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DE ASESINOS A RESISTENTES

Lenguaje y terrorismo

La lengua siempre ha sido terreno de conflicto y vehículo de transmisión de ideologías. No es una batalla nueva: hasta esa palabra "batalla" aparece cuestionada en las Partidas de Alfonso X como término extranjero que era, mientras el autor, con algo de nostalgia, se pronuncia por "fazenda o lid", más españolas a la sazón. A veces, el enfrentamiento se debe a meras burbujas de mimetismo de pretendidos innovadores sin valor para revolucionar otras facetas más comprometidas de la sociedad.

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Hace algún tiempo, el profesor Rodríguez Adrados decía con toda claridad lo preciso sobre el problema de las marcas de género que el Ayuntamiento de León -revolucionario él– había suscitado. No hay lingüista serio (o seria) que, si no le va en el sueldo, defienda imposiciones como esas de León, o como la distinción entre géneros para envolver el uso del masculino. Quizá nos evitaríamos estas discusiones si algunos (y algunas) políticos (y políticas) y ministras (y ministros), para su bien y el bien de todos (y todas) cursaran de nuevo el Bachillerato. Pero el de antes, aun con grave riesgo de aprender por dónde cae Monforte de Lemos, qué cosa fue la Primera República (o la Segunda) o que Cervantes no estuvo en Argel divirtiéndose en un tour multicultural. Y basta de marcas, incluidas las de moda publicitadas en Vogue.
 
Sin embargo, un aspecto inquietante es la distorsión terminológica dirigida a la modificación de pautas culturales de fondo, o a la aceptación implícita e inconsciente de elementos ideológicos cuya santidad está por demostrar. Por basarse en la omnipresencia de los medios de comunicación y en su capacidad de influir para crear doctrina –una doctrina esquelética pero doctrina al fin– el asunto no es desdeñable. Repartiremos equitativamente la responsabilidad en los intentos de forzar y subvertir el lenguaje y sus contenidos: en los años sesenta los nacionalistas palestinos eran capaces de encabezar una carta a su progenitora escribiendo donde debería aparecer "Querida mamá, o madre", o algo así, un peleón "Saludos árabes" que yo , la verdad, todavía no sé en qué consisten; pero es que en nuestros años cuarenta –alcanzamos a oírlo alguna vez avanzados los cincuenta- se intentó sustituir los cordiales y directos "Hola, buenos días, etc." por un "Arriba España" que debía contestarse "Arriba siempre" (por suerte, ni los medios desplegados ni la cordura de los españoles sostuvieron tan insostenible ideologización de la vida cotidiana); pero tampoco he podido entender nunca –quizá por carecer del soplo e inspiración sobrenatural de esa fe- cómo son y se aplican los "saludos comunistas", con los cuales inician o rematan, aun, algunos comunistas sus escritos.
 
Esas intentonas arrastran vidas ambiguas: en nuestro país la mala conciencia de derechas o el temor a las realidades sociales enmascararon a las criadas como empleadas de hogar y a los obreros como productores, pero la pudibundez de izquierdas ha logrado cotas de inmarcesible brillantez con subsaharianos por negros (¿cómo llamarán a los de las Antillas?), magrebíes por moros (¿de Libia o de Mauritania, más todos los intermedios?), señoras por señoritas (aunque cuenten quince años), o con las "soluciones habitacionales" por cuchitriles, o camelos, o enchufes. Vaya Ud. a saber. Pero no todas han fracasado, quizá porque la cordura hispana, más arriba ensalzada, no es tanta en realidad; o porque la imagen de modernidad, de progreso, de nuevo, de joven consiste –ejercicio barato y cómodo- en arrinconar ciertos términos y repetir otros como loros. Nuestro presidente Rodríguez cuando quiere fulminar de modo absoluto algo o a alguien lo estigmatiza como "antiguo" y se queda tan ancho, profundidad filosófica que prueba el alto grado de movilidad social reinante en España: cualquiera puede llegar a La Moncloa.
 
