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CATALUÑA

Un fracaso rotundo

Los nacionalistas catalanes reclaman, un día sí y otro también, un referéndum, ya sea por el derecho a decidir o por el pacto fiscal, aunque siempre con el mismo objetivo último: la independencia. Ese referéndum se celebró, dentro del marco constitucional, el 20-N, con un resultado inequívoco: lo perdieron.

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Empujado por la euforia de haber superado en votos y escaños al PSC, Josep Antoni Duran Lleida proclamó, en la misma noche del 20-N: "Hoy en Catalunya (sic en La Vanguardia) ha ganado el pacto fiscal, la voluntad de independencia económica". Y subrayó que el mapa político de Cataluña era muy distinto del de España –"Ni PP ni PSOE, Catalunya (sic)"–, todo ello entre "constantes gritos a favor de la independencia, que anoche fue la consigna más coreada en la sede electoral de CiU" (LV, 21/11). Es significativo, además, que el diario secesionista El Punt/Avui tradujera la diferencia enunciada por Duran Lleida para convertirla en su titular escandaloso del 21-N:

Catalonia Is Not Spain.

Flojos en matemáticas

Ya comenté en otra oportunidad que los nacionalistas catalanes andan muy flojos en matemáticas, hasta el punto de que interpretaron como mayoritario el apoyo que el 36,5% de los inscriptos en el censo dieron al Estatut inconstitucional. Tampoco contaron con mucha precisión el número de asistentes a la manifestación independentista del 10-J, que elevaron a un millón cuando cálculos objetivos del colectivo Cyfra los situaron entre los 75 y los 100.000. Ahora CiU ha obtenido 1.010.000 sufragios sobre un censo de 5.400.000 ciudadanos, o sea menos del 20%, en tanto que ERC obtuvo 240.000, o sea el 4,60% del censo. ICV, que gira a merced del viento, pero que dada su vocación por generar situaciones de crisis podría sumarse a CiU y ERC, obtuvo 278.000 sufragios, el 5,3%. Los tres partidos juntos no llegarían al 30% del censo. Todavía por debajo de lo que algunas encuestas atribuyen a los secesionistas. Un fracaso rotundo. Y la suma de los tres respecto de los votos emitidos se queda en el 44,5%, lo cual tampoco es para tirar cohetes.

Este fracaso es, para los nacionalistas, inconfesable, porque habían alardeado de ser los representantes de toda Cataluña. El secesionista simpático, Duran Lleida, arengó a sus fieles en el cierre de campaña en Gerona, "feudo nacionalista por excelencia en el que el soberanismo tiene fuerte predicamento", "elevó el tono de su discurso y se dirigió por vez primera durante la campaña explícitamente a este sector con un guiño claro" (LV, 17/11):

Vaya por delante que ERC tendrá mi voto cuando presente la propuesta a favor del derecho de autodeterminación, porque formo parte de un partido que desde 1931 lo defiende.

Efecto búmeran

Quizás el mayor de los despropósitos que profirió Duran Lleida durante la campaña consistió en plantear el voto a CiU como un voto a favor de la "dignidad nacional", alternativa que ha tenido un efecto búmeran, pues o sólo el 20% del censo se siente comprometido con esa "dignidad nacional", o ésta, tal como la interpreta Duran Lleida, se degrada para convertirse en una bastarda herramienta proselitista. José Antonio Zarzalejos castigó duramente este abuso (LV, 17/11):

No es justo apelar a la "dignidad nacional" para reclamar el voto. Porque, si se interioriza como aceptable tal proposición al electorado, ¿es indigno el voto a una opción socialista?, ¿lo es a una opción conservadora? En modo alguno. El problema de todo nacionalismo –incluido el español, para que no haya dudas al respecto– suele residir en la renuencia a admitir que sus propias comunidades son plurales, no sólo en lo ideológico, sino también en su sentimiento de pertenencia y en su percepción de la singularidad de su comunidad en relación con otras de ámbito diferente.

(...)

