
Cuando el cine no era bien visto por amplísimos sectores de la Iglesia, existía una fórmula reconciliadora: las películas confesionales. El razonamiento que las sostenía era más o menos así: ya que no podemos luchar contra esta forma de espectáculo, utilicemos el medio para difundir nuestro mensaje. Y esto se traducía casi siempre en hagiografías, historias edificantes de sacerdotes o monjas, asuntos milagrosos o, por excelencia, pasajes bíblicos y vidas de Jesús. Dichas películas eran como los capiteles medievales, que catequizaban al pueblo de forma sencilla y visual. Este tipo de cine llegó a ser muy importante, casi un género, y dejó algunas obras de notable calidad -aunque no muchas-. Pensemos, por ejemplo, en la Semana de Cine Religioso de Valladolid -que hoy se conoce como la SEMINCI-, que, en su primera edición de 1956, tuvo el siguiente programa: Una Cruz en el infierno, de José María Elorrieta; Cristo, de Margarita Alexandre y Rafael Torrecilla; La Guerra de Dios, de Rafael Gil; La mies es mucha, de José Luis Sáenz de Heredia; Balarrasa, de José Antonio Nieves Conde y El Judas, de Ignacio F. Iquino. Ese planteamiento fue perdiendo su vigencia a lo largo del último cuarto del siglo, y obligó a la SEMINCI a abandonar enseguida su denominación “religiosa”. En este momento, desde finales de los noventa, existe -fuera de España- el Festival Internacional de Cine y Religión, cuyo contenido es ecuménico y no se circunscribe a una religión particular. Organizado por católicos, se trata de un festival itinerante que se desarrolla entre Trento, Asís y Jerusalén. En la edición de 2003 compitieron dos películas españolas, Teresa, Teresa, de Rafael Gordon -que obtuvo varios galardones- y Sin noticias de Dios, de Agustín Díaz Yanes.
En España, desde los setenta, el cine “católico” así entendido no ha pasado de ser anecdótico. Su declive ha corrido parejo al proceso de secularización y laicización de la sociedad española. Y se plantea la pregunta del inicio, ¿es hoy necesario dar la batalla por un cine “confesional”? Se trata de una pregunta puramente retórica ya que, independientemente de su respuesta, ni hay sujetos para llevar a cabo ese cine ni hay demanda del mismo. Dicho de otra forma, la mayoría de los católicos españoles no quiere ver “películas de monjas” -ocasionalmente sí, pero por razones de otra índole-, en todo caso quiere ver “buenas” películas, entendiendo por “buenas” el que, amén de su calidad artística, sean leales con la experiencia humana y no agredan el sentido común ni un cierto buen gusto.
En este sentido, a lo que se debe aspirar en las actuales circunstancias, es a que haya católicos que hagan cine, al margen del género o argumento que prefieran. Por tanto, lo importante hoy no son las películas “confesionales”, sino las que, a partir de un argumento cualquiera, trasmiten una mirada cristiana sobre el hombre y la vida, aunque sea en una película de aventuras o de dibujos animados. Pero esto también es una asignatura pendiente. Se cuentan con los dedos de una mano los cineastas y guionistas españoles en activo, que trabajen nítidamente desde una conciencia atravesada por la fe.
Una hipótesis de trabajo interesante nos las dio José María García Escudero el 2 de Junio de 1973 en un discurso que pronunció ante los delegados diocesanos de medios y otras muchas personalidades del mundo de la comunicación católica. Allí dijo, entre otras cosas:
“Es en lo más hondo del cine contemporáneo donde podremos hacer el empalme entre las preguntas del hombre actual y nuestras respuestas. Allí donde se agazapan los grandes interrogantes de los que el hombre querría huir, pero a los que está unido como la uña a la carne; allí donde Dios se pueda revelar, no como el que está “fuera” y “lejos”, sino como el que está “dentro”, en lo más íntimo de cada uno.”
“Hablé antes de erotismo y violencia [...] a veces son la manifestación desviada de unas aspiraciones nobles en su raíz. [...] En vez de lamentarnos, entendamos. Pero ¿procedemos así, profundizando, o nos contentamos con aplicar a las películas que vemos una moral -que tantas veces es moralina-, no para entenderlas, sino para clasificarlas elementalmente, como clasificamos a los hombres por lo que parecen? Habríamos podido ser los reveladores de la profundidad de lo humano, que es cabalmente lo religioso; los hombres del sí, los portadores de la vida. ¡Qué pena constatar que en casi todos los documentos de la Iglesia sobre el cine -habría que exceptuar los dos mensajes de Pío XII sobre el film ideal- se habla mucho de moral, pero poco de vida! [...] ¡Qué pena pensar cuántas veces hemos sido los hombres del no, los hombres del código, los guardianes de unos preceptos que sólo podían hacer de nosotros, cuando nos reducíamos a ellos, los hombres de otro tiempo, los incomprensibles, los incomprendidos! Por eso también, los aislados”.
Ante el cine, dice Escudero, a la Iglesia le caben tres posibilidades. Primera, el repudio, que fue el “no” de la Iglesia cuando se ocupó del cine treinta años después de su aparición. La segunda posibilidad es la “sustitución”, el hacer una modernidad católica: partidos católicos, prensa católica,... y ¡cine católico!... pero el resultado fue más beneficioso para dentro que para fuera, donde se percibía lo que era fruto de invernadero. Por eso nunca hubo un verdadero cine católico. La tercera solución es la del Concilio, sin exigirle al mundo que lleve nuestros apellidos, pero sirviéndole con el tesoro que llevamos dentro. “Aunque el mundo moderno haya dejado de ser cristiano y se esté alejando de nosotros a velocidades astronómicas... le podemos alcanzar por la dimensión de lo religioso. No nos aceptará si nos presentamos con los Tratados de Teología Moral o con películas ‘ejemplares’... nos escuchará si le llevamos la Buena Nueva de Dios. No se trata de oponer al mundo un mundo rival. Se trata, no de decir ‘aquí el cine bueno, allá el malo’, sino ‘aquí, el cine profundo, allí el superficial’. Nuestra palabra frente al cine ha sido censura. Nuestra palabra frente al cine debe ser educación: Cursos, cineforums, revistas especializadas, crítica orientadora, y sobre todo, integración del cine en la enseñanza. ¡Enseñad a ver!”.