
Según rezan sus estatutos, el fin de los premios ¡Bravo! es “reconocer, por parte de la Iglesia, la labor meritoria de todos aquellos profesionales de la comunicación en los diversos medios, que se hayan distinguido por el servicio a la dignidad del hombre, los derechos humanos y los valores evangélicos”. No es fácil aplicar esto al actual mundo del cine español, que a menudo se distingue por su servilismo al poder del pensamiento único. Pero la factoría Querejeta sabe poco de servilismo al poder.
Héctor es un adolescente de padres separados; acaba de morir su madre, con la que vivía. Trasladado a la casa de la familia de su tía Tere, reaparece su ausente padre tratando de recuperar con el chaval la relación que nunca tuvo. La directora Gracia Querejeta –hija del famoso productor– nos ofrece una historia humana llena de aciertos, tanto en su reivindicación de la familia como pertenencia básica, como en el tratamiento positivo y amable del sacerdote del barrio, amigo de los protagonistas, comprometido, compañía concreta para la gente. Se trata de una película fresca y propositiva, sin planteamiento ideológico, y que sin embargo aborda situaciones duras de enorme actualidad, como la desestructuración familiar, las consecuencias de la droga y la desorientación de la juventud. Los personajes principales tratan de ser dignos en todo momento, y aprenden a cerrar las heridas del pasado desde el poder redentor del amor. Una película antropológicamente más madura que Cuando vuelvas a mi lado, la penúltima cinta de la realizadora.
El tema de la búsqueda del padre es otro acierto del film. Se trata de un tema recurrente del cine moderno, como se ha puesto de manifiesto en el Encuentro Madrid que se celebró hace una semana en la Casa de Campo de la capital. Allí se proyectó un audiovisual que ponía de manifiesto cómo, mientras los políticos juguetean con el concepto de matrimonio por delante y por detrás, son cada vez más los hijos desconcertados ante la confusión familiar. Y el cine sincero, cómo Héctor, acusa el dato sin demagogias ni oportunismo.