No es más digno un voto porque acuda en respaldo de las formaciones que entienden Catalunya (sic) como una nación con aspiración de soberanía, porque a Catalunya (sic) –lo mismo que a Euskadi y a la propia España– puede servírsela dignísimamente desde la libertad ideológica y sentimental más absoluta. Los argumentos inasibles no son para mítines políticos, ni para acaparar legitimidades, ni para privatizar el patriotismo.

Todo voto es digno si es el resultado de la libertad del elector y se dirige a una opción legítima. El debate electoral, en consecuencia, se transforma en errónea dialéctica moral si se apela, como ha hecho Duran Lleida, a categorías que, como la dignidad, no admiten monopolios.

El trajinado pacto fiscal también salió maltrecho después de que los nacionalistas intentaran convertirlo en seña de identidad del buen catalán. En La Vanguardia del 1 de agosto aparece una foto de Artur Mas "da[ndo] instrucciones a los jóvenes de Convergència Democrática, congregados bajo una gran bandera estelada, símbolo de los objetivos soberanistas del partido". La bandera es bien visible. Las instrucciones son muy claras: Cataluña "se juega el pacto fiscal en las elecciones del 20 de noviembre". El presidente de la Generalidad se mostró convencido de que "el proceso de emancipación nacional" estaba "en marcha" y explicó que la emancipación nacional tenía que llevar a los catalanes "hacia" una "soberanía tan plena como se pueda". Insistió, asimismo, en que "en el camino de la transición nacional" hay distintas etapas, "y la primera de ellas es el pacto fiscal". Sólo el 24,6% del censo (CiU + ERC) se dejó impresionar por esta convocatoria. Nuevamente, un fracaso rotundo. Los secesionistas marchan en una dirección y la sociedad civil marcha en la contraria.

Enormes despilfarros

Lo que los jerarcas secesionistas no pudieron digerir fue que una entidad de tanta jerarquía académica y tan representativa como es el Cercle de Economia de Cataluña no se sumara al coro de las corporaciones dóciles que reclamaban el famoso pacto fiscal. Sobre el presidente del Cercle, Josep Piqué, tan catalán como el que más, recayó el anatema de los talibanes que, para repetir el dictamen de Zarzalejos, se sienten con derecho a acaparar legitimidades y privatizar el patriotismo. Piqué les respondió (LV, 12/11) en un artículo impecable titulado "Las barbas del vecino":

Y la misma demagogia es hablar de recortes indiscriminados cuando se es responsable de enormes despilfarros, o hablar de que hay que recortar servicios esenciales porque no hay "pacto fiscal". Seamos serios.

(...)

Ahora el reto es no descolgarse del euro y seguir estando en el primer vagón del tren. Con Alemania y con Francia. Y permítanme un comentario adicional. En ese escenario es donde Catalunya (sic) se inscribe. En más Europa y no en menos. En más federalismo fiscal y no en menos. En mayor renuncia a soberanía y no en mayor reivindicación de la misma. Si España pierde con menos Europa, Catalunya (sic) pierde con menos España y con menos Europa.

Dudo que algunos lo entiendan. Porque algunos sólo desean que hablemos de su libro, como Umbral. Y si no nos condenan a los infiernos, porque su particular religión les lleva a pensar que si no hablamos de su tema –por ejemplo, el famoso pacto fiscal– no somos patriotas. Pero el infierno está en otro sitio. Está fuera de Europa.

Aunque después de conocerse el resultado de las elecciones en España y Cataluña los secesionistas sacaran pecho como si su magro porcentaje de votos sobre el total del censo los convirtiera en una mayoría omnipotente, pocos días antes temblaban ante la posibilidad de que los dos partidos no nacionalistas, sumados, tuvieran más votos que ellos, como finalmente ocurrió. "Cunde el pánico al tsunami", fue el titular de un artículo de Jordi Barbeta (LV, 14/11) donde éste confesaba el temor de que "los dos partidos de ámbito español superen al menos en votos a la fuerza política que gobierna en Catalunya (sic), Convergencia i Unió". Al día siguiente, el mismo columnista advertía: "Una nación es cuando sus nacionales dicen que lo es. Y si no lo dicen, no lo es". Pues en la votación del Estatut sólo el 36,5% del censo dijo que lo es, y el 20-N lo dijo el 30% del censo. El resto de los censados discrepa con dicha definición, o ésta les resulta indiferente.

