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CRÓNICAS COSMOPOLITAS

Stalin y la guerra civil

El libro España traicionada es muy interesante. De hecho, ya lo he comentado, pero merece la pena volver a hablar de ello porque carece del dato más importante: el pacto Hitler-Stalin, cuyas consecuencias fueron importantísimas para la guerra civil española.

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Ya señalé la semana pasada el interés del libro España traicionada y, a la vez, la ausencia de documentos sobre los cambalaches entre Hitler y Stalin en relación con nuestra guerra civil. Se puede señalar otra ausencia, que tal vez se deba a que los autores no hayan tenido acceso al sector idóneo de los Archivos de Moscú, que se están abriendo; me refiero al hecho de que estando basado en los informes y cartas que los enviados muy especiales del Comitern en España enviaban a Moscú, no existe nada de lo que Moscú respondía a sus consejeros en España. Hubiera sido interesante conocer lo que la dirección del PCUS y de la Internacional pensaban de dichos informes y los consejos, o más bien órdenes, que enviaban a sus agentes. Dichos documentos deben existir en algún lugar de los Archivos, ya que se conoce la meticulosidad burocrática de los soviéticos y su manía, por así decir, de hacer copias y archivarlo todo, el menor informe, la menor carta. Algún rastro debe quedar por descubrir.

Lo que enseguida me llamó la atención en este libro fue la jerga farragosa de las cartas e informes, estilo del que sigue inspirando a un Javier Pradera, pongamos, tan parecidos a los informes policiales sobre accidentes de tráficos. Pero hay más que merecería un análisis sociolingüístico detallado, aunque me limitaré a breves observaciones. Incluso si estas cartas e informes son totalmente confidenciales, y por todas partes se nota: “secreto”, “alto secreto”(?), “máximo secreto”, el tono general respeta los tópicos de la propaganda oficial.

Al principio, se trata de la defensa de la legalidad republicana frente a una sublevación militar fascista –nadie se lo cree, pero así se define– y por todas partes sale la necesidad de consolidar el Frente Popular. Con el transcurso de los meses, van apareciendo opiniones en las que aparece el contenido comunista de la lucha, aunque siempre enmascarado y casi diría timidamente. Se notan expresiones como “democracia de nuevo tipo” y los autores, en la presentación de estos documentos, consideran que se trata de un fallido intento de Democracia Popular, como luego existió en Europa del Este, pero con la diferencia fundamental, opino yo, de que esas Democracias Populares fueron obra de Stalin, mientras que en España, cuando esa idea comenzó a debatirse seriamente, debido al poder alcanzado por los comunistas –no todo, pero casi todo–, Stalin ya se había aliado secretamente con Hitler, con lo cual sólo se trató de un aborto. O ni siquiera, ya que no hubo penetración. Y, de pronto, en dichos documentos, tan secretos como oficiales, de lo que se trata es de una “guerra de independencia”.

Leer bajo la pluma de Gerö (húngaro), Marty (francés), o Dimitrov (búlgaro), eso de “guerra de independencia” resulta bastante surrealista ¿Independencia de quién, contra quién? Incluso ayudados por la Legión Condor y las tropas italianas, los franquistas eran más españoles que Dimitrov o Togliatti. Ese invento de las oficinas de Agit-Prop moscovitas, para ampliar “la base social” de la lucha, se da a conocer precisamente cuando la traición está sellada, con el acuerdo, aún secreto, entre Hitler y Stalin.

Resulta totalmente evidente tras la lectura –de éste como de otros libros que no sean de Carrillo o Elorza– que los soviéticos y sus lacayos del Comitern estaban enfrentados a dos guerras en España. Una militar, la otra político-policial. En el terreno militar, o sea contra el ejército franquista, la pobreza de los informes de los consejeros militares o políticos, es patente. Su obsesión es el mando único, la disciplina, la transformación de las milicias en ejército tradicional y, al mismo tiempo o sobre todo, el proyecto central de obtener todo el poder militar para los comunistas. No he leído el menor proyecto de estrategia militar, nada relacionado con el arte de la guerra. Sólo, a veces, y muy superficialmente, lamentos por el desorden en ciertas batallas perdidas.

