
Pero The One Campaign es sólo la más llamativa de un grupo de iniciativas de ese estilo, identificadas muy a menudo con algún profeta bíblico u otro (como el Desafío Miqueas o la Plataforma Isaías) . Lo que es similar en todos estos grupos es un énfasis en el papel del gobierno dando asistencia a los pobres. Pero es precisamente este aspecto de esas iniciativas lo más problemático desde una perspectiva cristiana.
Una de los estribillos más comunes de líderes cristianos retando a diversos gobiernos a pasar a la acción – sean de Canadá, EEUU u otros estados miembros de la ONU – es que los gobiernos son las únicas entidades capaces de dar el nivel de asistencia material que se necesita. En palabras de un ponente de una asamblea confesional que visité el mes pasado, “nunca basta con la sociedad civil”. El mensaje es que las iglesias nunca pueden esperar a igualar sumas como los 40.000 millones de dólares que el G-8 ha propuesto condonar entre algunas naciones africanas.
Esta actitud simplemente no da suficiente crédito a los cristianos por lo que han hecho así como lo que pueden llegar a hacer si se les pone a prueba. Sólo en Estados Unidos en 2004, entre empresas e individuos donaron para obras de caridad 249.000 millones de dólares, todo un récord, siendo las organizaciones religiosas el grupo individual que más dinero recibió, 88.000 millones.
Esto es más del doble de la cantidad para la condonación de deuda ofrecido por el G-8 y se llega a eso a pesar de que los cristianos como grupo no llegan ni de lejos al nivel del principio bíblico del diezmo. El Grupo Barna informa que sólo el 6% de cristianos americanos dieron el 10% de sus ingresos a las iglesias u organizaciones religiosas en 2004. ¡Imagine las posibilidades si los líderes cristianos pasaran más tiempo advirtiendo a los miembros de su rebaño que deben cumplir sus responsabilidades bíblicas! Lamentablemente, muchos parecen más preocupados en politiquear que en apelar a que la iglesia llegue a su más alto estándar.
No hay nada inherentemente malo en que los cristianos intenten que los gobiernos rindan cuentas de las promesas que hicieron. Y hasta con los enormes niveles de generosidad mostrado entre cristianos, es verdad que gobiernos como el norteamericano sí que tienen mucha más riqueza material para repartir.
Pero la ironía es que las entidades con quizá los mayores activos para gastar en alivio de la pobreza (gobiernos) son los menos capaces de hacerlo con efectividad. La naturaleza laica de las democracias, que separan con rotundidad los elementos del “proselitismo” y de la fe fuera del trabajo caritativo, es un grave impedimento para la eficacia de la compasión.
Esta restricción impide a los gobiernos poder considerar cualquier otra cosa que no sea las necesidades materiales de los pobres. Mientras que el cristianismo siempre ha reconocido la rica y compleja antropología del cuerpo y el alma del ser humano, los gobiernos laicos sólo tienen las armas para representar parte de la solución.
Entonces, ¿por qué están los cristianos tan dispuestos a abogar por lo que es, en el mejor de los casos, una solución a medias? Jesús nos mostró la relativa prioridad de lo espiritual sobre lo físico cuando preguntó: “"¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?" (Mateo 16, 26).
Algunos organizaciones de caridad cristiana han estado cometiendo este error por décadas. El Consejo Nacional de Iglesias ignora el hecho que los actos de caridad cristiana deben hacerse siempre con una perspectiva hacia el bienestar espiritual del receptor, ya que se empeña continuamente en trabajos de ayuda mientras que condena explícitamente el “proselitismo”. Pero lo que el Consejo llama proselitismo, otros lo llaman evangelizar. ¿No es el “vaso de agua” que se debe dar en nombre de Cristo? (Marcos 9, 41).
Richard Baxter, el famoso misionero y teólogo puritano del siglo XVI escribió una vez: “Haz todo el bien que puedas al cuerpo de los hombres para lograr el bien mayor del alma. Si la naturaleza no es provista, los hombres no serán capaces de ningún otro bien”. Esto está en concordancia con los mandatos bíblicos en contra de descuidar el cuerpo en favor del alma o el alma en favor del cuerpo.
El libro de Santiago nos desafía de la misma manera: “Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué sirve?” (Santiago 2, 15-16).
Una visión real de la caridad cristiana es la que engloba a toda la persona humana, física y espiritual. De la misma manera que no podemos ignorar las necesidades materiales cuando se atiende las necesidades espirituales de una persona, el servicio al cuerpo debe hacerse con vistas al fin mayor de las misiones cristianas: La salvación de las almas. Y esto es algo que el gobierno simplemente no puede hacer.
Jordan Ballor es editor asociado con el Instituto Acton para el Estudio de la Religión y la Libertad en Grand Rapids, Míchigan.