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AÑO SACERDOTAL

El tesoro más grande para el pueblo

El Año sacerdotal convocado por Benedicto XVI me ha llevado a releer las páginas memorables del Diario de un cura rural, de Georges Bernanos. Ahí está genialmente retratado el misterio de este sacramento esencialmente católico, por el que un hombre limitado y pecador se convierte en "administrador del buen Dios".

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El cura de la novela de Bernanos era asustadizo y de escasas luces, pero la gracia y la compañía de la Iglesia (que viene a ser lo mismo) le transforman en el signo elocuente de una presencia capaz de derrotar al mal en sus diversas formas.

Para volver a presentar al sacerdocio en toda su belleza y amplitud, el Papa teólogo ha realizado una preciosa y sencilla glosa de San Juan María Vianney, el Cura de Ars. Un cura de pueblo en la época post-revolucionaria, desastroso en sus estudios y poco brillante a la hora de hablar en público. Y sin embargo gentes de toda Francia buscaban encontrarse con él para recibir el tesoro que repartía a manos llenas, el amor de Jesús que nos salva. Como dice Benedicto XVI, cuando llegó a una parroquia perdida de 230 habitantes, castigada ya por la descristianización, "él sabía bien que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación". Y a eso se dedicó sin descanso: visitando a las familias y a los enfermos, organizando misiones populares, enseñando el catecismo, pasando largas horas en el confesionario y celebrando la eucaristía con tal devoción que llenaba de estupor a sus feligreses.

En sus diversas intervenciones al comienzo de este año sacerdotal, Benedicto XVI ha dejado claro que considera esta convocatoria como una llamada al corazón mismo de la fe, todo lo contrario de un año dedicado a meros discursos piadosos. El Papa comprende que en este momento de crisis la figura del sacerdote concentra y atrae el odio y la irrisión del mundo que rechaza a Cristo, y que por otra parte sufre, con una trascendencia mayor que otros miembros del pueblo cristiano, el desgaste y la reducción de la fe que opera una cierta mentalidad moderna. Por otra parte, cuando el sacerdote traiciona su misión golpea terriblemente el cuerpo de la Iglesia, generando confusión, alejamiento y rencor. "Nada hace sufrir tanto a la Iglesia como los pecados de sus pastores, sobre todo cuando se convierten en ladones de las ovejas". Los casos están en la mente de todos, y el Papa ha pronunciado palabras estremecedoras al respecto.

Las intervenciones del Papa lo han dejado claro: la misión del sacerdote es indispensable para la Iglesia y para el mundo, y por muchas dificultades que se presenten (escasez de vocaciones, dificultades para transmitir la fe o para comprender el celibato...) no habrá replanteamiento ni recorte de las exigencias que acompañan a este ministerio, porque como decía el Santo cura de Ars, "el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús". Los tiempos ciertamente no son fáciles, aunque ¿cuándo lo fueron? Y si la hostilidad del ambiente, una vana formación o la propia debilidad de carácter hacen al sacerdote morder el polvo, la única respuesta es "reconducir todo eso al corazón de Jesús, aprender de Él el necesario dolor de los pecados, custodiar en el alma el temor de poder dañar a las almas que nos han sido confiadas".

Entre las muchas y preciosas indicaciones que Benedicto XVI ha expuesto, hay tres que merecen especial atención. La primera se refiere a la necesaria unidad de los sacerdotes con todo el pueblo de Dios. El ministerio de los presbíteros está llamado a suscitar la unidad en el amor, a generar un pueblo bien trabado en la multiplicidad de sus dones y carismas, y para eso hace falta que el sacerdote no permanezca aislado sino inmerso en esa unidad, a la que sirve pero que igualmente le alimenta y sostiene. La segunda se refiere a la administración del sacramento de la penitencia, del que un teólogo ansioso de titulares acaba de sentenciar que padece encefalograma plano. Pues bien, Benedicto XVI ha pedido a todos los sacerdotes que no se resignen a ver vacíos los confesionarios, sino que pongan dicho sacramento en el centro de sus preocupaciones pastorales, porque es "el torrente de la divina misericordia", capaz de sanar las heridas más profundas del corazón humano. Una tercera indicación se refiere al estilo de vida que conviene a los sacerdotes: la pobreza que significa dedicación sin reservas, la castidad que preserva una mirada fija en Cristo y apasionada por el bien del pueblo, y la obediencia que sella su servicio a una obra de la que sólo es un pobre instrumento, porque sólo depende del designio de Otro.

Miles de sacerdotes en todo el mundo nos demuestran cada día que pese a todo, esta vida es posible. Más aún, es absolutamente necesaria para que florezca la variedad del pueblo de Dios. Por eso este año sacerdotal es un asunto que nos debería conmover a todos, pues si bien son padres y maestros de nuestra fe, son también hermanos en el duro camino de la vida. Dios quiera que no dejemos solos a nuestros sacerdotes, que no les abandonemos a la irrisión estúpida de los medios, que nuestras comunidades no acepten la reducción que pretende homologar su figura a la de meros gestores humanitarios. Porque como decía el cura de Ars "un buen pastor, un pastor según el corazón de de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina".

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