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ATAQUE A LONDRES

Terrorismo islamista y decadencia de occidente

Muchos y muy variados han sido los análisis con motivo del atentado islamista en Londres. Unos se han centrado en las causas políticas y han oscilado desde la tradicional, en España, fantasía antiamericanista de culpabilización de las víctimas y de sus gobiernos hasta la más ponderada respuesta desde la perspectiva cultural.

Muchos y muy variados han sido los análisis con motivo del atentado islamista en Londres. Unos se han centrado en las causas políticas y han oscilado desde la tradicional, en España, fantasía antiamericanista de culpabilización de las víctimas y de sus gobiernos hasta la más ponderada respuesta desde la perspectiva cultural.
Víctimas del ataque a Londres
Recordé estos días el prólogo que José Ortega y Gasset –filósofo, por cierto, citado por el cardenal Rouco ante Benedicto XVI como uno de nuestros más famosos pensadores del siglo XX, ¿quién se lo diría al maestro en el erial?- escribió a “La decadencia de Occidente” de Oscar Spengler, estudio traducido al español por Manuel García Morente, cuando –paradojas de la historia– aún no se había ordenado sacerdote.
 
Dice así Ortega: “ La verdad es que no se comprende cómo una guerra puede destruir una cultura. Lo más a que puede aspirar el bélico suceso es a suprimir las personas que la crean o transmiten, pero la cultura misma queda siempre intacta de la espada y el plomo. Ni se sospecha de qué otro modo pueda sucumbir una cultura que no sea por propia detención, dejando de producir nuevos pensamientos y nuevas normas. Mientras la idea de ayer sea corregida por la idea de hoy, no podrá hablarse de fracaso cultural”.
 
Por más que nos empeñemos en las necesarias políticas de seguridad o en las respuestas globales y globalizadas al terrorismo islamista no debemos olvidar que, por desgracia, mucha de la fuerza de los efectos de los atentados del fundamentalismo islamista se legitiman en nuestra debilidad. El filósofo francés André Gluskmann ha insistido, después de las bombas de Londres, en que el nihilismo ensordecedor de la explosiones adquiere una distancia y una dimensión espectacular gracias al nihilismo y al relativismo atronador de la cultura occidental. La visibilización de la hora de las tinieblas, que comenzó en los atentados contra las Torres Gemelas y que continuó en Madrid y en Londres, no es un ataque contra la América del imperio sino contra los valores de Occidente, por más que se empeñe la izquierda zapaterista y sus epígonos de no sé qué alianza de no sé qué civilizaciones. El terrorismo islamista pretende intimidar la cultura occidental y, por tanto, las fuentes de esa cultura que están en Grecia, en Roma y en el cristianismo.
 
Ataque terrorista a LondresEl problema añadido de la respuesta de Occidente al terrorismo islamista radica en la pérdida de los horizontes de esa respuesta por parte de nuestra cultura. Por más que se empeñen algunos, las causas del terrorismo islamista no son sólo ni principalmente económicas, ni acaso políticas, en sentido restrictivo. Son culturales y religiosas, entendidas ésas ultimas como una degradación de la religión. Europa ha perdido su capacidad plena de respuesta al terrorismo islamista, y al islamismo fundamentalista, en la medida en que ha olvidado que el cristianismo es y representa un éxodo cultural, una ruptura con lo propio, lo que nace de la sola experiencia religiosa para encontrase con la más rica realidad. Mientras la experiencia religiosa islamista se encierra en sí misma y se ahoga en las fuentes de su racionalidad llevada hasta las últimas consecuencias, la yihad, la guerra santa como medio para la aniquilación del infiel, el cristianismo se caracteriza por una apertura a la experiencia de lo que nos viene dado. La fe reposa en un encuentro y se acrisola en el acontecimiento del mal en la historia: el pecado. Quizá la respuesta más certera contra el terrorismo islamista sea de la educación en la realidad de la presencia de las causas del mal en la historia. Y éste es, sin duda, un proceso de educación moral.
 
La guerra contra el terrorismo globalizado no es una guerra que durará pocos años. Quizá, y por desgracia, una generación. Es una guerra contra un enemigo que se globaliza como la realidad económica y tecnológica que, en un mundo en el que prima la imagen, se diluye entre la invisibilidad de las redes de comunicación y que, además, funciona horizontalmente a partir de una idea desbocada: el odio nihilista contra Occidente y contra lo cristiano y los cristianos. El cardenal secretario de Estado del Vaticano, Angelo Sodano, ha recordado después de los atentados que “tenemos que terminar con este choque de civilizaciones, tenemos que terminar con este odio e inaugurar una nueva era para nuestra humanidad”. Y añadió: “Lo que más nos preocupa a todos nosotros, los católicos, también en la Santa Sede, es este momento de odio, que se encuentra detrás de esta masacre, de estos crueles delitos”.
 
Paradojas de la historia, nos enfrentamos a los nuevos bárbaros de la postmodernidad. Una barbarie que, además, ha alterado la naturaleza de lo sagrado y que manipula la revelación de Dios y el ser religioso del hombre. La lucha contra el fundamentalismo islámico es la lucha contra la degeneración y la degradación de lo que constituye al hombre, su ser relacional y su capacidad para abrirse a la trascendencia de una palabra, que le viene dada, y que le da sentido. Mientras el terrorista se inmola y con su muerte, y con la muerte que provoca, encuentra un sentido en la nada destructora, Occidente ha proclamado sistemáticamente que el sentido del hombre está en su corazón de hijo y de hermano.
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