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ECONOMÍA

Un país de analfabetos empresariales

España es un país altamente deficitario en cultura emprendedora, reflejo inequívoco de nuestra baja competitividad, así como del voraz intervencionismo estatal y la rigidez económica que padecemos. Se trata de un pesado lastre, un grave problema de difícil solución, dado el rancio izquierdismo que impregna a la clase política.

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Según una reciente encuesta, casi un tercio de los jóvenes que inician una carrera universitaria aspira a convertirse en funcionario, frente a apenas un 28% que ambiciona crear un negocio. La situación es, si cabe, mucho peor cuando se analiza el espíritu de los desempleados: a finales de 2009, casi el 40% estaba considerando opositar, mientras que un 14,67% afirmaba estar ya preparando los exámenes de acceso a una oposición. Por desgracia, tan sólo un 33,6% barajaba la apertura de un negocio, según un estudio realizado por Adecco.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Entre las múltiples razones existentes, destacaría dos. Por un lado, la figura del empresario no goza de excesiva popularidad entre los jóvenes; debido, sobre todo, a cuestiones relacionadas con la pésima calidad de la educación en nuestro país, donde el estudio de la economía o es nulo o está fuertemente impregnado de ideología estatalista y anticapitalista. Basta con ojear algunos de los manuales que manejan los estudiantes de primaria y secundaria para percatarse de lo que vengo denunciando. No es extraño encontrar textos en que se tacha al empresario de "sanguijuela social que vive de la sangre ajena", la de sus trabajadores, al tiempo que destroza el medio ambiente y no piensa sino en expoliar al prójimo. Mientras, los gobernantes, los sindicatos y los partidos políticos son encumbrados, presentados como héroes de lo social, lo humanitario y lo ecológico.

El problema es que los escasos jóvenes que, milagrosamente, hayan logrado esquivar esa terrible intoxicación y, pese a todo, mantengan su natural espíritu emprendedor intacto se toparán con todo un cúmulo de dificultades artificiales en el mundo laboral, en caso de que osen abrir un negocio. Y es aquí, precisamente, donde entra en juego la segunda de las razones que apuntaba antes: el intervencionismo del Estado.

Crear una empresa es un arduo y complejo proceso burocrático y fiscal repleto de zancadillas, en el que el éxito dependerá, en gran medida, de la tenacidad, valentía, arrojo y cuasi milagrosa obcecación del empresario en ciernes. España ocupa, con honorable mérito, el puesto 144, de 183, en el ránking que mide las facilidades para abrir una empresa del Banco Mundial (v. el informe "Doing Business 2011"). Resulta que es más fácil iniciar un negocio en el Congo, Venezuela, Argentina o Zimbabue que en España... ¡Ahí es nada!

Sin duda, precisamos de un cambio radical, ensalzar la figura del empresario en los ámbitos educativo y social y facilitar al máximo las cosas a los emprendedores, que desempeñan una función crucial.

 

© Instituto Juan de Mariana

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