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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Zapaterismo de derechas

Cuando visitó a Rafael Alberti, el 15 de enero de 1996, José María Aznar dijo que había sido "un día muy feliz", un "grandísimo honor" para él.

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"Como español –añadió Aznar–, me siento orgulloso de haber podido hablar con uno de los de los más brillantes poetas que ha dado España; como amante de la poesía, he tenido la oportunidad de conocer a un poeta al que he dedicado mucho tiempo desde hace muchos años". No es que yo tenga una memoria privilegiada ni que haya encontrado la cosa googleando, sino que lo ha publicado El País el pasado día 6. En lo único en lo que se equivoca el diario de Prisa al recordar el acontecimiento es en decir que entonces Aznar era presidente del Gobierno: no lo era aún, y el encuentro, en compañía de Javier Arenas, formó parte de su campaña. Las elecciones fueron el 3 de marzo.

Lejos de la intención de El País el hacer el elogio de Aznar. Se lo traen a colación a un señor llamado Domingo Fernández, del PP, que ejerce de alcalde de Huércal-Overa, en la provincia de Almería, localidad de 18.000 habitantes en la que los autoridades que precedieron a Fernández, del PSOE, se dieron el lujo de inaugurar en 2007 un teatro con 550 localidades y ponerle el nombre de Rafael Alberti por apenas tres millones de euros (166 euros por cabeza).

El señor Fernández, que parece formado en el pensamiento psocialista, ha llegado a la conclusión de que el de Alberti es un nombre que "no vende", según dijo su colega Antonio Lázaro, concejal de Cultura de la localidad, y ha decidido cambiarlo, no se sabe aún por cual. O sea, que a este señor del PP le ha dado un ataque de zapaterismo de derechas y dentro de poco pedirá la apertura de fosas con muertos del bando nacional, para no ser menos.

Aznar, con aquella visita, dio al conjunto de la derecha española una lección de política que debiera haber quedado grabada para siempre en los cráneos de todos: no sólo no hay que remover los esqueletos de nuestra desgraciada Guerra Civil, sino que hay aprender a vivir en el reconocimiento mutuo. Es decir, la derecha española tiene que hacer lo que la izquierda española no sabe hacer: olvidar y respetar a todos. Paz, piedad y perdón, y lo cito a sabiendas de que a Azaña no le hicieron el menor caso y así nos fue.

La prueba de que los socialistas españoles son tan incorregibles como los peronistas en la definición de Borges es la exaltación guerracivilista de Zapatero, su pasión por eliminar estatuas de Franco y reunir a su alrededor a "los buenos" (Peces Barba dixit), como Carrillo, por poner sólo un ejemplo. Y en más de una cosa se parecen Zapatero y los señores Fernández y Lázaro, de Huércal-Overa, y una de ellas es la soberbia de los ignorantes. Ninguno de ellos sabe que Rafael Alberti no los necesita para sobrevivir. Por no necesitar, no necesita ni siquiera a los profesores de literatura. Y esa inmortalidad no tiene nada que ver con su condición de comunista, sino con su condición de poeta. El Teatro Muñoz Seca de Madrid no se llama así porque don Pedro fuese asesinado por los comunistas en Paracuellos, sino por su condición de gran dramaturgo –cosa que Alberti también era–. Y el Teatro Marquina no se llama así porque don Eduardo fuese ni fu ni fa en materias políticas, sino porque tuvo un papel importante en el desarrollo del teatro español.

Quiero informar a los señores Fernández & Lázaro de que entre las muchas cosas que tiene de bueno el vivir en Madrid, donde la derecha casi siempre ha ganado las elecciones, es que se puede pasar tras un corto trayecto de la Calle de los Caídos de la División Azul a la Avenida de Pablo Iglesias, acudir al Centro de Salud Rafael Alberti y apuntar a los hijos en el Colegio Público José Calvo Sotelo.

Aznar gobernó desde la grandeza de la reconciliación entre españoles. Y fue eso lo que le llevó a ganar las elecciones de 1996 y a lograr la mayoría absoluta en 2000. Hasta había una ley del aborto que parecía tener consenso. Respetarla suponía el mantener en la legalidad algo socialmente normalizado. Aznar no la tocó. Zapatero, por supuesto, sí. Y perdió, en eso como en tantas otras cosas.

Las condiciones en que el Partido Popular llegó al poder a finales de 2011 eran revolucionarias: se podía hacer cualquier cosa que se quisiera, si se actuaba en caliente. Está visto que Mariano no es un revolucionario, y que hasta como reformista se queda corto. Pero la percepción de la posibilidad de cambio radical se extendió en la sociedad y aun en el PP, de modo que algunos se pusieron a hacer su revolucioncita de andar por casa, coja y llena de mala baba, que es como suelen ser las revoluciones, hechas o no, porque su gran motor es el resentimiento. Puro, ni siquiera animado por un cierto saber. Me parecería ligeramente más digno que los señores Fernández & Lázaro hubiesen dicho que le cambiaban el nombre al teatro Rafael Alberti por el de José María Pemán o el de Manuel Machado. Al menos tendríamos materia para discutir, pero no hay nada que hacer: la ignorancia, a diferencia de la sabiduría, no tiene límite alguno.

 

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