
También me viene a la memoria un diálogo suyo con, creo recordar Ignacio Sotelo, en el marco de los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, que me tocó cubrir periodísticamente cuando iniciaba yo estas lides del pensamiento caballeresco. Reconozco que en la Universidad Pontificia, de la que usted tanto habla en su libro, que por cierto he leído casi de un tirón, fui deudor en los ambientes docentes de la estela y de la aureola que había dejado el profesor don José María Setién. Incluso podría recordarle las anécdotas que ese gran hombre y santo historiador, nuestro querido José Ignacio Tellechea, nos contaba en las comidas y en las cenas del Hispano, el que fuera nuestro recordado Colegio mayor.
Aún con todo, la admiración que siento por usted, o por algunas de sus cualidades en la distancia, se empequeñece cuando leo, oigo, escucho, comento sus palabras y me acerco a sus pensamientos. Tengo que confesarle que su último libro, sus últimas declaraciones, sus antiguas ideas hoy formuladas de nuevas maneras, me dejan frío, muy frío, y no sé por qué me acuerdo de quienes hablaban de los profetas de sus calamidades. No es necesario que repita algo que ya sabemos y con lo que contamos; no es necesario, de verdad, que se justifique y deslegitime, al mismo tiempo, en manifestaciones explícitas de descargos de conciencia en los que sorprende, entre otras perspectivas, el predominio de un criterio sociológico, político, y en los que está ausente un criterio teológico. ¿Cuántas veces en su último libro se refiere a Jesucristo, al Espíritu Santo, a la Revelación de Dios en la Historia?
Lo que más me ha preocupado, sinceramente, ha sido que repite, reformula, aglutina y sintetiza sus clásicos argumentos legitimadores de la equidistancia moral recurriendo al reduccionismo más craso y, además, al olvido sospechoso e interesado del magisterio ineludible de la Iglesia en España sobre el terrorismo de ETA. ¿De verdad cree que se puede escribir un libro, aunque sea de un obispo vasco, sin adentrarse en la riqueza de textos como Valoración moral del terrorismo, de sus causas y de sus consecuencias, o sin citar el epílogo que al libro La Iglesia frente al terrorismo de ETA escribiera monseñor Fernando Sebastián?
Querido don José María, mi más sincero respeto a su dignidad no me exime de confesarle que de usted no se espera un estudio de sociología de la religión sobre el denominado "problema vasco", ni mucho menos. De usted no se espera, o sí, ya no se sabe, un edificio especulativo que justifique la distancia que ha puesto siempre a los círculos de quienes han intentado un fraterno diálogo; de usted no se espera un mea culpa, un examen de conciencia al modo ignaciano, tal y como se aprende en la espiritualidad profundamente caritativa del Seminario de Vitoria, ejemplo de la formación sacerdotal durante no pocos años. De usted se espera la oración, el silencio, la maduración de su ciencia y de su conciencia respecto a lo que ha hecho la Iglesia en el País Vasco y lo que puede hacer, que no es poco. De usted se esperaba que no siga haciendo afirmaciones que sorprenden, no diré escandalizan, a más de un cristiano.
Permítame sólo recordarle algo a lo que no se ha referido ni en su libro ni en sus declaraciones recientes. Es obvio que anteriormente la Iglesia Católica había condenado con fuerza el terrorismo pero, con el documento sobre la valoración moral del terrorismo, ahora afirma que la lacra del terrorismo no es independiente ni puede separarse de la ideología ínsita en el corazón del terrorismo totalitario. A la luz del juicio moral del terrorismo en conexión con la idolatría escondida en el terrorismo totalitario y, por tanto, excluyente los obispos creyeron oportuno ofrecer una reflexión orientadora sobre el nacionalismo en general y también sobre la unidad de España. Estas afirmaciones adquieren toda su fuerza en el contexto histórico de los últimos años en España. Algo que usted olvida, no sé muy bien, en su juicio moral que, tengo que confesar, difiere del de sus hermanos en el episcopado. ¿O acaso existen varios juicios morales de matriz cristiana según donde habiten los obispos? Aún con todo, reciba el saludo de quien se encomienda a sus oraciones.