
Según este cineasta no hay más que abrir el periódico para comprender que vivimos tiempos apocalípticos. Lo que el no entiende es que nadie se dé cuenta. Quizá por ello el argumento del film se desarrolla durante una guerra, en la que el tirano va a hacerse con el poder, un poder absoluto marcado por el totalitarismo y la intolerancia. La trama transcurre en tierra de nadie, en mitad de una meseta donde ya han sido expulsados todos sus habitantes. Sólo queda un pueblecito con cinco personas: Salatiel, un “leal” al Poder; su esposa Raquel; Mateo, el enterrador; Moisés, un antiguo alfarero enfermo y su hija, María, la más joven del lugar. En ese prosaico escenario hace su aparición Pablo, un desertor que busca escondite. Su presencia exigirá posicionamientos nuevos en todos los habitantes del pueblo.
La piel de la tierra no es un film naturalista o realista, sino que es como una parábola, principalmente metafórico, y por ello pide del espectador una actitud inteligentemente activa y reflexiva, así como unos mínimos presupuestos culturales. Por ejemplo, saber qué es El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel “El Viejo”, conocer los nombres bíblicos, versos de los Salmos o frases del Evangelio son cosas necesarias para no naufragar en la comprensión de esta película.
La película reflexiona sobre la fe, o mejor dicho gira en torno al problema “moderno” de la fe. Cada personaje “busca el cielo a su manera”, como afirma uno de ellos. Mateo es un hombre orante, que trata de mantener viva su fe, y al que le llama poderosamente la atención el misterio de la Encarnación. Raquel es una mujer herida, marcada por un aborto, y que tiene una relación algo visionaria -¿supersticiosa?- con el Misterio de Dios. Pablo es un escéptico que hace un recorrido personal desde la virtud de la caridad. Y María es una discreta colaboradora, vehículo de la vida y el amor en una circunstancia de muerte y odio.
La película está llena de referentes cristianos, aunque no se pueda decir que el film sea cristiano en su sentido último. Por ejemplo, Pablo da su vida por el pueblo mientras afirma: “No me quitan la vida, la doy yo”. Y está siempre ejerciendo obras de caridad (lava las manos de María, baña a Mateo, cuida en su lecho de muerte a Moisés, cumple los deseos de Raquel, ayuda a Salatiel,...) mientras oímos en off “estuve desnudo y me vestistéis, etc...”. De hecho Pablo es como la metáfora de un Cristo sin fe, solidario pero inmanentista, como San Manuel Bueno. María recuerda al papel corredentor de la Virgen, esperanza y templo de la vida. Y Salatiel es como un ángel caído. Como ángel es mensajero, pero como demonio, es vehículo del mal.
Las referencias no son sólo bíblicas, sino que también hay muchas cinematográficas y literarias. El planteamiento existencialista del film está mucho más cerca de un Bergman que de un Tarkovski, como dijeron algunos en el Festival de Moscu al ver el film. Tarkovski habla de la fe con una experiencia nítida, inquebrantable. Bergman habla de la fe como problema, como conflicto, con muchas dosis de incerteza. De hecho, La piel de la tierra no habla realmente de Dios, sino de distintas posiciones humanas respecto a Dios. Y ninguna de estas posiciones es definitiva. Es siempre problemática. Mateo afirma, en una frase de sabor nietzscheano: “La vida nos lleva al fracaso. Mira al que está en la cruz”. Por eso el film es más bergmaniano que tarkovskiano. En este sentido es un film religioso, pero no cristiano, y no muy esperanzador.