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EL TOTALITARISMO QUE VIENE

Trasto abandonat incorrectament

Permítanme los pacientes lectores incurrir en el relato de anécdotas cotidianas. Empezaré por mi visita al mercado de esta mañana. El del Ninot, un rincón clásico de la Barcelona de toda la vida, donde tuve una curiosa conversación con el carnicero al que compro desde hace varias décadas. “Ya estuvieron por aquí”, me dijo el hombre, contando con que yo sabría a quiénes se refería.

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"¿Y?", pregunté yo, sin revelar mi ignorancia y esperando que me diese una pista. "Pusieron algunas multas. Y lo peor es que los que no lo hicimos a tiempo ya no tenemos subvención". Ahí entendí: los que ya habían estado eran los inspectores lingüísticos, controlando la rotulación de las puestos en catalán, y habían multado a los relapsos que, pese a su fingida conversión, seguían judaizando en castellano.
 
Todo el diálogo se desarrolló en un clima de desconfianza, con medias palabras y el acuerdo implícito de hablar de otra cosa si se acercaba alguien más.
 
Pero no paró ahí la cosa: al asunto de la lengua se sumó el del 3 per cent, el de la vaselina y esos detalles del president. Quise saber qué iba a ser del puesto atendido hasta hacía poco por una encantadora señora que se jubiló después de vender especias durante muchos años. Pues nada, que se quedará cerrado, no lo puede comprar nadie. "¿Y eso?". "Es que quieren reformar el mercado". Ah, ésa era la clave. Las autoridades del partido arquitectónico horribilista/partido del ladrillo han decidido hacer una operación a medio plazo con el Ninot, como la que ya hicieron en el mercado de Santa Catalina después de arrasar con los depósitos arqueológicos de delante de la Catedral, pese al reclamo de los expertos, para construir un parking.
 
Mientras destruían el mercado de Santa Catalina para poner otro en su lugar, infinitamente más feo que el anterior y sin ninguna solera, colocaron a los comerciantes en una carpa gigantesca, junto al Arco de Triunfo, en lo que según los planos municipales es el mismo barrio pero que en realidad no lo es, y menos para las viejas señoras que se vieron obligadas a arrastrar su carro de la compra a lo largo de un kilómetro cada mañana.
 
Mercado de Santa Catalina.Pero mi carnicero me explica más: cuando eso suceda en el Ninot, tendrán que pagarse la instalación en la carpa, donde venderán menos que en su sitio habitual y perderán clientes, y después, cuando regresen al lugar de origen, ya reformado y probablemente con menos terreno, tendrán que pagarse la reinstalación. Menos ingresos y un gasto extra en todo el proceso de unos quince millones de pesetas.
 
La historia del mercado está relacionada con otra, aparentemente de un tipo distinto. Venía yo de la presentación de un libro de Ernesto Ladrón de Guevara y, en una esquina próxima a mi casa, un semáforo me obligó a moderar mi prisa de peatón con frío y echar una mirada alrededor: había un contenedor de basura y una tabla apoyada en uno de sus lados, el lateral de un armario perdido. En la tabla, un adhesivo de colores, de diseño, sobre fondo verde hamás, con un círculo rojo partido al medio, indicador de prohibición. Me acerqué a leer el texto: Trasto abandonat incorrectament.
 
No era una broma, sino una seria recomendación del Ayuntamiento del señor Clos, con firma oficial y unos números de teléfono a los que llamar si uno quiere deshacerse de algún mueble viejo. Para eso se había pagado a un diseñador, a una imprenta y, con toda probabilidad, a algunos inmigrantes ilegales para que recorrieran Barcelona pegando el bando.
 
Barcelona era una ciudad civilizada antes del arribo de los socialistas al poder local, lo juro, lo he vivido. Era una ciudad civilizada antes de la muerte de Franco, lo juro, lo he vivido. Como, además, fue siempre una ciudad opulenta, al menos por comparación, sus habitantes cambiaron el mobiliario cuando les vino en gana. Los muebles, las lámparas, los televisores, las radios y hasta los libros a los que la gente renunciaba se dejaban en la calle y se los llevaba alguien, no siempre el basurero: los muebles inútiles para unos eran reciclados a menudo en las casas de otros.
 
Joan Clos.Hasta Clos, a nadie, ni siquiera a su ilustre predecesor, hoy president de la Generalitat, se le había ocurrido que había una manera incorrecta y otra incorrecta de abandonar trastos. Pero a él sí se le ocurrió, como se le ocurrió multar a los mendigos –en un artículo anterior, de balance de 2005, recordé que la idea se le había ocurrido antes a Chumy Chúmez–, a las prostitutas, a los que escupen en la calle y a otros elementos asociales: fue por orden suya que, bajo una de las últimas lluvias, dos policías municipales desalojaron a una homeless con gato del portal en que se había refugiado. Lo juro, lo he visto.
 
El Estatuto de malhadada invención, escrito para hacer legal lo que no es normal, no es más que la hipertrofia de estas actitudes oficiales. Todo en ese texto está levíticamente reglado: el pequeño comercio, el abandono incorrecto de lo que sea que perturbe el paisaje catalán, la miseria, el uso del propio cuerpo, del nacimiento y de la muerte. Todo nacional, eso sí, y subvencionado.
 
Pero no vaya nadie a pensar que ese totalitarismo es cuestión exclusiva de esta extraña región del mundo: es la tendencia general en toda España, tendencia avalada por el Gobierno del presidente de la sonrisa. En el informativo de la televisión (Antena 3) he visto curiosas imágenes de Tarazona, en la provincia de Zaragoza: se veía a unos funcionarios –no pude determinar de qué tipo, porque sus uniformes estaban cubiertos por chalecos reflectantes, a pesar de que era pleno día– revolviendo en la basura, junto a un contenedor en el que, era obvio, había objetos incorrectamente abandonados. La locutora explicó que buscaban sobres con direcciones, con la finalidad de determinar quién había dejado bolsas con papeles fuera de su lugar, que Dios sabe cuál es. Querían localizar a los "responsables" del desaguisado, sospecho que para multarlos: en otro país y en otro tiempo, yo hubiera sospechado que era para hacerlos desaparecer.
 
No hay duda de que, de todos los libros proféticos escritos en el siglo XX, que fueron muchos, el que más perfectamente se ha realizado es el 1984 de George Orwell. Y sin Stalin. Ya tenemos la neolengua de la corrección política, policía del pensamiento –el CAC y la horda antiCOPE no son más que la punta del iceberg– y reforma de la memoria. Poco a poco, se irá sumando lo demás: la represión de las costumbres –el tabaco es sólo el primer paso–, el control de la sexualidad –el matrimonio gay no tiene nada que ver con la libertad: es un ensayo corporativista de identificación pública de lo que debería ser privado, además de la puerta abierta para legalizar la poligamia islámica– y de la reproducción –siempre a menos: que tengan hijos los otros–, la discriminación ideológica en los puestos públicos y, a la larga, en los privados –el uso del catalán, el euskera, el gallego o el bable no es inocuo: el que pasa por el aro del aprendizaje obligatorio de una lengua distinta en su propio país, pasa por cualquier aro–, etcétera.
 
Ya estamos en ello, en el proyecto totalitario de ZP. Y si no espabilamos pronto nos veremos con una pegatina en el pecho, o donde sea, señalados como trastos a los que alguien ha abandonado en un sitio prohibido.
 
 
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