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HISTORIA

Un probable error de Gil-Robles

El 17de mayo de 1943, instalado en Lisboa, Gil-Robles, participante en la conspiración monárquica para echar a Franco, expresaba en su diario su preocupación ante las vacilaciones del Conde de Barcelona: "No se da cuenta Don Juan de que su preocupación principal no deben ser los sectores de derecha, sino los elementos moderados de izquierda, que necesita a toda costa atraer".

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"En el momento actual, a la monarquía no le interesa tener demasiado lastre derechista ­–proseguía Gil-Robles–. Con los elementos de esa significación contará siempre, por la cuenta que les tiene. Comprometerse con ellos, mediante afirmaciones demasiado categóricas, supone privarse de libertad de acción sobre el bando opuesto y poner, además, en manos de un grupo de inadaptados políticos un arma que algún día esgrimirán contra el rey, diciendo que es infiel a sus compromisos, aunque en realidad se limite a no aceptar delirios utópicos".
 
Es curioso cómo se repite la historia, y sorprendente que no lo percibiera alguien con la experiencia de Gil-Robles: con esa estrategia, precisamente, hundieron Alfonso XIII y sus consejeros la Monarquía, después de la dictadura de Primo de Rivera. El Rey consiguió entonces enajenarse el favor de muchos a quienes creía tener de su lado "por la cuenta que les tiene" sin por ello ganarse a una izquierda moderada inexistente en la práctica o demasiado proclive a colaborar con la izquierda exaltada, incluido el terrorismo (otra llamativa constante).
 
Algo semejante ocurría en 1943: la izquierda "moderada" en realidad no existía, y los personajes que podían pasar por tal no habían aprendido ni olvidado nada desde la Guerra Civil. Sí había en el exilio una izquierda oportunista (Prieto), muy reducida y poco representativa, dispuesta a apoyar la Monarquía por conveniencia pasajera y con absoluta deslealtad para, llegado el momento, echarla abajo de nuevo.
 
El único cálculo racional de Gil-Robles consistía en la evolución de la II Guerra Mundial: los Aliados iban a ganar claramente y no permitirían de ningún modo la continuación del franquismo. Por consiguiente, urgía expulsar a Franco y restaurar una monarquía, protegida por Gran Bretaña, como freno al asalto de las extremas izquierdas, el cual se produciría inevitablemente si el Caudillo no caía a tiempo y mediante una fuerza ordenada
 
José María Gil-Robles.Cabe objetar, cabía hacerlo en aquellos momentos, y no sólo desde el conocimiento de la historia posterior, que una monarquía sin otra sustentación real que el respaldo de los Aliados entraría con una legitimidad muy tambaleante. Gran parte de la derecha le negaría su apoyo o la execraría abiertamente, y la izquierda, desde luego, sólo colaboraría con ella de forma momentánea y socavándola al mismo tiempo. El intento podía muy bien terminar en graves desórdenes o en una nueva guerra civil, pues las derechas no monárquicas o abiertamente antimonárquicas distaban mucho de ser insignificantes o de estar dispuestas a aceptar cualquier salida.
 
Ante una carta, casi de ruptura, de Don Juan a Franco, en marzo de aquel año, el segundo explicó su política en otra carta de respuesta, el 27 de mayo: nada de desmantelar el Movimiento; nada de aceptar presiones e injerencias extranjeras; la Monarquía volvería en su momento, pero no de aquel modo.
Las naciones se guían de su propio interés y no por sentimentalismos, pesan las realidades y no las ficciones. La alianza de S. M. británica con Stalin es un ejemplo. Las naciones son hoy amigas y mañana enemigas, según les dicte su propio interés. La mejor defensa de España descansa en su unión y en su fortaleza, traducidas por el valor de sus hombres, el vigor de su política y su voluntad firme ante el peligro. Por ello es criminal la labor de quienes, en su miseria intelectual, conciben una España subordinada al extranjero, e intrigan en el extranjero o en sus cancillerías, ofreciéndoles los servicios de sus torpes pasiones, intentando comprometer en ello el nombre de V. A., con el que, sin escrúpulo, especulan.
Por todo ello,
las naciones que noblemente estimen a España desearán su régimen fuerte y poderoso, las que en cambio aspiren a su sustitución sólo buscarían en el Príncipe el antecedente inmediato de Prieto o de Negrín. La guerra se presenta larga, y en el mundo está produciendo tales estragos que para el futuro la unidad y la fortaleza de España serán no sólo gratas, sino para todos una necesidad.
Algunos historiadores y políticos insisten en pintar un Franco bobo o inconsciente. A la vista del desarrollo ulterior, cabe concluir que Franco mostró una visión de la realidad más clara que la de Gil-Robles. Y también que la de los Gobiernos británico y useño, puestas así las cosas.
 
 
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