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'VIOLENCIAS ESTRUCTURALES' Y OTRAS HIERBAS

Sin carnet parental

Es condición sine qua non para quien desee conducir un coche pasar una serie de pruebas, tras sortear las cuales recibe un carnet habilitante. ¿Sería razonable exigir a las parejas que aprueben una batería de exámenes mucho más refinados y complejos antes de que la autoridad competente les entregue el carnet parental?

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Engendrar un hijo es mucho más fácil que conducir un coche, pero también tiene consecuencias infinitamente más perdurables y trascendentes que un oportuno cambio de marcha.

Naturalmente, la fantasía de institucionalizar el carnet parental como paso previo a la concepción de hijos sólo podría materializarse bajo un régimen totalitario: nazis y comunistas convirtieron la procreación en un asunto de Estado sujeto a leyes implacables. Pero el rechazo categórico a todo tipo de legislación coactiva no excluye la necesidad de que las parejas en edad fértil se pregunten, con una dosis de responsabilidad, si tienen o no vocación parental.

Pedantería dogmática

Haré una breve digresión personal, aprovechando el símil con el carnet de conducir. Después de varios fracasos en las pruebas prácticas, obtuve, ya adulto, dicho carnet. Y lo guardé en un cajón donde sigue durmiendo porque me di cuenta de que no estaba hecho para coger el volante. Mucho más joven, apenas púber, intuí que carecía de aptitudes parentales. Y el transcurso de los años me afirmó en la voluntad, compartida con mi pareja, de no tener hijos. En mi artículo "Sostiene Popper" recordé:

Cumplimos 57 años de estabilidad matrimonial, sin hijos, y sin más contratiempos que los previsibles en toda relación humana.

Estas reflexiones son producto de la desazón que me causaron algunos asertos que formuló el ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, cuando explicó su proyecto para introducir modificaciones en la actual ley del aborto. O mejor dicho, no me causaron desazón los asertos, sino que me la causó el contexto en que se vertieron. El ministro dijo alguna verdad como un pino, pero la aplicó al tema del aborto cuando no tenía absolutamente nada que ver con éste.

Ruiz Gallardón no dijo, como le atribuyen algunos críticos, "la maternidad hace auténticamente mujeres a las mujeres", tremendo disparate que arroja al limbo, por ejemplo, a las monjas, sino "la libertad de maternidad hace auténticamente mujeres a las mujeres". Un sofisma que refleja mecanismos mentales más próximos a los de Leire Pajín y Bibiana Aído que a los de Martin Luther King, a quien cita el ministro. La pretensión de definir lo que es una mujer auténtica tiene más afinidades con la pedantería dogmática de aquellas dos valquirias defenestradas que con un riguroso ejercicio de equidad jurídica. En cambio, habría sido más ajustado a los cánones del pensamiento liberal decir que, en nuestra sociedad civilizada del siglo XXI, la mujer puede realizarse plenamente cuando disfruta de un clima de libertad que le permite optar por ser madre o no serlo, sola o en pareja; ejercer una profesión o cualquier trabajo remunerado, o dedicarse exclusivamente a las tareas domésticas; practicar la abstinencia o ser sexualmente activa e incluso promiscua; y así sucesivamente. Con una sola condición: el respeto al prójimo.

Lo cual nos lleva nuevamente a la invocación torticera de la "violencia estructural" (Ruiz Gallardón dixit) que podría disuadir a muchas (o algunas, o aunque sólo fuera una) mujeres de ser madres, por la presión de "determinadas estructuras", se supone que profesionales o empresariales. El ministro argumenta, y esta es la verdad como un pino a la que me he referido, que "el legislador no debe ser indiferente ante tales situaciones". Lo falso es que la vía para corregir esta "violencia estructural" encaminada a frustrar la vocación maternal pase por un retoque de la ley del aborto.

