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LAICIDAD DEL ESTADO

Lo que algunos socialistas no entienden

El primer plano de la Iglesia en la fotografía del conjunto de protagonistas sociales de esta semana no encaja del todo con la naturaleza de su contribución a la construcción del bien común. Mariano Rajoy ha dicho que “el Gobierno ha elegido como enemigos a la Iglesia, a los católicos, a EE.UU y a los jueces”.

La Iglesia en España se puede estar convirtiendo en la única oposición real y efectiva a las más activas y nerviosas actuaciones del socialismo rampante. Una oposición que, lógicamente, se encuentra en el campo de los principios sobre los que sustentar la política y las políticas. Si por algo están sufriendo los cristianos en este momento, es porque se les cuestionan aquellas realidades que para ellos son básicas, sustanciales, y que contribuyen decisivamente a su forma de vida: la familia, la vida, la educación, las raíces de su historia y de su cultura, su capacidad para generar un futuro mejor para sus hijos, la libertad religiosa y la forma den entender el papel del Estado en relación con sus creencias.
 
Muchos son los católicos que se preguntan hasta qué punto existe en la propuesta política teórica y práctica del Partido Popular una diferencia específica en la antropología que subyace en su programa que lo diferencie del PSOE; una idea clara de una cultura que construya al hombre en su integridad y que facilite las relaciones plenas en la familia y ante la vida. Quizás el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, pueda contestar a esta pregunta. Y si existe –no hay porqué dudarlo- lo que también se preguntan es si está dispuesto el Partido Popular a perder créditos de rentabilidad de lo políticamente correcto y marcar las diferencias frente a una opinión pública enclaustrada en el pensamiento más activamente progresista. El reciente ejemplo de la preponderancia de las cuestiones morales en las elecciones americanas pudiera ser suficiente aviso para navegantes, y ayuda decisiva para acabar con la espada de Damocles de muchos de sus complejos éticos y estéticos de la derecha española.
 
La misión de la Iglesia no es la de articular la real y expresa oposición al proyecto laicista de José Luis Rodríguez Zapatero. La misión de la Iglesia es ser fiel al Evangelio, a la revelación de Dios y, proponer, a tiempo y a destiempo, el mensaje de Jesucristo y sus consecuencias para la vida personal y social. Consecuencias que, indudablemente, chocan con el proyecto laicista del gobierno de Rodríguez Zapatero. Un proyecto que, según repiten los dirigentes socialistas, está avalado por once millones de votos, como si los votos legitimaran por sí mismos cualquier acción ética y moral.
 
Mientras que el Gobierno sonríe en el Olimpo de la política Profiden, el partido socialista le hace el trabajo sucio de la avanzadilla de propuestas sociales. Estos días le ha tocado el turno al hiperactivo diputado Álvaro Cuesta con sus propuestas de Estatuto de laicidad y de un nuevo modelo de financiación de la Iglesia. A algunos socialistas parece molestarles el artículo 16 de la Constitución, lo que dice y porqué lo dice. Querrían abrir un nuevo proceso constituyente en lo referido a las relaciones entre la Iglesia y el Estado. El Estado español es aconfesional, laico en el sentido de profano, autónomo en su esfera de legitimación y de actuación. Una laicidad, “entendida como autonomía de la esfera civil y política respecto a de la esfera religiosa y eclesiástica –nunca de la esfera moral- es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado”, como señala el documento del a Congregación para la Doctrina de la fe de noviembre de 2002. Ya Pío XII hablaba de la sana “laicidad del Estado”.
 
El Estado español, por mandato constitucional, es religiosamente neutro, como el color del agua. Esto no quiere decir que se tenga que desentender de lo religioso. Ni mucho menos. La Constitución consagra el principio de colaboración entre el Estado y la Iglesia. Le corresponde al Estado, por tanto, garantizar los derechos fundamentales y las libertades constitutivas. Una de ellas, termómetro de otras libertades, es la libertad religiosa y de conciencia. La pluralidad de opciones ante lo religioso, se traduce en neutralidad. Una neutralidad no ante la libertad religiosa misma –cuya defensa y promoción tiene que tener en cuenta dentro de los límites del orden público y del bien personal y social– sino ante la determinación que los ciudadanos hagan de lo religioso y de sus formas institucionales y sociales. No es lo mismo no profesar religión alguna, que profesar la no religión. Ésta es la diferencia que algunos socialistas no entienden ni parece que quieran entender.