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BENEDICTO XVI ENTRA EN EL DEBATE

Justicia y gratitud para Pío XII

Nadie podrá decir que Benedicto XVI es aficionado a escoger el camino fácil. Por el contrario, cuando piensa que debe entrar a fondo en un asunto, no se detiene en cálculos tácticos y está dispuesto a afrontar el desgaste que ello conlleve. Acabamos de verlo en su modo de tratar el cincuentenario de la muerte de su predecesor, Pío XII.

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Benedicto XVI quiere un debate sereno y abierto sobre la poliédrica figura del Papa Pacelli, y está dispuesto a romper con la política del silencio embarazoso o la mirada para otra parte.

En la homilía de la misa del cincuentenario, ha querido recordar en primer término la época en la que Pacelli fue secretario de Estado de Pío XI, una época marcada por los totalitarismos fascista, nazi y comunista. Por el puesto que ocupaba y su conocimiento de las relaciones internacionales, Pacelli fue el muñidor de la actividad doctrinal de la Santa Sede en torno a esas dramáticas amenazas, a las que dieron respuesta respectivamente las encíclicas Non abbiamo bisogno, Mit Brenender Sorge y Divini Redemptoris. Son tres piezas del magisterio pontificio que no dejan lugar a dudas sobre la claridad de criterio de la Santa Sede ante el huracán totalitario que se cernía sobre Europa, bastante antes de que la mayor parte de las cancillerías occidentales hubiesen desarrollado un diagnóstico claro al respecto. Y el futuro Pío XII estuvo en el puente de mando durante esa etapa.

Después, ya en la silla de Pedro, llegaron los años terribles de la Segunda Guerra Mundial y de la horrenda persecución contra los judíos desatada por el régimen nazi. Se han derramado ríos de tinta sobre la actitud que mantuvo Pío XII, pero conviene aclarar que no siempre fue así. Por el contrario, en los años posteriores a la guerra existió un consenso casi universal sobre la obra de salvación y protección de los judíos llevada a cabo por impulso del Papa Pacelli y buena muestra de ello son las múltiples expresiones de gratitud llegadas desde el mundo judío, como la recordada por Benedicto XVI en boca de la ministra de Exteriores de israelí Golda Meir: "Cuando el martirio más espantoso ha golpeado a nuestro pueblo, durante los años del terror nazi, la voz del Pontífice se ha levantado a favor de las víctimas". Resulta difícil pensar que la señora Meir estuviese mal informada, como tampoco podía estarlo el rabino de Jerusalén, Isaac Herzog, que en 1944 afirmaba que "el pueblo de Israel no olvidará jamás lo que Pío XII y sus colaboradores están haciendo por nuestros desventurados hermanos en la hora más trágica de nuestra historia".

Entonces, ¿de dónde nace una confusión que ha hecho fortuna en amplios sectores y que ha llegado a la locura de acusar a Pío XII de complicidad con el nazismo o cuando menos de tibieza? Muchos investigadores señalan el estreno en Berlín de la obra El Vicario de Rolf Hochhuth, en 1963, como el inicio de una leyenda negra que no ha hecho sino agrandarse. En realidad esta obra teatral no aportaba nueva documentación, tan sólo presentaba una lectura ideológica de Pío XII que le hacía culpable de haber guardado silencio por cobardía e interés y también por un filogermanismo que le habría conducido a la complacencia. La historia de cómo esta reconstrucción histórica ha conquistado a amplios sectores sociales necesitaría una investigación específica, pero se pueden señalar algunos elementos: en primer lugar, la furia de una izquierda marxista que veía en Pío XII a un bastión del anticomunismo; en segundo, un nuevo debate sobre si las obras a favor de los judíos no deberían haber estado acompañadas de pronunciamientos públicos más fuertes; y en tercer lugar, la publicística anticatólica encontró aquí una fuente inagotable, con el precioso concurso de sectores eclesiales empeñados en mostrar una ruptura entre el pontificado de Pío XII y el de Juan XXIII.

Es cierto que Pío XII debió decidir, en medio de la tormenta, cómo administrar sus recursos y posibilidades. La Iglesia ya se había pronunciado claramente sobre la idolatría nazi y por otra parte sus sacerdotes estaban sufriendo una dura persecución en Alemania, Polonia y otras regiones de Europa. La experiencia parecía mostrar que los pronunciamientos duros y explícitos, como el del episcopado holandés, sólo servían para recrudecer la saña de la persecución, tanto de judíos como de católicos, y no faltaron episcopados europeos que rogaron al Papa que evitase esa posibilidad. Se comprende la encrucijada moral del pontífice, que difícilmente puede juzgarse con categorías de despacho. En todo caso, en el radiomensaje de la Navidad de 1942, Pío XII se refirió a la persecución sufrida por miles de inocentes a causa simplemente de su nacionalidad o de su raza, en evidente referencia a los judíos. No obstante, como ha recordado ahora Benedicto XVI, el Papa Pacelli prefirió actuar "a menudo de manera secreta y silenciosa, precisamente porque, consciente de las situaciones concretas de ese complejo momento histórico, intuía que sólo de ese modo podía evitarse lo peor y salvar al mayor número posible de judíos". A esa tarea dedicó todas sus energías, movilizando la extensa red de las nunciaturas, las parroquias y las órdenes religiosas. Sólo así se explica el unánime reconocimiento del mundo judío en los años posteriores a la guerra, cuando no se había abierto un debate contaminado en su raíz.

Benedicto XVI ha querido también disolver el tópico de Pío XII como Papa rígido, hierático e incapaz de juzgar adecuadamente el rumbo de la historia. Por el contrario, ha subrayado su amor al pueblo, su valentía frente a las amenazas totalitarias (que no faltaron) y la apertura de su pensamiento. De hecho, lo ha presentado como precursor del Concilio Vaticano II en temas como la eclesiología, la liturgia, las ciencias bíblicas, el impulso a las misiones y la promoción del laicado. Con su valiente homilía del pasado jueves, Benedicto XVI ha arrojado luz sobre una figura que ha pretendido enfangar gente con mala conciencia y oscuros intereses, a veces en medio de un silencio inexplicable por parte del mundo católico.
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