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SALUD Y LIBERTADES

Las advertencias de las cajetillas y el Estado Niñera

Cualquier persona en sus cabales sabe que fumar no es saludable. Los cigarrillos han sido denominados "clavos de ataúd" al menos desde la década de los 80 del XIX, y más de dos siglos antes el rey Jaime I se despachaba contra el tabaco motejándolo de "costumbre repugnante para la vista, odiosa para el olfato, dañina para el cerebro [y] peligrosa para los pulmones".

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En Estados Unidos, la ley obliga a poner advertencias en los paquetes desde 1966. Desde entonces, la tasa de consumidores se ha reducido a la mitad: si a mediados de los 60 los fumadores representaban el 42% de la población, hoy no llegan al 21%. En cuanto al número de fumadores diarios, son sólo el 12,7%, lo que representa un mínimo histórico. Es decir, que si alguna vez ha habido un mensaje que haya calado entre el público al que iba destinado ha sido el que dice que fumar es malo para la salud. De hecho, los fumadores tienden a sobrestimar el riesgo del consumo. Así, las encuestas muestran que los fumadores cifran en el 40% la probabilidad de morir por un cáncer de pulmón causado por el tabaco, cuando el abanico real se mueve en torno al 7 y el 13%.

La tóxica reputación del tabaco no es lo único que ha mermado las filas de los fumadores. El fumar nunca ha estado tan gravado, tan prohibido, tan estigmatizado. Ciertamente, lo último que necesita el Gobierno federal es dictar nuevas normas para alertar a la gente de los riesgos asociados al consumo de tabaco.

Recientemente la Administración para las Drogas y los Alimentos (FDA) anunció que las advertencias de las cajetillas van a aumentar de tamaño: a partir de otoño del año que viene deberán ocupar la mitad del anverso y del reverso, y ser mucho más gráficas. Armada con los nuevos poderes que le otorgó el Congreso el año pasado, la FDA ha diseñado 36 advertencias, de las que finalmente nueve acabarán estampadas en los paquetes de cigarrillos.

Entre las advertencias propuestas, informa el Washington Post, se cuenta una en la que aparece un señor fumando a través del orificio que le dejó una traqueotomía; en otra se ve un cadáver con una larga cicatriz que le recorre el pecho; en una tercera, un señor parece estar sufriendo un infarto. Hay otra en que una madre echa a su bebé el humo a la cara.

Al parecer, la teoría subyacente a estas imágenes tan desaforadas es que, aunque todo el mundo sabe que fumar es malo, hay quien necesita que se le refresque la memoria de la manera más desagradable posible. Yo no fumo, jamás lo he hecho, y si uno de mis hijos se viera tentado por el tabaco no dudaría en recurrir a imágenes de pulmones destrozados y enfermos de cáncer en fase terminal para asegurarme de que comprenden los riesgos potenciales de fumar. Y ahora, la pregunta del millón: ¿en qué momento se convirtió en competencia del Gobierno federal tratar a los adultos igual que las madres y los padres tratan a sus hijos? ¿De verdad queremos confiar al Departamento de Salud y Servicios Sociales el combate contra los malos hábitos personales? Si Washington no puede poner freno a sus vicios, ¿por qué vamos a ponerle a erradicar los nuestros?

Pocas cosas son tan ubicuas en la vida norteamericana como la lucha contra el tabaco. Todo el mundo ha recibido el mensaje, razón por la cual la mayoría ya no fuma. A los que siguen dándole al cigarrillo no les hace falta que el Gobierno les esté todo el día detrás.

Siempre habrá fumadores, de la misma forma que siempre habrá conductores temerarios y gente que abuse de la bebida. ¿Se debería obligar a los fabricantes de coches a que colocaran en éstos imágenes de accidentes espantosos y motoristas desmembrados? ¿Deberían los paquetes de comida con alto contenido calórico exhibir tiras de sebo humano, o enfermos del corazón? ¿Habría que cubrir las botellas de cerveza y vino con espeluznantes imágenes de alcohólicos e hígados destrozados?

"El progreso natural de las cosas", dijo Jefferson,"tiende a que la libertad ceda terreno y a que el Gobierno lo gane". El Estado Niñera puede facilitar algunas decisiones, pero es incompatible con una sociedad libre. No es tarea de Washington sonarle la nariz por el mero hecho de que usted tenga mocos. Claro que los funcionarios tienen buenas intenciones. Por cierto, siempre parece haber buenas razones para darles un poquito más de autoridad, para consentir con que se nos trate con un poquito más de condescendencia. Pero eso tiene un precio.

Fumar no es saludable, no hay duda al respecto. Pero es mucho más peligroso perder la dignidad y la libertad.

 

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