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ADELANTO DEL LIBRO DE PÍO MOA LOS NACIONALISMOS...

Prat de la Riba: El odio a "Castilla"

Pío Moa publicará próximamente un nuevo libro, titulado Los nacionalismos catalán y vasco en la historia de España, como adelanto editorial del cual, Libertad Digital ofrece esta semana la décima entrega. El libro aparecerá en Ediciones Encuentro, el mismo sello que publicó su trilogía sobre la segunda república y los orígenes de la guerra civil española.

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Prat opinaba que su época se caracterizaba por el paso a primer plano de los derechos colectivos nacionales, después de haberse conseguido los individuales a lo largo del siglo: "El principio de las nacionalidades. A cada nación un Estado; ésta es la fórmula sintética del nacionalismo político". Se trata de una construcción puramente analógica y apenas desarrollada, similar a la de los partidos obreristas, según los cuales  la nueva era pasaría de la igualdad política a la igualdad económica.
 
Prat concebía su novedad con acentos mesiánicos, de liberación mundial: "Quisiera que Cataluña (…) comprendiera la gloria eterna que conquistará la nacionalidad que se ponga a la vanguardia de los ejércitos de los pueblos oprimidos. Yo quisiera que esa nacionalidad fuera mi patria (…) Decidle que las naciones esclavas esperan como la humanidad en otro tiempo que venga el Redentor que rompa sus cadenas; haced que sea el genio de Cataluña el Mesías esperado de las naciones". La pretensión suena algo megalómana, pero él ponía con el ejemplo de naciones pobres como la Grecia clásica u otras pequeñas, pero influyentes en la marcha del mundo: "No lo olviden los pueblos humildes, y del hecho de no haber volado aún no hagan razón de aislamiento, de encogimiento. Llenen el corazón de ideal, enciendan en el alma el fuego de la confianza en su venturoso porvenir, y dejen crecer poco a poco las alas". "El genio y el heroísmo colectivo precisan el ambiente de los grandes ideales colectivos", y en ese ambiente florecerían los "grandes pensadores, estadistas, generales, diplomáticos, etc".
 
Se hallaba bajo la seducción del profeta del dinamismo useño: "No puedo leer a Emerson, el filósofo de los norteamericanos, sin sentir sus palabras, vibrantes de salvaje individualismo, como otras tantas fórmulas vivas de nacionalismo, de imperialismo". Para Prat, imperialismo y nacionalismo no eran contrarios, como veremos.
 
Pero, ante todo, ¿qué tipo de comunidades tenía derecho a considerarse nación, y por qué Cataluña reunía las cualidades precisas?  Prat no concede a la raza un papel tan relevante como Arana: “La raza no es la nacionalidad, aunque sea un factor importantísimo de ella”. Igual o mayor relevancia tenían factores como un derecho o un arte propios (el románico era especialmente el propio de Cataluña, creía Prat), una política o pensamiento político y, especialmente, la lengua. A su juicio, Cataluña poseía todos esos rasgos de forma muy diferenciada: "No aspiramos a ser diferentes. Lo somos". "La nacionalidad  catalana es un organismo social completo y autónomo".
 
Y lo era en grado extremo: "Son grandes, totales, irreductibles las diferencias que separan Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconia. Las separa, por no buscar más, lo que más separa, lo que hace a los hombres extranjeros unos de otros, lo que según decía San Agustín en los tiempos de la gran unidad romana, nos hace preferir a la compañía de un extranjero la de nuestro perro, que al fin y al cabo, más o menos nos entiende: les separa la lengua" etc. Por lo tanto, y  según la nueva doctrina, un catalán podría preferir la compañía de su perro a la de un gallego, o castellano o vasco o andaluz. O más bien debería, pues en la realidad, bien conocida de Prat y poco agradable para él, los idiomas catalán, gallego y  castellano estaban muy estrechamente emparentados, se podían leer mutuamente con un pequeño esfuerzo, y el castellano, a cuya formación y desarrollo habían contribuido todas las regiones, oficiaba de idioma común en el que normalmente podían entenderse y se entendían todos o casi todos los españoles.
 
Los rasgos nacionales dichos brotaban de otro más profundo: de "la esencia de la nacionalidad: el espíritu propio", consistente en “una especie de ambiente moral que se apodera de los hombres y los penetra y los moldea y los trabaja desde que nacen hasta que mueren". "El espíritu nacional engendra la lengua catalana" y dicha lengua "demuestra la existencia del espíritu nacional catalán". "La nación es una sociedad de gente que habla una lengua propia y tiene un mismo espíritu que se manifiesta desnudo y característico bajo la variedad de toda la vida colectiva". Por eso, "en las entrañas de los dos pueblos (el castellano y el catalán) palpitan almas diferentes y opuestas".
 
