
Durante no poco tiempo los responsables políticos han lanzando gases letales a la sociedad bajo el paraguas de las políticas sociales, causantes no del fortalecimiento de lo social sino de la principal y más agudizada crisis: la ética, la moral. Quien más quien menos se ha creído que las denominadas políticas sociales eran la panacea de la felicidad, del bienestar, de la calidad de vida, del progreso personal. Un viernes negro ha servido, por ejemplo, para que nos olvidemos de la comisión parlamentaria del aborto, del inconcebible apoyo al agonizante régimen cubano o del asesinato en Venezuela de dos jóvenes católicos del movimiento estudiantil opositor al régimen, y demás tropelías; es decir, para que nos entreguemos todos al primum vivere, deinde philosophari.
No hay más que preguntar en las Cáritas de las parroquias, o acercarse a ayudar un rato a los cientos de comedores de necesitados, para descubrir cuál es la altura y la anchura de la recesión y de la degradación social que genera toda hecatombe económica. Por más que se empeñen los teóricos en dilucidar si estamos en un cambio de paradigma, en un tiempo eje o a las puertas de un nuevo sistema económico, la esperanza cristiana, que no es precisamente el optimismo embaucador, no radica en el éxito de las fórmulas económicas, aunque no las rechace. La esperanza cristiana tiene de esperanza lo que de realidad, ya que se encuentra en la práctica de un ejercicio tan necesario como conveniente: la sinceridad combinada con la solidaridad.
Los análisis sobre la naturaleza, las causas, las consecuencias y las previsiones de la crisis proliferan por doquier. Da la impresión de que a los especialistas en Doctrina Social de la Iglesia este movimiento telúrico les ha pillado un poco desprevenidos. La verdad es que no proliferan los discernimientos y los análisis sobre ese cruce de caminos de una crisis moral galopante con la crisis económica. El silencio de los moralistas es elocuente. ¿O es que acaso ya nadie en la Iglesia, dentro del pensamiento cristiano, en las Facultades de Economía de las Universidades católicas, se atreve a ofrecer un poco de luz? Preocupante sería que la ausencia de estas intervenciones se debiera a una desorientación general; más preocupante, quizá, el oportunismo o la práctica de resucitar viejos fantasmas de la ideología marxista empastada con el Evangelio. Si hay que entonar algún mea culpa, que se entone. Pero lo que parece extraño es que sean los cristianos entregados a las nuevas formas de socialismo real, al craso intervencionismo del Estado, quienes se dediquen a pontificar sobre las causas de la crisis económica y a pedir responsabilidades a diestra, más que a siniestra. Tampoco debemos exonerar a quienes se hayan entregado al relativismo ético del libre mercado. Por sus obras les conoceréis.