
Ahora nos llega, con aire de bofetada, una película austriaca casi documental sobre la soledad y falta de sentido en la que viven tantos millones de hombres en Occidente. Se llama Struggle.
Struggle es el primer largometraje de Ruth Mader, una vienesa de treinta años muy marcada por la dura experiencia de las inmigrantes de los países de Europa del este, con las que su padre alternaba con frecuencia. De hecho, actualmente Ruth está preparando Peregrina, un documental de 45 minutos acerca de las trabajadoras inmigrantes. Struggle parte de la historia de Ewa (Aleksandra Justa), una mujer que llega a Austria procedente de Polonia, para recoger fresas como temporera –a 25 céntimos el kilo- e intentar labrarse una existencia mejor para sí y para su hija. El otro protagonista es un vienés, agente inmobiliario, divorciado, que trata de sobrevivir en una vida vacía de sentido. Su hastío vital le conducirá a probar suerte en el sexo de pago más absurdo y alternativo. Ambos personajes, de extractos sociales opuestos, comparten sin embargo una sorda vaciedad, una incomunicación terrible y una soledad radical. Los dos, por ejemplo, tienen una hija pequeña con la que existe una pobre o nula relación comunicativa. Lo más terrible es cuando Ewa, cansada de luchar en trabajos clandestinos, se abandona al dinero fácil del comercio sexual, convirtiéndose en la “pareja” de nuestro triste agente inmobiliario.
Lo interesante de la película es su perspectiva humana. Es como si afirmara, cambiando las palabras iniciales de la obra cumbre de Rousseau: “El hombre nace con deseos de felicidad y doquiera está encadenado”. Es fácil identificarse con unos personajes que gastan toda su energía en conquistar una parcela de contento, de sentido, para sus vidas. Pero es tal su insatisfacción y su soledad que sucumben y se agarran a un clavo ardiendo. Nuestro juicio moral sobre su conducta queda casi suspendido ante un drama humano tan sincero y esencial. El hombre está hecho para el infinito, pero en una sociedad como la nuestra no puede mantener ese ímpetu indefinidamente desde su angustiosa soledad. Y sucumbe. ¿Quién no lo haría? Hemos construido un occidente hostil al sentido religioso, una sociedad que admite “los” deseos a cambio de negar “el” deseo, incombustible ante el “pan y circo”.