En suma, la nacionalidad "es fruto de las leyes a que Dios ha sujetado la vida de las generaciones humanas", y constituye "una unidad de cultura, un alma colectiva con un sentir, un pensar y un querer propios". Por desgracia, la mayoría de los catalanes tenía un pensar y un querer bastante distintos de los de Prat, y ello había ocurrido durante largos siglos, si es que no siempre. Los catalanes, como casi todo el mundo, consideraban a España una nación, y así lo hace también Sabino Arana, aunque la presente como nación enemiga. Prat, por el contrario, opina que a España no le corresponde la dignidad ni el derecho de nación, y en una carta llega a sostener: "Bien mirados los hechos, no hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada", o sostenía que "España es seudónimo de Castilla". Ya en 1890 se felicitaba de que "Hoy ya, son muchos los que ven claro que España no es una Nación, sino un Estado". En esto resultaba un tanto exagerado, por así decir, pero sin duda  llegaría a convencer de sus tesis a muchos catalanes.
 
De esa concepción surgió entre los nacionalistas catalanes el tópico de España como "ficción". Y aunque la realidad les haría chocar a menudo con la densa realidad de la supuesta ficción, siguieron empeñados en sustituirla por un "ideal ibérico", éste sí inventado y ficticio desde el mismo nombre: los iberos sólo ocuparon un tercio de la península llamada Ibérica con alguna impropiedad, y en un sentido, desde luego, meramente geográfico, al revés que España.
 
Ahora bien, ¿cómo había podido vivir todo el mundo engañado durante tanto tiempo sobre lo que Prat venía a aclarar? Para explicarlo, Prat remonta su nación a brumas históricas casi tan remotas como las de Arana para los vascos, aunque con más detalle. Los catalanes eran, en definitiva, los antiguos iberos, o la parte más caracterizada de ellos. Los vascos, creía Arana, se habían mantenido puros frente a los romanos y a los demás pueblos, mientras que los catalanes habían sido sometidos una y otra vez. Pero eso no importaba, porque la nación es una "sociedad integral, natural, espontánea", que "asentada sobre hondas capas de granito inconmovible, ve caer y pasar sobre sí imperios y civilizaciones (…) sin mudar de sustancia, siendo siempre ella misma". Y así, los largos siglos del imperio romano pasaron sobre la nación catalana sin afectarla gran cosa. A su entender, "Cuando ya el poder político de Roma había saltado hecho pedazos, salieron a la luz de la historia los viejos pueblos soterrados, cada uno hablando su lengua, y la vieja etnos ibérica, la primera hizo resonar los acentos de la lengua catalana desde Murcia a la Provenza, desde el Mediterráneo al mar de Aquitania. Ligures, gaélicos y tartesios, griegos y fenicios, cartagineses y romanos, no habían hecho retroceder  ni un palmo de tierra a nuestro pueblo. Las fronteras de la lengua catalana eran las mismas (de la) etnos ibérica". Más aún, "La transformación de la civilización latina en civilización catalana es un hecho que, por sí sólo, sin necesidad de ningún otro, demuestra la existencia del espíritu nacional catalán".
 
Aparte de diversas imprecisiones, esta versión, como la citada sobre las diferencias idiomáticas y espirituales, resulta algo desconcertante. La impronta latina sobre Hispania tuvo tal profundidad que al caer el Imperio romano ya no se hablaba ninguna lengua ibérica. El derecho, el arte o la organización social tampoco tenían relación con los íberos, y los catalanes nunca se hubieran identificado como tales antes de avanzada la Edad Media (una etimología probable de la palabra Cataluña, es la de "tierra de castillos", como Castilla, ligada al esfuerzo de reconquista frente al Islam). Además, si el mismo idioma –neolatino, no neoibero– se habló en todo Levante al caer el Imperio romano, ¿por qué llamarlo catalán y no valenciano, o, más en general, levantino? Prat no estima oportuno entrar en estas disquisiciones, quizá porque creía en las virtudes de un imperialismo catalán.
 
Por lo tanto, la nacionalidad catalana persistía desde la noche de los tiempos para encontrar su más feliz realización durante algunos siglos de la Edad Media si bien como dependencia del imperio carolingio, al principio, y después como una parte –la más dinámica por un tiempo– del reino de Aragón. Y sin olvidar que se consideraban también parte de España, aunque en un sentido no directamente político por entonces. Esto último era inevitable, dada la fragmentación de los núcleos reconquistadores impuesta por la ola islámica, que cubrió toda la península y parecía imponer la definitiva fragmentación política del país. Por qué incluso entonces, en época de plenitud nacional, según Prat, no optaron los catalanes por una clara independencia, tampoco queda aclarado.
 
