por ejemplo, de la solución izquierdista.

¿Cómo se sale de la crisis? Saliendo, así de sencillo. Mario Vargas Llosa, en su memorable artículo "Las ficciones malignas", bautizó el truco con el descacharrante sintagma de "el crecimiento económico como un acto de voluntad". Según esta creencia (creencia, sí), la restricción del gasto público, con los consabidos recortes en sanidad, educación o infraestructuras, vendría a ser un capricho de la derecha. Así, y del mismo modo que "otro mundo es posible", también sería posible seguir endeudándose, un arreglo que no está muy alejado de la huida hacia adelante que supone, para cualquier economía doméstica, exprimir la visa a partir del 22 de cada mes.

Con todo, incluso la izquierda debe preguntarse lo que se preguntó Josep Pla al arribar a Nueva York y ver aquel dispendio de neón: "Y todo esto, ¿quién lo paga?". La respuesta no es otra que los ricos, a quienes siempre se puede estrujar un poco más. Tan sencilla solución trae consigo una rémora inexorable: ¿por qué la derecha no se deja entonces de ajustes? ¿Por qué, si basta con cerrar los ojos y desearlo? Por maldad, claro. No en vano, lo que pretende la derecha es desmantelar es el-Estado-de-Bienestar-que-tanto-nos-ha-costado-construir.

Antes de rebasar esa frontera, tal vez convenga hacer un alto para admirarse de que la crisis tenga soluciones de derechas y soluciones de izquierdas, y que lo que habría de ser una discusión más o menos aseada donde primara un cierto rigor técnico se haya convertido en una corrala donde uno grita "¡Recorte!" y otro "¡Austeridad!" (si bien, a decir verdad, los únicos que gritan, y cada vez de forma más horrísona, son los del sector recorte). Incluso un asunto tan alambicado como los préstamos bancarios es susceptible de traducción al plano ideológico. Así, para la izquierda, los culpables del desaguisado no son otros que los bancos mismos, que, llevados por un afán desmedido de lucro, no habrían tenido el menor escrúpulo a la hora de persuadir (con malas artes) a cientos de miles de asalariados para que contrataran una hipoteca. La derecha, por el contrario, achaca parte del problema a la irresponsabilidad contable del individuo, es decir, defiende que quienes suscribieron hipotecas no eran sujetos carentes de voluntad que ignorasen que las condiciones en las que se hacían con un piso o una segunda residencia eran harto sospechosas. Basta ver, alertaba recientemente un avispado columnista, cómo esos supuestos damnificados alardean hoy de perspicacia ante las cámaras de televisión, que los presentan invariablemente como víctimas... del sistema.

En efecto, y como si de un bucle se tratara, la izquierda vuelve a presentar como prueba de cargo el placebo rousseauniano de que el hombre es bueno por naturaleza pero la sociedad lo pervierte, premisa filosófica que no tolera el roce con dos siglos de neurociencia, que no tolera el roce, en definitiva, con la verdad. Cuando se dice que no hay una salida de izquierdas a la crisis, lo que en verdad se está diciendo es que el ángulo ciego de la izquierda sigue siendo la naturaleza humana. No ya porque sea incapaz de vislumbrar una salida que no pase por la enmienda estatal, o porque crea a pie juntillas que al hombre no hay que pedirle cuentas, sino porque, como consecuencia de lo anterior, no concibe la posibilidad de que sean los hombres los que salgan de la crisis por sí mismos.

Ante lo que empieza a antojarse un análisis fundamentado en supercherías, a la derecha ni siquiera le hace falta cargar la suerte: le alcanza con una mera comparecencia (eso, comparecer a la manera del tancredo, es lo que entiende Rajoy por acción de gobierno) para ganar a los puntos. No sólo. En el colmo del abaniqueo, aun se permite la boutade de subir los impuestos hasta que el temporal dé un respiro, de lo que se deduce que es así, subiendo los tiempos, como dan respiros los temporales. Que semejante añagaza suponga vulnerar el catecismo liberal no ha de preocupar a nadie, pues al otro lado, ya digo, no hay más que un páramo.

No siempre fue así. Uno atiende las declaraciones de los dirigentes de izquierda y da por sentado que cuando abogan por seguir gastando a espuertas para salir del hoyo prolongan una tradición tal vez errada, pero del todo punto venerable. Lo cierto, sin embargo, es que las miríadas de funcionarios que reclaman ganar más y trabajar menos, o esos estudiantes para quienes la crisis no va con ellos, tendrían mal encaje en aquella izquierda eurocomunista que, como recordaba recientemente el profesor Francesc de Carreras en un artículo publicado en La Vanguardia, llevó a gala el principio de austeridad. Qué izquierda de nuestros días se comprometería con dicho principio en la forma como lo tradujo Enrico Berlinguer en su Austeridad. Una ocasión para transformar Italia:

La austeridad implica, por definición, restricciones de ciertos bienes a los que nos hemos acostumbrado, renuncia a ciertas ventajas adquiridas. Pero estamos convencidos de que no es en absoluto cierto que la sustitución de determinadas costumbres actuales por otras, más austeras y no derrochadoras, vaya a conducir a un empeoramiento de la calidad y la humanidad de la vida. Una sociedad más austera puede ser una sociedad más justa, menos desigual, realmente más libre, más democrática, más humana.

Qué izquierda, desde Marinaleda al barrio de Gracia, acataría hoy una renuncia como la que ahí se expone (ojo, no es que Berlinguer la asumiera como mal menor, ¡es que la reivindicaba!).

Tengo la impresión, en fin, de que uno de los males que acechan a la democracia es precisamente la ausencia de la izquierda, dicho sea en el más torvo de los sentidos, el de suspensión del sentido común y quién sabe si de la moralidad. Que, en España, el único atisbo de autocrítica haya consistido en un cuerpo a cuerpo entre Alfredo Pérez Rubalcaba y Carmen Chacón da idea de hasta qué punto urge que la izquierda se reencuentre con la inteligencia. Para ello, no obstante, hará falta algo más que un debate congresual, pues las aguas han llegado muy arriba.


albertdepaco.tumblr.com

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