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ANTICLERICALISMO EN EL PAÍS

Habló Cebrián, punto redondo

Zapatero ha ganado las elecciones acompasando su sonrisa eterna con una pancarta que decía "Ha ganado el PSOE, han perdido los obispos", bien pegadito a Zerolo, experto en política orgásmica, y con una sintonía cacareada ante la sede de Ferraz al son de "Sólo nos queda Rouco".

Zapatero ha ganado las elecciones acompasando su sonrisa eterna con una pancarta que decía "Ha ganado el PSOE, han perdido los obispos", bien pegadito a Zerolo, experto en política orgásmica, y con una sintonía cacareada ante la sede de Ferraz al son de "Sólo nos queda Rouco".
Juan Luis Cebrián

El día de las elecciones generales los españoles desayunamos con la publicación, en el diario oficioso El País, de un extenso texto del siempre presente oráculo, Juan Luis Cebrián, académico y fabulador, con el que nos ponía los deberes para la próxima legislatura. Habló el señor Cebrián, punto redondo. Varias eran las asignaturas pendientes: reforma constitucional en ristre acompasada de un nueva "estética de la laicidad". Pero lo más interesante eran sus elucubraciones sobre "las nuevas corrientes doctrinales de la Iglesia romana" que, según nuestro académico, tienen en común que están formadas por "gentes de principios, enamorados de su concepción de la verdad y dispuestos a imponerla a los demás, en su propio bien".

Que yo sepa las nuevas corrientes doctrinales en la Iglesia tienen, como poco, más de treinta años y nacieron antes, durante y en el inmediato después del Concilio Vaticano II. Si se refiere a los nuevos movimientos y realidades eclesiales, ninguno es tan reciente que vista pantalones cortos. Da la impresión de que el simplismo a la hora de traspasar el modelo neocon a lo que él denomina, sin nombrarlo, modelo teocon es tan absurdo como la manipulación argumental que utiliza.

Si el problema es tener convicciones más allá de convenciones, el hombre tiene un problema desde que nace. Si el problema es creer en la verdad, sea su verdad o la verdad, y estar enamorados de la verdad, que es algo así como vivir en la realidad y no en un mundo de fantasía, pues más vale que no haga ningún proyecto para el futuro dado que los datos que utilice, o son verdad, o se estará engañando y no merece la pena perder tiempo. Y, por último, convendría que repasara las veces que Juan Pablo II y Benedicto XVI han repetido aquello de que la verdad no se impone, se propone. ¿Por qué entonces construir un otro con la mentira de lo que es y de lo que representa?

PlatónLa historia no concluye ahí. Necesita Cebrián a Hegel y a Platón para concluir afirmando que el artículo 16 de la Constitución española es fruto de "presiones formidables de los obispos que exigían una mención al catolicismo", con lo que "la sombra del nacionalcatolicismo se cierne así sobre la proclama constitucional". No sabemos si es peor la manipulación de la historia o la ceguera intelectual. Dale con la obsesión de la izquierda con el nacionalcatolicismo. Lo que la Constitución reconoce, confirma, ratifica, es la realidad del pueblo y de la sociedad española que, en los años setenta, y ahora, también ahora, es mayoritariamente católica. Si es algo, es católica. Puede recurrir al libro Moral Política editado por EDICE y buscar, con muy escaso éxito, una sola declaración de presión de los obispos de aquella época.

Pero lo fundamental de su diatriba radica en la acusación de idealistas y de discípulos de Platón a los por él denominados neocons teológicos. Quiero esto decir que cualquiera que proponga la más mínima iniciativa de plantar cara al Estado abrasador y de recordar que existen unos principios anteriores que permiten un correcto ejercicio de la democracia y una configuración adecuada del Estado, y de sus relaciones con la persona y la sociedad, son tachados de fundamentalistas.

Habría que recordar al académico señor Cebrián que el debate sobre los fundamentos prepolíticos y morales del Estado es un debate que nace a partir de la Segunda Guerra Mundial, que tiene un momento clave en el entorno de la elaboración de la Declaración de los Derechos Humanos y que ha vuelto a adquirir un protagonismo singular en el diálogo Habermas-Ratzinger. Es Habermas, entre otros autores, quien pone sobre la mesa esta cuestión, y la plantea de una forma bastante diferente a la que utiliza nuestro autor para deslegitimar la posibilidad de la propuesta cristiana. Así de claro.