Pero al final de la Edad Media se habría reabierto para Cataluña un período de desgracias a raíz del "criminal" Compromiso de Caspe. Muerto sin sucesión el rey aragonés Martín I, se cernió sobre el reino la amenaza de guerra civil, y para impedirla y decidir entre los numerosos candidatos a la corona, se reunieron en Caspe, en 1412, compromisarios de Aragón, Cataluña y Valencia, tres por cada. En la votación final, dirimida entre el conde de Urgel y el corregente castellano Fernando de Antequera, seis compromisarios prefirieron a Fernando, de la dinastía Trastámara, se abstuvo uno de Valencia, y dos catalanes votaron por el de Urgel, si bien uno de ellos advirtió que consideraba más útil a Fernando. La decisión evitó la guerra y abrió la vía a la futura unión de los reinos de Aragón y Castilla. Para Prat, la influencia de Vicente Ferrer y del papa o antipapa Benedicto XIII prevaleció "sobre el derecho y las costumbres de la tierra". "La dolorosa impresión de tamaña injusticia entró muy al fondo del corazón de las gentes de Cataluña, tanto que muchos años después aún no se había borrado de la memoria de los hombres y seguía vivo como nunca su recuerdo, porque todos veían venir las consecuencias de aquel crimen".
 
Y así, "con la entrada de la dinastía castellana comenzó la decadencia de nuestra patria", llevando a la unión de los dos reinos bajo los Reyes Católicos: "Al estado español le correspondía  una política española. Pero las cosas pasaron de otro modo. Los gobernantes siguieron abiertamente la política de una sola de las nacionalidades unidas: y es que en el fondo, disfrazado con el nombre de español, gobernó España (…) el Estado castellano". Isabel impuso que Fernando viviera en Castilla "y de este modo la cadena con que desde el Parlamento de Caspe habían ido aferrando a Cataluña, quedaba en manos de la gente que la habían forjado para dominarnos". (1)
 
Bajo Felipe II "culmina la primera parte de la dominación y comienza una nueva" "Todos los cargos del Estado relativos a Cataluña quedan en manos de castellanos", y los agravios se multiplican. Con Felipe III crece el malestar en Cataluña. La "Inquisición castellana" aparece como "principal instrumento de dominación de aquel pueblo sobre el nuestro". Aunque la Inquisición pasó a Castilla desde Cataluña, y su objetivo principal eran los judíos acusados de falsa conversión.
 
Con Felipe IV y el Conde Duque de Olivares, y a pesar del esfuerzo heroico de los catalanes contra los franceses, aumentaron, si era posible  los agravios castellanos a Cataluña,  dando lugar a la conocida rebelión. El resultado final fue la pérdida de la comarca catalana del Rosellón, que pasó a Francia.
 
Sería Felipe V quien llevara a su ápice la esclavización de Cataluña después de la guerra de Sucesión, que trajo a España a los Borbones y, con ellos, el modo centralista francés de concebir el gobierno. Gran parte de los catalanes, aunque no todos ni mucho menos, lucharon contra el Borbón, siendo derrotados el 11 de septiembre de 1714. Ello habría acarreado la "pérdida de las libertades de Cataluña", es decir, la abolición de los fueros medievales. Aunque abriera paso al renacimiento económico de la región.
 
Todo este período, tristísimo para Cataluña según Prat, conspiraba contra el ideal nacionalista. Para empezar, la unidad española con Fernando el Católico "hizo omnipotente a la monarquía", "El rey lo era todo en la vida nacional. Los pueblos y sus necesidades, intereses y afecciones no eran nada". Por ello "la monarquía estaba también en contra de Cataluña", habría sido "un gran factor de anulación de Cataluña". El poder real, "absoluto", dice con cierto anacronismo, "dejó destruidas las libertades populares", las cuales volvería a destruir Felipe V sin haber sido, al parecer, restauradas. Además, el espíritu del Renacimiento no habría hecho menos daño a Cataluña, con su entusiasmo por la cultura clásica grecolatina y su desprecio por la Edad Media, época de la gloria catalana. En cambio habría beneficiado a Castilla y su dominación.
 