El rigor de la ley

En "Sostiene Popper" ya expliqué cuál es el criterio racional con que se debe encarar, a mi juicio, cualquier reforma de dicha ley, con la que he manifestado mi total acuerdo, si la mayoría lo estima necesario, pero las falacias no son un buen argumento. La mujer dispuesta a plegarse a la "violencia estructural" si la ley no la protege cuenta con muchos recursos para evitar el embarazo: la abstinencia, el método Ogino-Knaus, los medios anticonceptivos mecánicos y químicos y, también, en último caso, el aborto. Pero es la ley la que debe protegerla sin inmiscuirse en la vida de aquellas otras mujeres –muchísimas mujeres– que voluntariamente, solas o de común acuerdo con sus parejas, deciden utilizar cualquiera de esos otros recursos.

Una cosa es defender, con todo el rigor de la ley, el derecho de aquellas mujeres a cuyo deseo de ser madres pone obstáculos la "violencia estructural", y otra muy distinta es imponer como una verdad revelada la presunción de que toda mujer desea ser madre. También en "Sostiene Popper" cité el documentado estudio de Elisabeth Badinter ¿Existe el amor maternal?, cuya conclusión vuelvo a reproducir:

Al recorrer la historia de las actitudes maternales, nace la convicción de que el instinto maternal es un mito. No hemos encontrado ninguna conducta universal y necesaria de la madre. Por el contrario, hemos comprobado el carácter sumamente variable de sus sentimientos, de acuerdo con su cultura, sus ambiciones, sus frustraciones. Cómo no llegar a partir de allí a la conclusión de que el amor maternal es sólo un sentimiento, y como tal esencialmente contingente, aunque sea una conclusión cruel. Este sentimiento puede existir o no existir; puede darse y desaparecer. Poner en evidencia su fuerza o su fragilidad. Privilegiar a un hijo o darse a todos (...) El amor maternal no puede darse por supuesto.

Agente del imperialismo

Confieso que, dado mi precoz desencuentro con la vocación parental, siempre busqué bibliografía relacionada con esta cuestión. En los años 1970 dirigía una colección de ensayos contestatarios en una editorial argentina y decidí publicar un libro con un título muy elocuente: El bebé como trampa, de Ellen Peck (Granica Editor, Buenos Aires, 1971). Menudo escándalo montó la fauna progre que pululaba en el entorno. Era la época en que todo lo que oliera a control de la natalidad era tachado de propaganda yanqui financiada por el United States Information Service y la Fundación Rockefeller. Y faltó poco para que me despidieran por ser un agente encubierto del imperialismo. Curiosamente, el libro era un alegato contra otro tipo de violencia estructural: no la que presuntamente disuade a las mujeres de ser madres para poder progresar en el medio laboral, sino la que opera sobre las mujeres de los países avanzados para convencerlas, ¡oh sorpresa!, de que sólo la maternidad las hace auténticamente mujeres.

Ellen Peck describe, y me remito al índice del libro: la comercialización del bebé; la trampa de la industria (de la natalidad); la trampa de los medios de comunicación; la trampa cultural de "los bebés son lo que más importa en la vida"; la trampa de los propios sentimientos; los esposos y los hijos (la vida conyugal de la flamante madre); ¿qué les sucede a los jóvenes que tienen hijos?; cómo evadirse de la trampa; más allá de la trampa del bebé: la resistencia a la cultura circundante.

Quienes quisieron lincharme, dentro de la editorial, por haber publicado el libro actuaron guiados por su propia visión sectaria, esquemática y maniqueísta. Creían que esa propuesta, premeditadamente polémica, entrañaba un mandato compulsivo, como los que ellos estaban acostumbrados a imponer y obedecer, cuando en realidad se trataba de la descripción de una forma alternativa de vida desprovista de ingredientes totalitarios. Ellen Peck desmonta sarcásticamente, en su epílogo, los estereotipos que esgrimen quienes denigran la filosofía que impregna esa forma de vida:

Las parejas sin hijos son egoístas y hedonistas, ¿no es verdad? Uno las encuentra en mansiones lujosas, acurrucadas sobre alfombras peludas, haciéndose el amor y sorbiendo champán con acompañamiento de Saint-Saëns, zambulléndose en piscinas particulares o tomando el sol a orillas del Lago Michigan o del Mediterráneo (...) Exhibiéndose en aeropuertos (porque viajan mucho) o en tiendas (porque gastan mucho). "Chicas que viven la adolescencia perpetua de una Disneylandia con maridos copiados de Playboy", a juicio de una madre indignada.