Esto no hace sino confirmar un hecho: el ejército republicano fue pésimo y, sin ser genial, el franquista fue menos malo, y venció. Pero la guerra esencial, al menos así aparece en éste y en otros libros, fue la guerra contra “los enemigos del interior”: caballeristas, la CNT y sobre todo la FAI, y no hablemos del POUM, considerado como trotskista, y por lo tanto mucho peor que los nazis. En este terreno, las cosas están muy claras desde el principio: esos son, mucho más que los franquistas, los verdaderos enemigos de Moscú, del Comintern y, por ende, del PCE. Es así como Dimitrov en un informe del 30 de Julio de 1937 (o sea durante el gobierno del prosoviético Negrín), denuncia al ministro del Interior, el socialista Zugazagoitía, por trotskista, porque se resiste a ejercer la represión que exigen los comunistas contra los “fascistas” y “contrarrevolucionarios”, de la CNT-FAI, los socialistas caballeristas y, claro, el POUM. Ataca asimismo a Irujo, del PNV, ministro de Justicia, “un buen jesuita”, luego, “ese fascista de Irujo” que “quería detener a Carrillo, secretario general de la JSU, porque, cuando los fascistas estaban aproximándose de Madrid, dio la orden de fusilar varios funcionarios fascistas detenidos”. Así relata Dimitrov la masacre de Paracuellos. Evidentemente, Irujo se hacía ilusiones y Carrillo no fue procesado.

Este aspecto central de la lucha durará, como es lógico, hasta el final, porque la guerra civil constituye una magnífica coartada para asesinar al máximo de herejes. Se notará la sorpresa de los agentes soviéticos al constatar la fuerza, la independencia y la popularidad de la CNT-FAI: no se les puede liquidar así como así, como al pequeño POUM, por ejemplo. En relación con este partido si, pese a lo afirmado por Elorza y Tusell, se felicitan por los “duros golpes” que les han asestado, se indignan de que, después de la disolución de su partido y la detención de sus dirigentes, sigan actuando en la clandestinidad, protegidos por la CNT. No podían enfrentarse a la CNT-FAI. Y cuando lo intentaron, como en mayo de 1937 en Barcelona, con aquello de la Telefónica, la respuesta fue tan violenta que tuvieron que abandonar esa táctica de enfrentamiento directo para intentar dividir, seducir, reducir al máximo la influencia anarcosindicalista “en las masas”. En este sentido, lo que queda de la CNT y algunos nostálgicos, quienes intentaron hacer de Durruti, el Cid Campeador, el Che Guevara y el Tamerlán del anarquismo puro y duro, deberán matizar su entusiasmo, porque es el único líder anarquista que se salva en los comentarios de los más estalinistas agentes soviéticos o internacionales. Sería interesante releer, no del punto de vista literario, ya que no tiene el menor interés, sino político, la novela de la Malraux, La esperanza, una estafa “cominterniana” absoluta.

De vez en cuando, algún consejero militar soviético crítica de sus colegas por el total desprecio que manifiestan hacia los indígenas españoles. No es que realmente se indignen ante tal soberbia y xenofobia, sencillamente lo consideran poco hábil. Pero seguimos sin lo esencial. España fue traicionada varias veces por Stalin y el acuerdo secreto con Hitler no aparece nunca. Sólo al final, ya en Enero de 1939, algo muy remoto: se intercambian cartas para “explicar” que la petición de nuevas armas por parte de Gobierno Negrín no puede ser satisfecha, ya que la última entrega había sido secuestrada en Francia. Armas pagadas con el oro del Banco de España y vendidas diez veces más caras que su precio real, negocio redondo, no sólo para la URSS, también para el PCF. Pero evidentemente, a principios de 1939, y mucho antes, las cosas estaban terminadas para Stalin. Se trataba entonces de repartirse Polonia con los nazis, de “comerse” los países bálticos y de algunas cositas más. Total, una nueva confirmación del horror y la tragedia.

Acaso alguien, tras leer este libro que destruye la leyenda “antifascista” de la socialburocracia y de las Cortes, piense: “pues a fin de cuentas, menos mal que ganó Franco”. Yo no puedo, por la sencilla razón de que si ganó fue gracias a Hitler y Stalin. Lo peor de lo peor.

R. Radosh, Mary R. Habeck y G. Sevostianov, España traicionada. Stalin y la guerra civil, Ed. Planeta.
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