Para colmo, "cuando los turcos ganaron Constantinopla y Colón descubrió América, virtualmente quedó cumplido el  hundimiento económico de Cataluña". "La despoblación, la decadencia del comercio, la anulación de la marina, habían empobrecido a Cataluña. Las leyes, los funcionarios, la orientación de las vías comerciales que desde el Mediterráneo habían pasado al Atlántico, la situación internacional, que hacía a turcos y piratas argelinos señores de nuestro mar y cortaba la expansión de Cataluña con el cerco infranqueable de aquellos pueblos bárbaros, el desbarajuste administrativo del Estado, las guerras largas y costosas sostenidas para repeler las imposiciones de uniformidad o las invasiones extranjeras, todo iba contra la prosperidad de Cataluña".
 
Y para llenar el vaso de las desdichas, "Cataluña pobre, sin comercio, sin industria, sin dirección política autónoma, quedó también sin cultura propia". Los literatos catalanes escriben en castellano: Boscán, Pujades, Félix de la Peña, etc. Bien se entiende que sus escritos no valen gran cosa: "La desnacionalización lingüística es causa de esterilidad literaria y científica", y de ahí que "las pocas manifestaciones de nuestra cultura, y aun entonces marchitas y secas, son castellanas".
 
De ese larguísimo período seco y marchito, comparable al invierno, Cataluña estaba resurgiendo, afortunadamente, a una nueva primavera, iniciada a medias con la Renaixença, el período de interés  por la cultura y las tradiciones catalanas desarrollado con el romanticismo en el siglo XIX. Resurgimiento, sí pero mediocre,  lastrado por las ideas confusas de sus promotores, cree Prat. El renacimiento real sólo podría lograrse asumiendo el mensaje vivificante emanado del mismo Prat.
 
Cumplía, a tal efecto, erradicar del alma catalana algunos vicios. Los catalanes "no veían la separación (con el resto de España), no la sentían", y por eso "La fuerza del hábito, del ambiente y de la educación dejaban en el espíritu de muchos (líderes de la Renaixença) un poso extraño, una segunda naturaleza sobrepuesta de elementos exóticos, que les impedía ver con claridad la obra propia, los propios sentimientos". Los románticos "lloraban los males de la lengua catalana, y en su casa hablaban castellano; enviaban a los Juegos Florales hermosas composiciones maldiciendo trágicamente los males de Cataluña, y fuera del recinto de los Juegos ya no se acordaban de Cataluña y se aliaban con sus enemigos, con los que la dominaban". Algo peor: "Admitíamos la monstruosa coexistencia de las dos culturas, de las dos psicologías superpuestas de inferior a superior, y hasta queríamos hallarle un fundamento. El fundamento (…) es la armonía de la unidad y la variedad. Argumento espigado en los campos de la estética alemana, impregnado de sabor teológico, con analogías buscadas en el dogma católico de la Trinidad, no salía de una vaga y estéril poetización".
 
Lamentaciones muy similares a las de Arana, y similar también el aviso de los males derivados de tal situación, pues "Invocando el supremo interés de España (organismo total), podía exigírsele el sacrificio de lo privativo y especial de Cataluña: riqueza, lengua, costumbres, instituciones y el sacrificio podía llegar hasta la amputación". En la realidad estaba ocurriendo exactamente lo contrario. Bajo el "supremo interés de España" la riqueza de Cataluña crecía como nunca, y su lengua, costumbres  e instituciones estaban reafirmándose, con pocos roces con otras regiones o con el poder central. Eso sí, todo ocurría en un tono regionalista, y no nacionalista.
 
Aquella situación  resultaba a Prat tan penosa como  a Arana la "ceguera" de sus paisanos, capaces de  ver “hermanos” en los maketos: "Debía acabar de una vez esta monstruosa bifurcación de nuestra alma, debíamos saber que éramos catalanes y sólo catalanes". Esta obra no iba a hacerla "el amor" a la tierra, sino "el odio" a la causante de las insuficiencias patrias: "La obra de reconstrucción topaba siempre con el mismo obstáculo, los males de Cataluña venían siempre del mismo lado (…) La fuerza del amor a Cataluña, al chocar con el obstáculo, se transformó en odio, y dejándose de odas y elegías a las cosas de la tierra, la musa catalana, con trágico vuelo, maldijo, imprecó, amenazó. La reacción fue violenta: con esa justicia sumaria de los movimientos colectivos, el espíritu catalán quiso resarcirse de la esclavitud pasada (…) Rebajamos y menospreciamos todo lo castellano, a tuertas y a derechas, sin medida" (21). Ese espíritu crearía, como en Vasconia, un empeño tenaz por exacerbar las diferencias.
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