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SOBRE/CONTRA LA CORRECCIÓN POLÍTICA

Multiculturalismo y nuevos nacionalismos

La corrección política pareció en sus inicios no ser más que un ataque de buena educación, un esfuerzo de contención léxica destinado a no ofender a quien pudiera sentirse incómodo por el nombre dado a su supuesto colectivo de pertenencia. Claro que no había ninguna crisis de identidad que reclamara esa tarea, que no se había movilizado el número de individuos políticamente necesario para generar un cambio de tal magnitud y que la iniciativa partió de una capa de intelectuales de variopinto origen y de muy diversa calidad.

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Pero lo cierto es que los negros norteamericanos, de un día para otro, pasaron de ser llamados "gente de color", lo cual oscilaba entre la hipocresía y el cinismo, a ser denominados "afroamericanos", lo cual resulta infinitamente más discriminatorio y coloca a los aludidos en una posición muchísimo más endeble, puesto que la fórmula ya no apunta a diferencias presentes entre tonos de piel, sino a un pasado radicalmente ajeno al pasado general euroamericano de quienes hicieron la revolución de 1776, y también ajeno al de los nativos, que estaban ahí desde antes de Colón; al de los chinoamericanos, descendientes de trabajadores semiesclavos llevados al continente (junto con sus proveedores de opio) para la construcción de los tendidos ferroviarios, y al de los americanos de origen japonés, coreano, árabe, indio o paquistaní. Era un ataque frontal a la noción misma de ciudadano, una exaltación del racismo y la promesa de un futuro que tendía a ser, en palabras de Chumy Chúmez, "el vivo retrato de su padre"; disfrazado, por supuesto, de todo lo contrario.
 
De la integración y el mestizaje se pasó al multiculturalismo, un proyecto político de preservación y exacerbación de las diferencias en un mundo en camino a la globalización. El multiculturalismo, que se encuentra en la raíz de buena parte de los problemas internos e internacionales de los Estados Unidos, reales e imaginarios, está también en la raíz de buena parte de los problemas europeos, creados desde el imaginario pero terriblemente reales, desde el ghetto inmigratorio violento hasta los mal llamados "nacionalismos". Teniendo muy presente que los negros americanos correctamente tratados acabaron por conformar la "nación" del islam, digamos que el ejemplo español en este terreno es digno de un detallado análisis, que intentaré tan sólo esbozar aquí.
 
Así quedó el lugar donde hizo explosión el coche de Carrero Blanco.La primera acción importante de ETA, como los lectores sin duda recordarán, fue el asesinato del almirante Carrero Blanco, que representó para el antifranquismo predemocrático –en el que los comunistas tenían un papel que no tendrían en democracia y los socialistas eran prácticamente inexistentes– una especie de triunfo común, silenciosamente celebrado.
 
El magnicidio, en efecto, implicaba una quiebra en la línea sucesoria de la dictadura, pero traía aparejado un problema que nadie podía haber previsto entonces, entre otras razones porque la lucidez en relación con el porvenir es un bien escaso en los regímenes autoritarios: en el imaginario colectivo, a Carrero no lo había matado ETA, sino una entidad de perfiles más bien vagos denominado, a falta de un nombre mejor, "los vascos".
 
Lo que se iniciaba entonces era una lectura perversa de la Guerra Civil que, a medio plazo, se impondría y que continúa vigente, al servicio de los desesperantes y exasperantes nacionalistas –no sería correcto usar el término "separatistas"– de todo pelaje: de acuerdo con esa interpretación, vascos y catalanes, en conjunto, habrían perdido la guerra. A tal punto es así que cuando un hombre de izquierda de toda la vida como Ignasi Riera publica un libro titulado Los catalanes de Franco, casi a la vuelta del siglo, suscita incontables desconfianzas: ser catalán supone no ser franquista, todos los catalanes perdieron la guerra y todos fueron desde siempre antifranquistas.
 
Es una afirmación absurda, pero aceptada, y tiene una finalidad política y económica precisa: los demócratas de pata negra tienen privilegios en el nuevo régimen, en el que todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros, como en la granja de Orwell, y pueden excluirse cuando les convenga de las generales de la ley. Vamos a construir un Estado descentralizado, con gobiernos regionales autónomos, dicen los nacionalistas vascos y catalanes, pero en ese Estado nosotros vamos a ser más autónomos que los demás.
 
¿Por qué? En primer lugar, porque nosotros fuimos vencidos en la guerra, del primero al último, y los demás son sospechosos de haber colaborado con el Régimen Anterior –nadie ha apuntado, que yo sepa, que la fórmula "régimen anterior", tan empleada por Felipe González, da por sentado que la democracia también es un régimen y no un sistema, y mucho menos un pacto social–. En segundo lugar, porque la nuestra es una nacionalidad "histórica", es decir, posee una cuota de pasado más grande que las demás, y prueba de ello es que tenemos –aunque no siempre hablemos– una lengua y una cultura diferentes, a las que tenemos derecho, entre otras cosas, por ser minoría. En tercer lugar, y por consiguiente, por pura corrección política. Multiculturalismo radical.
 
¿Cómo no iba a interesar a los llamados "nacionalistas" –aceptar esa denominación es aceptar la existencia de una nación por la cual tomar partido por encima y en contra de cualquier otra– la promoción de esa idea del mundo, y cómo no iban a financiar cursos, conferencias, universidades de verano, premios "nacionales" y doctorados honorarios para cuantos contribuyeran a la causa, y hasta un "fórum de las culturas" del que la española, en tanto que conjunto, estuvo excluida?
 
Maragall, Zapatero y Carod Rovira, tras la toma de posesión del primero.El multiculturalismo, punto culminante de la corrección política, que en esos niveles deja de ser corrección léxica para devenir corrección ideológica, es la teoría universal de los herederos de Sabino Arana, es la doctrina que sustenta los planes separatistas de Ibarreche y el discreto Guevara y la reforma "en profundidad" del Estatuto de Cataluña promovida por Pérez Carod y Maragall.
 
Los negros no son ciudadanos americanos negros, sino afroamericanos, de modo que, cuando votan, no eligen a sus representantes en tanto que ciudadanos americanos, sino en tanto que colectivo discriminado y minoritario. Después, esos representantes actuarán de maneras diversas: como personas decentes, ocupándose del desarrollo general de los Estados Unidos, con blancos y todo; como lobbystas de monopolios petroleros, como punta de lanza del islam en la sociedad americana o como obstinados enemigos de la pena de muerte. Y los electores seguirán pagando impuestos en tanto que ciudadanos, no en tanto que negros, y beneficiándose –o no– de la correcta o incorrecta administración de esos impuestos. Hay un considerable trecho de la ideología a la realidad política.
 
No obstante, hay un número importante de ciudadanos españoles nacidos en Cataluña y en el País Vasco que creen pagar sus impuestos en tanto que catalanes y vascos, pero que los pagan y se benefician de ellos en tanto que ciudadanos españoles, les digan lo que les digan sus dirigentes. Y en ese decir de los dirigentes aparece otro de los rasgos característicos del pensamiento políticamente correcto, que excede los límites de esta columna: su tendencia estructural a crear problemas políticos donde no los hay.
 
Cualquiera que haya tenido una mínima práctica política o haya leído un poco de historia sabe que no existen las manifestaciones espontáneas. En ningún orden. Así que sabemos que nadie salió a la calle a exigir que se le llamara afroamericano, por inquietante que le resultara ser negro, y que sólo pudo empezar a considerar su nueva identidad cuando alguien le dijo cuál era.
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