Una realidad innegable

Hubo, eso sí, un nacionalista que valoró con lucidez la prioridad del acuerdo entre los dos grandes partidos españoles, aun a costa de marginar a los de su preferencia por "una realidad innegable" que desveló con claridad meridiana. Juan-José López Burniol escribió (LV, 19/11):

Les pido, para evitar esta confrontación, que traigan a España un gobierno de concentración nacional vertebrado por el PP y el PSOE, y con la puerta abierta a los otros partidos que quieran sumarse. En el bien entendido de que este pacto PP-PSOE no puede ser sustituido por ningún otro pacto, lo que no supone desconsideración para los restantes partidos, alguno de los cuales ha contribuido de forma destacada al gobierno de España desde la transición, sino que es consecuencia de una realidad innegable: que el interés último de estos partidos no es el general de España sino el particular de su respectiva comunidad autónoma.

Aunque, para hacerse perdonar esta herejía que pone en cuarentena el pacto fiscal, López Burniol propone, en el marco de una reforma constitucional, que ésta

deje la puerta abierta a quien quiera irse mediante el reconocimiento del derecho a decidir. Sé que parece una locura, pero también sé que nada perdura por la fuerza y creo en el poder creador de la libertad.

¿Se imagina López Burniol el puzzle territorial balcánico que se armaría si Barcelona y Tarragona, por ejemplo, ejercieran el derecho de irse de Cataluña, y Álava de la comunidad vasca? ¿No intervendrían el somatén y los gudaris para ahogar "el poder creador de la libertad"?

La derrota prevista

Quien, aún antes de las elecciones, previó la argumentación que desarrollo en este artículo sobre el fracaso rotundo, en el cómputo de votos, de la coalición tácita de los partidos secesionistas fue Salvador Cardús i Ros, en un artículo titulado "¿Un 20-N antisoberanista?" (LV, 16/11):

Una de las lecturas avispadas –por no decir tramposas– que se harán de los resultados electorales del domingo próximo en Catalunya (sic) será en clave antisoberanista. Se calcularán los votos favorables a socialistas y peperos, los partidos que hacen explícita su voluntad de permanecer en España, y se comparará con los resultados de los que mantienen posiciones ambiguas o dobles, como CiU e ICV, sumados a los netamente independentistas de ERC. Luego, una vez echadas las cuentas, se contrastarán con las cifras de las encuestas que últimamente dan la mayoría al sí en un hipotético referéndum sobre la independencia de Catalunya (sic). Y, abracadabra, sin que nunca (...) se nos haya preguntado realmente si somos favorables a la emancipación habrá expertos que concluirán que el independentismo es todo espuma inconsistente (...) Sea cual sea el podio final del 20-N, efectivamente una lectura en clave soberanista de los resultados del domingo dará muy pocas satisfacciones.

El articulista se aferra al imaginario millón de manifestantes del 10-J contra la sentencia del Constitucional sobre el Estatut para rebatir el que sabía con antelación que sería el veredicto adverso de las urnas, y atribuye la derrota prevista a la propuesta de pacto fiscal, "que, excepto Duran Lleida, todo el mundo sabe que no tiene ninguna posibilidad de conseguir unas condiciones verdaderamente aceptables", y al "perfil provocadoramente contrario a la independencia" del mismo Duran Lleida, combinado con "un discurso conservador que lo hace sospechoso de una excesiva familiaridad con el PP". Y concluye, amenazador: "Para el independentismo social, el 20-N no le va ni a rozar porque es un partido que se juega en otro campo y en otra liga".

Lo dicho: cualesquiera sean los pretextos, subterfugios y amenazas de los derrotados, el referéndum por el pacto fiscal, la independencia y otros caprichos ya se celebró dentro del marco constitucional, en las urnas, el 20-N, y tanto los secesionistas como los totalitarios antisistema, que pudieron participar libremente, han sufrido un fracaso rotundo. Excepto, todo hay que decirlo, en la atormentada comunidad vasca.

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