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DESAFÍO NACIONALISTA

Un paralelismo histórico

La gran tragedia del siglo XX español fue que el régimen liberal de la Restauración no se hubiera desarrollado en una plena democracia y acabara abocando a una dictadura. La mayor parte de los historiadores ha solido achacar este fracaso a la clase política de aquel régimen, por su incapacidad para integrar a los nuevos partidos y fuerzas surgidos a finales del siglo XIX. Sin embargo, esos partidos demostraron desde el principio un talante tan radical, intransigente y violento, que los hacía prácticamente inasimilables.

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Así, los republicanos intentaron varios pronunciamientos, y muchos de ellos cultivaron una demagogia terrorista; los anarquistas comenzaron pronto el ciclo de los atentados que iba a convertirse en una plaga insoportable; los socialistas llegaban amenazando con la total destrucción del sistema liberal o de cualquier sistema “burgués”; los nacionalistas vascos pensaban en la separación de las Vascongadas, y los catalanes, si bien menos radicales, empezaron con movimientos desestabilizadores y en algunos casos se aliaron a los demás. Estas fuerzas se detestaban entre ellas, pero tenían algo en común: la decisión de acabar cuanto antes con el régimen de libertades que, paradójicamente, les permitía desarrollarse. Ese común acuerdo llevó a la huelga revolucionaria de 1917 y se manifestaba permanentemente en el boicot a las medidas democratizadoras de los gobiernos, o en la disposición a facilitar el terrorismo, explotarlo políticamente y obstaculizar las medidas defensivas contra él.
 
El terrorismo desempeñó un papel decisivo en la ruina de la Restauración, como señala, entre otros, Cambó. Los atentados creaban una permanente inquietud y un ambiente de descomposición social, pero además privaron al régimen de varias de sus cabezas políticas más capaces y enérgicas, Cánovas, Canalejas y Dato, estando a punto de acabar con Maura y el rey Alfonso XIII. Y cuando ocurrió el desastre de Anual, en 1921, todos esos partidos vieron la oportunidad de destruir de una vez al régimen de libertades y lo aprovecharon para desatar una oleada de demagogia desestabilizadora. El mismo Cambó, que había evolucionado a una visión más general de los intereses de España mientras sus antiguos seguidores se radicalizaban, cedió a la tentación de participar en los irresponsables ataques.
 
Seguramente la crisis habría sido capeada como lo habían sido otras anteriores, si hubieran estado a la cabeza del país políticos de visión amplia y entereza de carácter. Pero lo cierto es que no ocurrió tal. Cambó lo describe perfectamente: “La sociedad vivía en plena indisciplina, nadie sentía respeto por un Gobierno que, evidentemente, no era respetable”. “Los dos últimos gobiernos, el de Sánchez Guerra y el de García Prieto ya no eran una caricatura: eran un verdadero sarcasmo”. La situación pudo haber evolucionado hacia un derrumbe revolucionario cuando finalmente Primo de Rivera la zanjó con su golpe, casi universalmente aplaudido. Y que llegó a atraerse la colaboración de los socialistas, paradojas de la vida.
 
Todo esto es bastante conocido, pero lo es menos un episodio de la mayor relevancia que, por haber cortado su continuidad el golpe de Primo, suele quedar marginado o relegado a pie de página en las historias generales: la Triple Alianza de los separatismos catalán, vasco y gallego. Nada, sin embargo, más revelador del ambiente de naufragio que vivía entonces la sociedad española. Los tres nacionalismos acordaron un pacto con el propósito claro de desmembrar el país. Descartaban abiertamente la política de Cambó, en cuyo “tablero de ajedrez Galicia, Cataluña y Euzkadi eran piezas de la España grande”, y buscaban “no el engrandecimiento de España, sino la libertad nacional de los tres pueblos amigos y aliados”. Lo mismo pensaban los demás, en medio de un enorme optimismo: “El entusiasmo despertado con este motivo es grandioso, justificado por la enorme trascendencia de acto tan importante como la celebración de la alianza ofensiva-defensiva entre Galicia, Cataluña y Euzkadi, cuya acción mancomunada cambiará, tal vez muy pronto, los destinos de las tres naciones”.
 
El pacto fue sellado aprovechando el 11 de septiembre en Barcelona. Hubo incidentes cómicos, como cuando el delegado vasco Eguileor se dirigió a los demás en vascuence –que distaba mucho de dominar –, “y sólo a instancias del público catalán, que quería entenderle, tuvo que seguir hablando en castellano”. En la Diada se produjeron numerosos incidentes de orden público, a los gritos de “¡Muera España!” y “¡Muera Castilla!”.
 
Lo más significativo de la Triple Alianza fue su acuerdo de recurrir a las armas. Reivindicaban la “plena soberanía política” y reclamaban el “derecho a la apelación heroica” y a “mezclar la sangre (de catalanes, gallegos y vascos) en el sacrificio”. ¿Palabras hueras, simple retórica? Ni mucho menos: adquirían su pleno sentido en el ambiente de descomposición política del país y revelaban la decisión de explotar la oportunidad. Debe entenderse en el contexto de un terrorismo ácrata al parecer indominable y de la exaltación por la derrota de Anual. Los promotores de la Triple Alianza consideraban muy en serio la posibilidad de llegar a una acción común con los moros de Abd el Krim.
 
Si bien la importancia de los elementos ha cambiado, no deja de resultar llamativa su presencia en la situación actual:
-1.- decisión secesionista en los nacionalismos vasco y catalán, y alianza entre ellos y  el gallego (Declaración de Barcelona)
- 2.- el terrorismo nacionalista vasco como chantaje y telón de fondo
- 3.- la intervención musulmana por medio de la matanza de Madrid el 11 de marzo.
 
Esta última está teniendo una trascendencia realmente histórica. De un solo golpe, el terrorismo islámico, utilizado por la oposición para dividir profundamente al país, ha conseguido cambiar la política interna y externa de España. Ahora tenemos un gobierno incomparablemente más débil e inepto que antes, que comparte además muchas de las visiones políticas de los terroristas. Sin esa realidad Ibarreche-Ternera y Carod-Maragall no se habrían visto alentados a lanzar su actual ofensiva.
 
Hay, no obstante, algunos motivos para el optimismo. El régimen de la Restauración, aunque de libertades, no era una democracia, y éste sí lo es, y mucho más fuerte en todos los sentidos que aquél. La oposición a los desafueros separatistas crece, y no es imposible, aunque tampoco muy probable, que en el PSOE termine imponiéndose la sensatez. Es preciso, no obstante, evitar cualquier frivolidad y que todos nos hagamos cargo de la envergadura del desafío, pues de otra manera seremos incapaces de responder a él.
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