Por favor, entiendan que no es exactamente así. Espero que el deseo de contrarrestar algunos de los estereotipos falsos que presentan a las parejas sin hijos como "estériles" o "diferentes" no me haya impulsado a fijar un nuevo estereotipo de parejas sibaríticas.

(...)

Quizá nuestra vida tenga algo de adolescente porque no nos hemos atado a la habitual pauta adulta de obligaciones continuas. Pero existen otros compromisos dotados de trascendencia social a los que no somos ajenas.

No dudo que se practicarán nuevos estudios sobre las parejas sin hijos (...) Dichos estudios indicarán que somos hedonistas, altruistas, optimistas, pesimistas, liberales, conservadoras, consagradas al presente, consagradas al futuro, o lo que sea (...) Por ahora me limitaré a decir que si se puede hacer una generalización acerca de las parejas sin hijos casi sin temor a equivocarse, dicha generalización es la siguiente: amamos la vida. Esto es casi inevitable. Porque quien no tiene hijos y no está conforme con su vida, puede cambiar fácilmente aquello que no le gusta en su existencia.

Poco después de la aparición del libro de Ellen Peck, el capo montonero Mario Firmenich arrojó más sombras sobre la noble función de la maternidad libremente elegida cuando ordenó a sus subordinadas, como recordé en "La guerrilla del biberón", que engendraran hijos para engrosar futuros contingentes revolucionarios.

Apóstol del liberalismo

El tema de la defensa y el estímulo de la maternidad debiera abordarse, pues, con el criterio racional y desprovisto de prejuicios que sostuvo Karl Popper, y que postuló en 1859 nada menos que un apóstol del liberalismo como John Stuart Mill, a quien nadie podría imaginar confabulado con la CIA. Escribió Stuart Mill (Sobre la libertad, Sarpe, 1984):

El hecho mismo de dar existencia a un ser humano es una de las acciones de más grande responsabilidad en el curso de la vida. Aceptar esta responsabilidad –dar lugar a una vida que tanto puede ser maldita como bendecida– es un crimen contra el ser mismo que nace, a menos que se tengan las probabilidades normales de que llevara una existencia deseable (...) Las leyes que en muchos países del Continente prohíben el matrimonio, a menos que las partes puedan demostrar que tienen los medios de sostener una familia, no exceden los legítimos poderes del Estado: y sean o no útiles estas leyes (cuestión que depende principalmente de circunstancias y sentimientos locales), no son censurables como violaciones de la libertad. Mediante ellas interviene el Estado para impedir un acto funesto, perjudicial a los demás, el cual debe ser objeto de la reprobación y el estigma social, aun cuando no se considere procedente añadir los castigos legales. No obstante, las ideas corrientes de libertad, que con tanta facilidad se prestan a verdaderas violaciones de la libertad del individuo en cosas que sólo a él conciernen, rechazarían todo intento de restricción en sus inclinaciones, cuando las consecuencias de su puesta en práctica fueran una o varias vidas de miseria y depravación en su descendencia.

Lo prioritario, para Stuart Mill, reside en "las consecuencias" del acto sexual, que pueden traducirse en la infelicidad de "su descendencia" hasta llegar al extremo de la "miseria y depravación". Y lo que exige, perentoriamente, es un gran ejercicio de responsabilidad cuando se miden las condiciones psíquicas y económicas para engendrar hijos. La crónica de sucesos nos pone en contacto con esta realidad a través de historias de abandonos, malos tratos, tragedias domésticas e infanticidios, hasta el punto de que, si aplicáramos al pie de la letra la exhortación de Stuart Mill, habría que legislar sobre el hipotético carnet parental. La idea, vistas las aberraciones de los totalitarismos, es inaplicable, por lo cual es preferible optar por el respeto a las distintas formas de socialización que no perjudiquen a terceros, con hijos o sin hijos, con énfasis en lo laboral o en lo doméstico, en un clima de libertad y responsabilidad que garantice la vida digna para quienes se inclinen por cualquiera de estas alternativas.

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