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EVANGELIZACIÓN

La pretensión cristiana

A más de uno se le hace cuesta arriba entender a la Iglesia en estos momentos de nuestra compleja y no siempre clarificada historia. Y no es sólo, como se suele afirmar por ahí, un problema de razón explicativa, de comunicación, con todo lo que esto conlleva. Arranca esta deficiencia de la dificultad que tenemos en nuestro tiempo de aceptar que el nivel de las motivaciones que conforman el presente social, la realidad perceptible por los medios de comunicación, trasciende el juego de las estrategias políticas y los intereses coyunturales.

El cardenal Ratzinger ha insistido recientemente –refiriéndose a lo que Adenauer, Schuman, de Gasperi y otros hicieron por la construcción de Europa– en que “sabían bien que la política no es mero pragmatismo, sino un empeño moral: el objetivo de la política es la justicia y, junto a ella, la paz. El orden político y el poder extraen sus criterios fundamentales del Derecho”. Esta cita me ha recordado el sentido de los encuentros que el arzobispo de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela, tiene con políticos católicos, desde que se celebrara los días 4 y 5 de noviembre de 2000 el jubileo de los Gobernantes y políticos en Roma. Unos encuentros que, hasta el recientemente acaecido, se han recogido en un libro, publicado por la editorial San Pablo y titulado “Los católicos y la política. Encuentros del cardenal Rouco Varela con políticos católicos”.
 
Ante la generalizada atrofia que padecen los aventureros de las causas y los servidores de las profundidades de la verdad, es hora de reconocer la noble vocación del político, tantas veces desprestigiada por el manoseo de los titulares de prensa y por los contubernios edulcorados. Una vocación que, para un cristiano, arranca de la aceptación de la revelación de Dios en la historia, en la persona de Jesucristo, que nos ha hecho no sólo miembros de una única familia, sino hermanos por hijos de un mismo Padre. El teólogo Jean Daniélou, afirmaba, en su libro Oración y política. Grandes ensayos de hoy (1965): “El desafío que le hacemos a las ciudades de hoy cuando les decimos que es vital para ellas que se mantengan en las condiciones de la oración, constituye también un desafío que las ciudades pueden hacerle a las Iglesias. Dicho de otro modo: las Iglesias justifican su existencia cuando cumplen sus funciones. Si la función de las Iglesias es hacer posible la oración, la existencia de las Iglesias sólo se justifica cuando efectivamente están haciendo posible la oración”.
 
El principal empeño hoy de la Iglesia es un empeño que arranca de su naturaleza y se concreta en su misión. Es el empeño de la Evangelización que trasciende la coyuntura de las respuestas inmediatas a las preguntas e inquietudes de los hombres con la propuesta de una razón de ultimidad, de permanencia, que siempre conlleva un juicio moral de la realidad en la medida en que la fe es para la vida. La Iglesia no recela de la modernidad, ni de lo que se denomina posmodernidad, más que en lo que estos fenómenos tienen de ocultamiento de las condiciones que permitan al hombre ser hombre, a todo el hombre y a todos los hombres. Éste es el principio que, indudablemente, se puede aplicar a muchos ismos, como el nacionalismo. A partir de un tipo dominante de ilustración, la cultura occidental se alejó a marchas forzadas de sus fundamentos cristianos, como lo demuestra la disolución del matrimonio y de la familia, los progresivos ataques a la vida humana y a su dignidad, la reducción de la fe a una realidad subjetiva y contingente, o la fragmentación y relativización del ethos público.
 
La pretensión cristiana radica no en añoranzas pretéritas sino en garantizar las condiciones de posibilidad de una crítica moral –desde la vida y para la vida- a los sistemas culturales y sociales, por tanto políticos, más allá de los manejos de rol de los actores de la escena mediática.
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