
Lo que seguro no sabe Montilla, cuando dice de la COPE que es la “caverna mediática” “refugio de la derecha nacionalcatólica”, en una forma de expresarse y de argumentar que recuerda al más puro Chavez venezolano contra el cardenal Castillo Lara, es que si algo está en la naturaleza de la COPE es la de ser signo de contradicción.
La Iglesia católica en España no sólo ha educado a los ciudadanos en la libertad, sino que se ha convertido en paraguas de la libertad. Tiempo atrás, cuando Antonio Herrero se lanzaba a micrófono abierto contra el régimen de corrupción del gobierno de González, y Encarna Sánchez hacía lo parecido en su franja horaria, los otrora obispos responsables de medios de la Conferencia Episcopal ya se batían con el poder político en la defensa de su cadena de radio. La COPE no es de la Iglesia por casualidad, ni puede dejar de serlo. La COPE es de la Iglesia por convicción. El convencimiento de que una de las mayores contribuciones que los católicos podemos hacer a la sociedad es la de proponer una concepción de la existencia humana iluminada por un Evangelio en el que lo mismo se lee que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, como aquello de “raza de víboras y sepulcros blanqueados”.
En el caso de la COPE, hoy por hoy, podemos correr el riesgo de estar colando un mosquito mientras nos estamos tragando un camello. Nadie se cree que al señor Pérez Rubalcaba le haya entrado un fervor religioso repentino a cuenta de los “valores evangélicos” de la COPE; ni al señor Miquel Iceta se le ha aparecido san Pablo y le ha susurrado una cruzada en pos del ideario de la COPE; ni al señor Durán i Lleida le han soplado algunos puntos del catecismo políticamente correcto y ha leído el último libro sobre la víctima expiatoria del pensador francés René Girard. Nada de eso. Lo que nos estamos jugando en este momento de España es la democracia, la libertad y el futuro de nuestro país, de todos y de cada uno de nosotros. La primera exigencia de la caridad es llamar a las cosas por su nombre; ya lo decía santa Teresa de Jesús: libertad es andar en verdad.
El caso de la cadena COPE, sometida a la más brutal agresión contra las libertades que probablemente haya sufrido un medio de comunicación desde la transición política –con un Consejo Audiovisual en Cataluña en pleno juicio inquisitorial, y eso sí que es inquisición–, no es el caso de tal o cual programa, de tal o cual director de programa. Ni mucho menos. El caso de la COPE es el de una cadena que representa un modelo de presencia en los medios de comunicación de la Iglesia que, por su misma naturaleza, ha optado por mostrar día a día que la fe afecta a todos los ámbitos de la vida, que la fe impregna todas las realidades y que nada hay de lo que pase que se sustraiga a la vida cristiana.
Conviene que a estas alturas de la historia de la relación de la Iglesia con los medios de comunicación no olvidemos qué pasó con el Ya y con la cadena EDICA. Conviene que tengamos presente el “complejo EDICA” que resucita cada vez que se plantea el más mínimo problema con el mayor medio de comunicación de la Iglesia en España. El servicio que presta la COPE a la Iglesia y a la sociedad es uno de los mayores avales de su presencia pública.
Como en toda obra humana, hay deficiencias. Las formas son importantes, por supuesto. Y los límites, también. Los límites no son sólo los legales –la frontera de la ley–. Hay límites éticos y morales que se deben abordar con la inteligencia aplicada a la naturaleza del medio y a las exigencias de la actualidad que, sin duda, es un criterio válido para el día a día de la inmediatez y de la pulsión de la información.
La COPE no es sólo un lugar político, social, cultural, es un lugar teológico, con perdón a los puristas de la teología fundamental por esta comparación. ¿O acaso no se decía que los signos de los tiempos eran un lugar teológico? Es el lugar en el que muchas personas, creyentes o no, se preguntan por qué la Iglesia tiene una radio, un medio de comunicación. Si fuera una emisora especializada en el culto, en la doctrina o en la oración, no daría problemas. Pero ya no sería la COPE. La COPE es libre porque, según dice el Evangelio, sólo la verdad nos hace libres.