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SOBRE UN CONCEPTO

Liberales y "liberals"

Hay cosas raras a propósito de la palabra "liberal". Una de ellas es que, siendo letra por letra igual en español y en inglés, tiene en una y otra lengua significados diametralmente distintos. Por ejemplo, si, a propósito de la política en Estados Unidos, enunciamos dos proposiciones, a saber: "El Partido Demócrata es liberal" y "El Partido Republicano es liberal", no estamos diciendo que ambos partidos compartan la misma ideología, sino que estamos usando el adjetivo en dos acepciones diferentes.

Ramón Díaz
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En los dos idiomas, la palabra tiene que ver con la libertad. En el universo político, ser liberal es tener en mucho el valor libertad. Pero, se desprende de lo dicho, la dualidad de sentidos de "liberal" refleja una dualidad paralela en la semántica de "libertad". O sea que todos los liberales aman a la libertad, mas ello no significa que todos amen a la misma cosa.

Comencemos contrastando dos conceptos nítidamente distintos de libertad. Para John Locke la libertad consiste en "tener una regla estable según la cual vivir, común a todos los miembros de la sociedad..." y poder seguir cada uno su propio camino "allí donde la ley no se pronuncia, no estando sujeto a la voluntad inconstante, incierta, desconocida y arbitraria de otro hombre..." Locke destaca que la libertad implica el derecho, o sea que no hay libertad política sino bajo la ley, por oposición a Sir Robert Filmer, un partidario de la monarquía absoluta, que definía la libertad, para criticarla luego, como licencia para que todos hagan lo que les plazca, sin ser nadie restringido por ninguna norma. Noten además el énfasis que Locke pone en la libertad como preservación de un ámbito individual (o, mejor dicho, familiar) de acción, acotado por reglas estables y conocidas, dentro del cual cada individuo o grupo familiar está a salvo de la injerencia arbitraria del gobierno.

Locke daba a la imprenta esas ideas en 1690, pero personalmente ya había contribuido a inspirar la Revolución Gloriosa de 1689, que consagró la monarquía constitucional en Inglaterra. Su clase de liberalismo recibiría un aporte fundamental cuando el escocés Adam Smith publicó La Riqueza de las Naciones en 1776. Primera obra sistemática de economía política, ella desarrolló la idea central de que, por regla general, la sociedad no necesita del gobierno para coordinar la actividad de los innumerables agentes que, sin proponérselo, gracias a los mercados, introducen orden en la producción, el consumo, el ahorro y la inversión, de modo que la solicitud por la economía de los reyes mercantilistas y sus ministros —Luis XIV y su ministro Colbert son el paradigma— era ociosa, de hecho contraproducente.

El liberalismo de Locke y Smith fue redondeado por acontecimientos que acaecieron del otro lado del Atlántico. El mismo año en que vio la luz la gran obra de Smith se emitía la Declaración de Independencia por el Congreso de los colonos angloamericanos. La Revolución de éstos, que reflejaba, como su antecedente inglés, la decisiva influencia de Locke, constituía un país llamado a grandes destinos y consagrado a la libertad, la defensa de la propiedad y la soberanía de la ley. La guinda al tope del helado fue la sentencia enunciada por Jefferson en 1798, en un documento memorable, según la cual la actitud de los ciudadanos, frente a aquéllos a quienes se ven obligados a confiar el poder, debe ser de recelo o prevención, nunca de confianza.

Si la posteridad liberal de ese siglo mal contado (1689-1798) no hubiese hecho más que desarrollar los principios sentados en su transcurso, no estaría yo escribiendo este artículo sobre posturas prácticamente opuestas del liberalismo; el cual no habría dejado de presentar variantes —no hay nada más estable en la historia que la ley del cambio— pero que no asumirían una estructura polar. Para ver más de cerca la clase de liberalismo antitético de que les hablo, tenemos que atravesar de un salto el Canal de la Mancha, en procura de un liberalismo que habla francés y tiene del fenómeno revolucionario una concepción radicalmente distinta de sus antecedentes anglosajones. El arranque visible de esta corriente se inicia con Rousseau, cuya obra clave en el ámbito político, El Contrato Social, ve la luz en 1762. Sus palabras iniciales encierran una clave: "El hombre nace libre y por todas partes está cargado de cadenas". La afirmación de la libertad al nacer, prestamente seguida de servidumbre, no puede significar otra cosa que la contraposición del hombre, tal como es en su radical naturaleza, y la cultura que lo corrompe. Ya había escrito en los Diálogos: "La naturaleza ha hecho al hombre feliz y bueno, pero... la sociedad lo deprava y lo vuelve desgraciado". Liberar al hombre conlleva cambiar radicalmente la sociedad y sus instituciones. La Revolución Gloriosa se había trazado una tarea restauradora de las viejas libertades inglesas. Los hijos de Rousseau harán, una generación más tarde, la Revolución Francesa, dirigida a destruir las rémoras del pasado, y con ello dejar que el hombre logre, comunitariamente, su auténtica estatura moral.

De ahí la dualidad de los conceptos de libertad. Tocqueville los comparaba a dos ríos de cursos divergentes surgidos de una fuente común, situada en el siglo XVIII. Por eso se llaman liberales quienes se oponen a la invasión por el Estado en el ámbito de libertad de los individuos, es decir, de su capacidad para elegir entre las opciones que la vida les va poniendo por delante, y otro tanto a quienes esperan de la política la liberación de la humanidad, y le piden al Estado que extienda permanentemente sus funciones en la lucha contra las fuerzas, que se les antojan esclavizantes, de la tradición aristocrática, las religiones organizadas, y la moral heredada.

Todo lo cual, como era de esperarse, se ha transformado en un inagotable manantial de confusiones. La preeminencia de uno u otro concepto va por barrios. En Estados Unidos la facción socializante prácticamente se ha quedado con la palabra (de donde el título de este artículo), forzando al otro bando a definirse como "conservadores" o "libertarios"; y, hasta cierto punto, otro tanto acontece en Gran Bretaña, donde el Partido Liberal, luego de llegar a una cumbre individualista con Gladstone, terminó poco menos que fusionándose con los laboristas. En Europa continental, el bando de Locke y Smith mantiene cierta ventaja, por más que sus partidarios se vean obligados a rehuir equívocos adosando al sustantivo "liberal" el adjetivo "clásico". Tal vez sea en América Latina donde la ventaja de la orientación individualista resulte más amplia, representando el esfuerzo de la izquierda por rotular a sus partidarios de "neoliberales" constituya un reconocimiento de ese predominio, así como del propósito de lograr para sí, pese a la trayectoria liberticida de los socialistas en el poder, la misma exclusividad de que disfrutan los "liberals" como defensores acreditados de la libertad.

© AIPE

El uruguayo Ramón Díaz es abogado, ex presidente de la Sociedad Mont Pelerin y del Banco Central del Uruguay.
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