El documento recién nacido, bien habría podido ser el texto constitucional de cualquier asociación de Estados soberanos, sin lazos previos y sin denominador común alguno. No se ha querido reconocer lo que a todas luces era patente. El espíritu de la Revolución Francesa, con el mismo aspecto revanchista y aniquilador de la historia, predominaba en las directrices de la Convención. Quizá también este desemboque en un aire imperialista de corte napoleónico destinado, como aquel, al fracaso más vergonzante, pues paralelos han sido los pronunciamientos que le han acompañado.
“No se puede dudar –afirmaba Juan Pablo II– de que la fe cristiana es parte, de manera radical y determinante, de los fundamentos de la cultura europea. En efecto, el cristianismo ha dado forma a Europa, acuñando en ella algunos valores fundamentales. La modernidad europea misma, que ha dado al mundo el ideal democrático y los derechos humanos, toma los propios valores de su herencia cristiana. Más que como lugar geográfico, se la puede considerar como «un concepto predominantemente cultural e histórico, que caracteriza una realidad nacida como Continente gracias también a la fuerza aglutinante del cristianismo, que ha sabido integrar a pueblos y culturas diferentes, y que está íntimamente vinculado a toda la cultura europea».”[1]
Cuando el Papa se pronunciaba en estos términos no se estaba manifestando en términos voluntaristas o deseos pastorales sino que, por el contrario, estaba constatando una terminante realidad. Una realidad que no es cierta porque la haya dicho el Papa, sino que el Papa la ha manifestado porque es cierta. Olvidar esto o negar su evidencia supone un desconocimiento de la historia o, cuanto menos, lo que es peor, la voluntad decidida y firme de ocultar una realidad patrimonial, que no es patrimonio de los artífices del texto, sino que lo es del pueblo europeo en su totalidad.
Sólo un equivocado sentido de lo que es y no es democracia, de lo que implica el respeto a la verdad, la apertura de mente y de corazón, y lo que supone el trabajo en común para el desarrollo de una obra que no es privativa sino parte integrante del bien común de la Unión Europea, es lo que puede autorizar a los que se aprestaron a la tarea a cerrar mentes y oídos a las opiniones, a cerrar los corazones a la necesaria acogida de ideas y sugerencias, y a encerrarse en el bunker de su verdad ante su manifiesta incapacidad para someterla a contrastación.
Así, las palabras del Papa quedaron en el vacío y el texto nace para una sociedad nueva, sin historia, sin cimientos y, por tanto, sin un perfil avalado por los hechos del acontecer que nos sirve de fundamento.
Esa arrogancia que precedió y acompañó al proceso de elaboración del texto constitucional, con desplantes y descalificaciones sólo explicables desde la historia personal de las carencias de sus protagonistas, culminó en el esperpento de la escena de la firma por los mandatarios europeos, dando el visto bueno a la integridad de la Convención para someterlo en su caso al voto de los ciudadanos de los distintos países signatarios.
¿Quién preparó el escenario? Realmente no importa. Más interesante sería saber si la elección fue deliberada para, en otro caso, solicitar el cese inmediato de quien así lo plantease. Se dirá que el lugar rememoraba a aquel que albergó la firma del Tratado de Roma, constitutivo de la Comunidad Económica Europea. La diferencia que les pasó inadvertida a organizadores y firmantes es que, en aquella ocasión, los que estamparon sus firmas no se avergonzaban y además reconocían sus orígenes cristianos.
Ahora, al contrario, han luchado denodadamente para que no haya ningún resquicio por el que quepa conectar la Europa de la Constitución con la tradición cristiana. Pero, siendo esto así, ¿por qué no sustituir las monumentales estatuas de Inocencio X y de Urbano VIII, ambos Papas de la Iglesia Católica del siglo XVII por un busto que represente la imagen del señor Giscard aunque lo fuera en rictus momificado?Por si faltaba algo para completar lo tragicómico del momento, todos felices por la ocasión perdida se fotografían, para esa que suele llamarse fotografía de familia –es una forma de ultrajar a la familia–, a los pies del emperador Constantino. Un emperador romano, convertido al cristianismo, hijo de santa Elena y que quizá sea el responsable de que todo esto haya sido un mal sueño pues, si no hubiera concedido la libertad a los cristianos para su culto y para predicar la verdad del Evangelio, hubiera podido, con razón, el señor Valery Giscard afirmar que, en Europa, no había tradición cristiana.
Seguramente, el Presidente y la comisión de redactores del texto constitucional consideran que una tradición que se inicia en el siglo III no tiene avales suficientes para considerarse tradición.
[1] Juan Pablo II, “Exhortación Apostólica Postsinodal <Ecclesia in Europa>” (Roma, 28.06.2003), núm. 108