Menú
VIVIR EN UNA BURBUJA

Happy: un cuento sobre la felicidad

El famoso director británico Mike Leigh –responsable de títulos notables como Secretos y mentiras (1996), Todo o nada (2002) o de la apología del aborto de El secreto de Vera Drake (2004)– nos ofrece su personal retrato de la felicidad en Happy: un cuento sobre la felicidad, una película que se centra en la historia de una profesora de primaria londinense llamada Poppy.

Juan Orellana
0

Ella es divertida, abierta y generosa. Vive cordialmente con su amiga Zoe y en su vida no hay grandes problemas. Pero algo se tuerce cuando comienza a recibir clases de conducir de manos de Scott, un profesor amargado y desequilibrado.

La actriz Sally Hawkins interpreta de forma desbordante a Poppy, una especie de Amelie sin poesía, irritantemente superficial, algo simple –incluso tontita– y bastante inconsistente como adulta. Aunque es una mujer de buen corazón y que puede despertar ternura y simpatía en muchos espectadores, la felicidad que supuestamente encarna no es otra cosa que la risita fútil y frugal de quien vive de espaldas al drama de la vida. La película se resume en una de las primeras frases que pronuncia la protagonista cuando coge un libro que se llama Camino a la realidad. Ella afirma: "No gracias, allí no quiero ir". Por tanto, la supuesta positividad de Poppy no es más que un mecanismo de defensa, un intento espontáneo de superar la frustración y de esquivar el miedo, el intento heroico de sonreír a la adversidad para no sucumbir en ella.

Mike Leigh nos propone en esta película, de ritmo fresco y de trepidantes diálogos, un resignado ideal de mínimos, coherente con una visión postmoderna y nihilista de la vida. Derrumbados los grandes referentes de sentido, ante el inextricable anhelo humano de felicidad, sólo queda la amable y epidérmica complicidad de los compañeros de borrachera y los divertimentos de un sexo lúdico y esporádico. Ni grandes preguntas ni grandes respuestas. Hasta que la vida golpee con toda su fuerza. Pero hasta entonces... se puede ir tirando. El director afirma que pretende hablar de cómo vivimos y amamos en el mundo de hoy, de cómo afrontamos la alegría y el dolor de vivir. Y en ese sentido es bastante honesto porque describe esa eterna adolescencia que hoy se propone como ideal para los adultos. Leigh también habla de una dimensión sociopolítica del film y en esa línea es interesante reflexionar sobre el trabajo de maestra y educadora de Poppy. Ella quiere a sus alumnos, sin duda, y se implica mucho en el aula. Pero qué ven los niños en ella además de una entrañable compañera de juego. ¿Por qué vive Poppy? ¿Qué certezas comunica a sus alumnos? Ahí tenemos magistralmente descrita la hecatombe de la educación contemporánea. En el film se nos cuenta lo que ocurre cuando Poppy detecta en la clase a un niño con problemas y, desde mi punto de vista, el resultado de sus medidas es completamente insatisfactorio.

En fin, una película menor, que pretende proponer un punto de frescura y positividad, pero que deja un sabor agridulce: el sabor de una felicidad tan fugaz como ilusoria, la amargura de un voluntarismo con fecha de caducidad.
0
comentarios

Servicios