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REFERENCIAS DE LA GENERACIÓN DEL 27

Medio siglo de vida literaria

Mi vida literaria tiene ya medio siglo, sobre chispa más o menos. Quiere eso decir que he atravesado con ella dos regímenes políticos.

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Se trata ahora de conmemorar los veinticinco años del segundo, y con ese motivo importa mucho proclamar que el cambio de régimen no supuso en absoluto ningún hiato en lo que se refiere al cultivo de la amena de literatura. Los grandes poetas y novelistas de la época anterior siguieron siendo los de la época nueva y si algún talento nuevo ha surgido, ello se ha debido a la cronología, no a las circunstancias políticas o a la política literaria.

Cuando yo empecé a publicar, vivía aún Juan Ramón Jiménez que, junto con los poetas del 27, eran mis referencias entre los poetas vivos de habla española. Entre éstos incluyo a americanos, como Neruda, que tanto nos conmocionó con su Canto general. Del 27 vivían Cernuda, Alberti, Guillén y Salinas en el extranjero, y en España, Aleixandre, Dámaso Alonso y Gerardo Diego. Salinas murió muy pronto y con Cernuda era difícil la comunicación. Aun así, la lectura de Ocnos fue para mí fundamental. Jiménez llegó a mandarme un poema para la revista Aljibe. Con Alberti, cuyas señas me dio Rafael Montesinos, tuve desde el 50 o el 51 una excelente relación epistolar con envío puntual de libros, y conviví bastante con Gerardo, Dámaso y Aleixandre, en particular con este último, centro del sistema solar de la poesía de aquellos años.

Sería injusto omitir la amistad y la admiración de José María Pemán. José Luis Cano, cuyo nombre sigue en la estela de Aleixandre, nos dio a conocer a algunos poetas andaluces que faltaban desde la guerra, desde el pintoresco Marqués de Vilanova hasta Antonio Aparicio, fallecido hace pocos meses en Caracas. A Aparicio lo conocí a mediados o fines de los 60 en Sevilla, donde pasó unos años; yo vivía entonces en Roma, que es la ciudad donde más contacto tuve con Alberti. Aparicio había estado con Miguel Hernández a las órdenes del Campesino durante la guerra y tengo que poner su nombre junto a los de Ridruejo, Foxá, Rosales, Panero, Vivanco, Muñoz Rojas. Estos poetas, en particular Ridruejo, Panero y Rosales fueron, más que amigos, maestros directos, de los que aprendí mucho, como también aprendí mucho de María Zambrano que, como Ridruejo decía de sí mismo, era mejor de palabra que por escrito.

En aquel primer cuarto de siglo yo pasé más tiempo en el extranjero que en España, por estudios primero y luego por mi profesión, funcionario internacional, es decir, algo así como diplomático de complemento. Sería hoy una vileza decir que también yo estuve en el “exilio” bajo el régimen anterior, como sería una estupidez decir que bajo el régimen actual vivo en el “exilio interior”. Creo que mi caso es típico: cuatro libros de poesía bajo el régimen anterior y otros cuatro bajo el actual. También corresponden al “régimen anterior” mis premios literarios más importantes.

Entre los poetas de la generación anterior a la mía, siempre proclamé mi preferencia por los cordobeses de Cántico y por el bilbaíno Otero, antes de que se echara a perder. Todos los poetas de que hablo siguen para mí vigentes, y de la admiración que les tuve he dejado algún que otro testimonio escrito. De mis coetáneos en adelante diré como Carducci: Ai posteri l’ardua sentenza.


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