
El magisterio de San Pablo le ha servido a Benedicto XVI para tejer una monumental homilía que alumbra los desafíos de esta hora convulsa, dentro y fuera de la Iglesia. Para ello ha partido del famoso versículo de la Carta a los Romanos en que el apóstol advierte: "No os ajustéis a este mundo, sino dejaos transformar renovando vuestro modo de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios". Este no-conformismo del apóstol a los esquemas imperantes de cada época es para el Papa un elemento permanente de la vida cristiana. Con Cristo no ha llegado sólo un discurso nuevo sobre la vida, no ha entrado en el mundo una mera ejemplaridad moral, sino que vivir con Él implica una renovación total de la persona, un nuevo modo de pensar, de sentir y de actuar. Pablo lo tiene claro en su nueva experiencia: no es que haya dejado una sinagoga por otra, es que después de conocer y amar a Cristo es ya otro hombre. Este es el centro de la "revolución cristiana", un centro amenazado constantemente por los intentos de reducir la fe a ética, a cultura, a política o a mera piedad. Y Benedicto XVI presenta batalla, sabe y siente que es su misión como sucesor de Pedro.
El mundo siempre está en busca de novedades y esto es lógico, apunta agudamente el Papa, porque su situación es siempre insatisfactoria. Pero una auténtica novedad sólo puede venir de que existan hombres nuevos. Una línea maestra que con seguridad descubriremos de nuevo en las páginas de la esperada encíclica Cáritas in veritate. En la Carta a los Efesios Pablo vincula la renovación del hombre cambiado por Cristo con alcanzar la edad adulta, la madurez humana, contrapuesta a la situación de quienes son como niños sacudidos por las olas y arrastrados por cualquier viento de doctrina. Y aquí el Papa se apresta a una nueva batalla, en este caso contra quienes extienden la idea de que tener una "fe adulta" coincide con no escuchar la voz de la Iglesia y de sus pastores, eligiendo autónomamente qué creer y qué no creer. Benedicto XVI ironiza sobre la supuesta valentía de quienes escogen ese camino, ya que tienen siempre asegurado el aplauso del público. Por el contrario, hoy se necesita verdadero coraje para adherirse a la fe de la Iglesia, incluso cuando ésta desafía los esquemas del mundo contemporáneo. La verdadera fe se opone a los vientos de la moda, porque sabe que no coinciden con el soplo del Espíritu Santo que sólo se expresa en la comunión con Jesucristo, dentro de la Iglesia. Sólo así los cristianos seremos portadores de una novedad digna de ser escuchada por el mundo.
El no-conformismo de San Pablo con la moda se abre a la definición positiva de la fe adulta, que consiste en actuar según la verdad en la caridad. De nuevo un guiño a la inminente encíclica. Si el poder del mal tiene su raíz en la mentira, el poder de la fe es la verdad: la verdad total sobre el mundo y sobre nosotros mismos que se hace plenamente visible cuando reconocemos a Dios en el rostro de Cristo. Para los cristianos verdad y caridad caminan juntas: la caridad es la prueba de la verdad, y la verdad se manifiesta en último término como caridad. Actuando según la verdad en la caridad, los cristianos no se ocupan tan sólo de sí mismos, sino que operan la transformación del mundo, su verdadero progreso. Benedicto XVI arranca de esta idea clarísima en la teología paulina: la vida de Cristo, su muerte y resurrección, ha significado el verdadero gran salto de progreso para la humanidad. Y así, donde aumenta la presencia de Cristo se produce el verdadero progreso del mundo. Palabras esenciales de un Papa lúcido y valiente, un verdadero juicio histórico que no dejará de suscitar escándalo entre los profesionales del progresismo. Sin duda estamos ante otra clave de la nueva encíclica sobre la economía, el desarrollo y la globalización.
El paso final de esta homilía que clausuraba el Año paulino se ha referido a la necesidad de reforzar el hombre interior, el corazón de nuestra humanidad. En nuestro tiempo sucede a menudo que los hombres experimentan un gran vacío y debilidad interior, y por eso se confían a falsas promesas y narcóticos que después aumentan su desesperanza y frustración. Sólo el encuentro con el Dios que nos ha hablado en Jesucristo y que se hace compañero de camino a través de la comunidad de todos los creyentes puede despertar el corazón del hombre y hacerle consciente de su dignidad inmensa, del horizonte de su tarea. Sólo esta compañía del Dios viviente ensancha nuestra razón y sostiene nuestra libertad en la lucha por el bien de todos. El Papa se ha situado en el corazón de la fe, para alumbrar la encrucijada de esta hora. Quiera Dios que dejando distracciones y proyectos estériles sepamos entenderlo y seguirlo.