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DIGRESIONES HISTÓRICAS

Peculiaridades de España

Uno de los debates más estériles e insustanciales que han venido suscitándose en España ha sido el de si nuestro país es “normal” o no. En buena medida, ello respondió a la crisis del 98, abordada por muchos intelectuales de esa forma extravagante, y que aún colea.

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El fondo de la cuestión era si podía asimilarse la historia de España a la de Francia, o incluso a la de Inglaterra (tan distinta de la anterior) o a la alemana (no menos diferente). Pero la norma era, básicamente, Francia. Naturalmente, la respuesta predominante incidía en la “anormalidad” de España. Nuestro país tenía mucha menos riqueza, y aquí no se había producido una revolución como la francesa. Un tópico extendidísimo, y aún hoy persistente, llora la falta de una “revolución burguesa” en España. Ese modelo revolucionario incluía una buena dosis de violencia, y en particular la anulación de la Iglesia y del sentimiento religioso. Los republicanos españoles solían exigir “una revolución sangrienta, ferozmente sangrienta”, una república “traída por la fuerza, sangrienta, dura, justiciera”, y otras expresiones tan frecuentes. Incluso en las tertulias relativamente moderadas de la Academia de Jurisprudencia “todas las noches se pide carne de cura”, recuerda Azaña.

Quizás el rasgo más característico del republicanismo y el revolucionarismo español consiste en su ausencia de esfuerzo intelectual. Funcionaban casi exclusivamente con clichés. Debían de suponer que ya los revolucionarios franceses, en especial los jacobinos —pues los más moderados apenas eran tomados en consideración—, lo habían dicho y hecho todo, así que ¿para qué dar más vueltas a sus ideas? Lo que hacía falta era simplificar y reducir esas ideas a frases y tópicos de fácil asimilación por las masas. Y, en efecto, si en pensamiento los republicanos españoles no destacaron, en cambio su habilidad propagandística fue extraordinaria. De ahí muchas de las convulsiones y estancamiento del país. Al final, ha sido el largo pero reparador período de la dictadura franquista —seguramente evitable con una actitud simplemente más moderada— el que ha abolido aquellas viejas diferencias de España con la Europa opulenta, convirtiéndola en un país próspero, con una amplia y poderosa clase media, y apto, por fin, para una democracia sin revolución francesa u obrerista.

Ha habido, por otra parte, la vergüenza, cultivada por todos los progresistas, de ser “diferentes”. Recuérdese, si no, la repulsa, expresada en burlas y quejas, con que la izquierda y buena parte de la derecha acogieron aquel lema turístico, por otra parte muy eficaz, “España es diferente”. (Por cierto, había sido usado en la primera época soviética, referido a la URSS, también para atraer turistas y divisas). Sumidos una vez más en el laberinto de los tópicos, todos renegaban de cualquier diferencia y preferían parecer franceses, aunque fuera de segunda o tercera clase, o bien diluir cualquier rasgo español en unas esencias europeas muy vagamente definidas.

Pero, bueno, uno de los rasgos de lo “europeo” ha sido su extraordinaria variedad nacional. Y dentro de esa variedad, España no es menos peculiar de lo que puedan serlo Gran Bretaña, Austria, Italia o Rusia. Comparar las diferencias y las similitudes entre unas y otras naciones resulta de sumo interés, aunque no baste, creo, para formular ninguna teoría. En una ocasión, Ben Bella se lamentó de que España pudiera acoger mejor a los inmigrantes polacos, con quienes hemos tenido muy poca relación histórica, que a los magrebíes, tan próximos en muchos sentidos. Pero el político argelino se equivocaba. Un polaco se asimila mucho más fácilmente en España, por costumbres, cultura básica, religión, etc., que un musulmán magrebí. Hasta los idiomas árabe y bereber están, pese a las mutuas influencias, mucho más alejados del español común que el polaco. A lo largo de los siglos los españoles para los magrebíes, y los magrebíes para los españoles, han sido fundamentalmente el enemigo, aunque ello no impidiera muy diversos contactos menos traumáticos. Una de nuestras mayores peculiaridades en Europa es haber sido un país en gran parte islamizado que ha vuelto a la cultura occidental y cristiana, y de ahí que nuestra afinidad con Polonia sea mucho mayor que con Marruecos (basta visitar uno y otro país para comprobarlo).

España se formó muy literalmente en lucha con Al Andalus, aunque ahora leamos a menudo despropósitos como llamar a Almanzor “caudillo hispano musulmán”. ¡Qué habría dicho aquel caudillo de oírse insultar de esa forma! Lo hispano era precisamente la tradición latina y cristiana que Almanzor trataba de borrar para siempre de la península ibérica, sustituyéndola por la árabe y musulmana. A la etapa de reconstitución de España durante la Edad Media siguieron varios siglos de aislamiento y mutua hostilidad, marcadas por la piratería, la caza de esclavos, las incursiones de castigo, etc. Hasta el siglo XX no se abren contactos más amplios entre ambos lados del estrecho de Gibraltar, contactos hoy más intensos que nunca antes, si exceptuamos los tiempos de Al Andalus. Desde luego, no hay razón para proseguir una pugna de siglos, ni mantener el viejo espíritu de radical enfrentamiento, pero ¿puede alguien sostener que Marruecos no representa ningún peligro para nosotros, tal como nosotros no lo representamos para ellos? Nadie con una pizca de sensibilidad política negará que si algún país hace pesar una amenaza sobre España, no muy definida todavía, pero cierta, y contra la que debemos precavernos, es precisamente nuestro inquieto vecino del sur.

Tampoco podrá nadie negar a esta particularidad española, tan exclusiva en Europa, y tan decisiva en la formación o reformación del país, una enorme trascendencia hasta nuestros días. También caracteriza la historia española el hecho de haber sido el principal valladar europeo frente al expansionismo otomano, y asimismo resulta muy europeo que Francia y los países protestantes buscasen la alianza con los turcos contra España (ahora mismo, la actitud de varios países europeos con respecto a USA recuerda algo de aquellos viejos e irreprimibles impulsos).

Pero en fin, por no remontarnos tan lejos, podemos considerar otro rasgo exclusivo de España en nuestra época: nuestra guerra civil del siglo pasado no puede entenderse como una pugna entre la democracia y el fascismo, como la de la guerra europea, sino más bien entre la revolución y el catolicismo. A resultas de ello, el régimen de Franco logró sostenerse cerca de cuarenta años en una posición difícil y en un entorno hostil durante mucho tiempo, sin correr el destino de los fascismos verdaderos. Y otra “rareza”, mencionada al principio: la dictadura dio lugar a la liquidación de buena parte de las viejas distancias con los países más ricos de Europa, y a una monarquía casi impensable después de su colapso en 1931. Y tenemos otras peculiaridades, a menudo muy poco satisfactorias: somos, con Gran Bretaña, el país más estragado por el terrorismo, el sometido a mayores tensiones disgregadoras, uno de los más degradados en la moral pública, etc.

Es de esperar que poco a poco los factores negativos se vayan superando. En todo caso, y dentro de unos rasgos europeos comunes, España sigue siendo diferente, como por lo demás lo son Francia, Finlandia, Grecia o cualquier otro país. Supongo que en el plazo de unas décadas dejará de ser así, homogeneizándonos con la cultura useña, el predominio del inglés y una población de origen muy dispar y escaso apego a las tradiciones y peculiaridades que han hecho a Europa. No tiene por qué ocurrir así necesariamente, pero es una tendencia muy fuerte, más que cualquiera en contra.

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