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TEATRO Y TRES MONOS

Dos oscuras miradas sobre la familia

Después de años de inactividad como director y de esporádicas y mediocres producciones, Francis Ford Coppola vuelve tras la cámara con una película menor y bastante inclasificable, Tetro. Rodada en blanco y negro y con muy poco presupuesto, el reparto lo encabezan la española Maribel Verdú y Vincent Gallo, seguidos del casi desconocido Alden Ehrenreich.

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El argumento gira en torno a una reunión familiar, cuando Bennie viaja a Buenos Aires para reencontrarse con su hermano Tetro, que se fue de casa años atrás rompiendo con todos sus lazos familiares. El guión va levantando una a una las capas de la cebolla, hasta llegar al núcleo de los inconfesables secretos familiares, con las sucesivas catarsis de turno. A pesar del via crucis redentor que parecen recorrer los personajes, lo cierto es que subyace latente la imagen de la familia como un túnel bastante oscuro y que esconde un sinfín de heridas y complejos. Ciertamente el film no carece de interés, aborda la cuestión de los vínculos y la paternidad con mirada compleja, así como destaca la entrega del amor conyugal. Pero estos planteamientos, presentes en no pocas películas, adquiere en manos de Coppola una extraña apariencia. El tono natural y realista se combina con fallidas representaciones oníricas, el efectismo del blanco y negro se antoja pretencioso en un film de propuesta tan mínima, y la anécdota es dilatada injustificadamente más de dos horas. La dirección de actores es excelente y el trabajo fotográfico y musical impecables. Pero la puesta en escena "arte y ensayo" no es lo que se espera de Coppola, y es inevitable verlo como una incursión en terrenos en los que no se sabe mover con éxito.

Tres monos

El otro film "familiar" es Tres monos. El cineasta turco Nuri Bilge Ceylan vuelve a esa estética tan personal que le entronca con Robert Bresson e incluso con Bergman, y que demostró en Lejano y Los climas, sus anteriores largometrajes. En esta ocasión, Tres monos tiene mucho de melodrama bergmaniano, en palabras de su director, y nos cuenta la historia de una familia que censura demasiadas cosas para intentar mantener una sólo aparente normalidad. Eyup es el chofer de un político que se presenta a las elecciones en Turquía. Su jefe atropella sin querer a un peatón, y le pide a Eyup que se inculpe falsamente a cambio de dinero. Al salir de la cárcel y volver a casa con su hijo y su mujer, sospecha un adulterio entre ella y su corrupto jefe.

Nuri Ceylan se centra en cuatro personajes para desarrollar cuestiones como el perdón, el poder, la religiosidad y el adulterio, todo ello en el ámbito familiar. Y lo hace con sobriedad y una puesta en es escena austera, excepto en un momento en el que el director deja entrar acentos más melodramáticos. La película se concibe con muchos primeros planos, bruscas elipsis y sobre todo silencios. Los personajes no hablan, no analizan, no discuten. Sus gestos, sus acciones y sobre todo sus miradas son el único recurso con el que cuentan para sugerir al espectador lo que está sucediendo. A ello hay que añadir un fotografía desaturada en postproducción que da al film un aire expresionista que refuerza el lado oscuro de la condición humana.

La película no propone una tesis clara, y a pesar de los gestos redentores no se puede hablar de optimismo. Más bien se trata de una exposición existencial en la que el director se interroga sobre las grandezas y miserias de la familia, sus luces y sobre todo sus sombras. Quizá por ello triunfa por tercera vez en el Festival de Cannes, llevándose en esta ocasión la Palma de Oro al mejor director.

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