Pero hablemos en serio: hoy por hoy, en los medios de comunicación estas distorsiones, sus autores y sus solícitos imitadores van ganando la partida, es el reino del "Arriba España" dado la vuelta. Sirviéndose de analogía y repetición arrasan toda lógica y naturalidad espontánea. Por pura y simple perversión del lenguaje se define como de color a un negro (a los de Cuba no les gusta nada tal muestra de paternalismo evasivo, y con razón), nacionalista a un separatista o resistente a un asesino. Bien es cierto que nos referimos a un confuso magma donde ondean, fuera de sus lenguas originales, Ondarribia, Lleida o A Coruña, aunque no veo nunca al-Qáhira por El Cairo, München por Munich o Moskba por Moscú, seguramente por tratarse de lugares de menor importancia.
 
Ahora, la consigna es disfrazar el terrorismo islámico con el adjetivo "internacional", para que los musulmanes no vean herida su sensibilidad, como si la nuestra no estuviera dañadísima por doscientos muertos y mil quinientos heridos. "¿De qué color?", retrucan los negros cubanos cuando oyen la frasecita concesiva; "¿de qué nación y de qué inter?", debemos inquirir nosotros. ¿Por qué no hablar de un terrorismo comarcal, o de morenos y bigotudos, o inculto, o fanático, o antiguo, si queremos castigar a los resistentes de forma inapelable? Argumentan que –por añadidura a la sensibilidad islámica, siempre tan tierna- no se dice "terrorismo cristiano", o budista, o etc. Y ahí negamos la mayor: cuando había violencia criminal en el Ulster sí se leía y escribía bien clarito "terrorismo protestante" y "terrorismo católico". Y no es el único ejemplo posible (tamil, hutu, pied-noir, de los colonos, comunista, fascista son adjetivaciones que también acompañan a ese feo sustantivo). Que Jeremías se dé una vuelta por la hemeroteca y lea un rato: no hace daño. Pero, además, el calificativo –con la lógica impecable de la lengua y de que tantas veces carece la ideología- resalta el rasgo distintivo más notable del descrito, qué le vamos a hacer. Y omito la infinita lista de los motes posibles, pueblerinos o no, crueles o no, que se limitan a destacar aquello que más se ve, o de lo que más se enorgullece el mentado (a recordar el caso del condottiero Colleoni que llegó a presumir de sus tres atributos en su escudo de armas), cual es el caso de los terroristas islámicos: no sólo son musulmanes sino que esgrimen –con todo fundamento- ese aspecto de su personalidad como la más decisiva y definitoria. Por el islam matan y por el islam mueren. Blanca y en botella: ¿por qué esconderse en eufemismos, subterfugios, huídas eternas, pánico de llamar a las cosas por su nombre? Y si la mayoría de los musulmanes no participa ni por activa ni por pasiva (extremo éste difícil de probar), que lo demuestre con sus palabras y sobre todo con sus actos.
 
Pero no faltan los propagandistas prestos a revestir con la aureola de "guerrilla" o "resistencia" a los criminales que operan en Cachemira, Chechenia, Kosovo, Filipinas, Iraq, Israel o …Atocha, provocando la muerte de miles de personas, también musulmanas. ¿Cómo denominar a quienes asesinan a mansalva a lavanderas, cocineros, conductores, niños, ancianos o, simplemente, hombres hechos y derechos pero inermes e indefensos? La mayoría –y ésta de verdad- de las víctimas habidas en Iraq desde el comienzo de la campaña terrorista (más islámica que del Baas, no lo olvidemos), pertenece a la población civil.
 
Y tal vez no sobre recordar que en la prensa árabe, de manera general, la misma con que llamaban "revolucionarios" a los talibanes, el término terrorismo suele ir acompañado de otros adjetivos: sionista, imperialista, americano, colonialista. La doble vara de medir de la sensibilidad herida de bracete con el humanitarismo selectivo de por acá, que sólo ve víctimas cuando éstas las produce una potencia occidental.
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