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LA FE EN LA IGLESIA

Los sacramentos de los cimarrones

El obispo de Segovia, Ángel Rubio Castro, recientemente ha publicado una Carta pastoral titulada Orientaciones catequéticas y pastorales para la preparación y celebración de los sacramentos en la Diócesis de Segovia. Distintos medios de comunicación se han hecho eco de lo que en la misma se decía sobre los novios no creyentes o cuya vida muestra síntomas de una fe contradictoria. Pero en ella hay más, mucho más.

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Aunque también tímidamente (igual que con el matrimonio) el documento habla de los demás sacramentos y de la posibilidad de negar algunos en determinadas condiciones, incluidos bautizos y primeras comuniones. Son los párrocos los que han de examinar cada caso sin tener "ni una actitud rigorista, ni tampoco una benevolencia rutinaria". Para ayudar a este discernimiento y facilitar el no caer en ninguno de los dos extremos, no son muchos los criterios que da el prelado, en algunos casos se antojan algo vagos; pero, en cualquier caso, apunta en buena dirección. Aunque la imprecisión acaso invite a muchos a caer en la benevolencia y no seguramente rutinaria, sino, en los pueblos sobre todo, defensiva.

Esto no tiene que ver con los apóstatas. Pese a lo que digan bastantes medios de comunicación, ésta no es una cuestión archivística. La apostasía, con independencia de que figure o no en algún papel, es renegar de un determinado credo para adherir otro, bien sea con Dios o sin Él (porque, tanto para lo uno como para lo otro, hay que creer). Y el apóstata, porque ha tomado explícitamente una opción, no suele pedir sacramentos. El problema son los incontables católicos cimarrones, es decir, los que estando bautizados en la Iglesia Católica, "no son creyentes o manifiestan una fe llena de contradicciones". Vamos, que ni han dejado de ser católicos ni hacen por serlo. Y, como el hombre es un ser religioso, a falta de otra posibilidad, pues piden ritos a quien tienen más a mano, aunque las motivaciones pueden ser más espurias.

Esto siempre se ha dado, pero ahora el fenómeno es omnipresente. La cuestión es si la Iglesia en España se va a conformar con hacer el papel de religión subsidiaria o de empresa de servicios religiosos. Decía Benedicto XVI en la inauguración del sínodo de obispos: "Si miramos la Historia, estamos obligados a ver con bastante frecuencia el alejamiento y la rebelión de cristianos incoherentes. Frente a ello, Dios, aún si nunca falta a su promesa de salvación, ha recurrido a menudo al castigo". Pero los incoherentes no son solamente los cimarrones, sino también aquellos que con una benevolencia rutinaria o de cualquier otra manera frivolizan los sacramentos; lo cual no es monopolio ni de los obispos ni de los curas, pues los demás podrían ayudarles a decir que no, aunque solamente fuera recordándoselo.

¿Y el castigo? Como se suele decir, en el pecado va la penitencia; en este caso, la infecundidad. Los hombres se conocen en lo que hacen y dicen en su vida toda. Otro tanto puede decirse de los grupos humanos y, a esto, no hace excepción la Iglesia. Quien no se toma en serio a sí mismo difícilmente puede esperar que lo hagan los demás; quien no respeta lo propio, no puede esperarlo de los demás. Los documentos que se escriban pueden ser magníficos en su redacción y de una ortodoxia impecable, pero si la vida de la Iglesia, en un determinado lugar, no encarna lo que cree es improbable que allí sea perceptible y creíble para los de fuera. Incluso una cierta incomodidad se nota en los de dentro. ¿Por qué hay tantos nuevos movimientos? La riqueza que ello supone lleva consigo, entre otras cosas, una llamada de atención. Si los que quieren vivir en profundidad la fe encontraran espacio adecuado a su deseo en las parroquias, seguramente no buscarían en otro sitio.

La impresión de Unamuno, quien se confesaba cristiano aunque no católico, era la de alguien que veía las cosas desde fuera: "No hay nada más triste que una liturgia de una fe muerta. Ni época más triste que aquella en que se prodiga y menudea semejantes ceremonias, que siempre cobran un carácter fúnebre. Porque hasta un bautizo puede convertirse en ceremonia fúnebre". Y eso que entonces la mayoría de los que no tenían fe tenían religiosidad. Creo que la cultura dominante, lejos de ser un obstáculo, es un marco que resalta lo bueno y lo malo, lo auténtico y lo incoherente, de la Iglesia. ¿Sabremos aprovecharnos de ella?
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