
Ha pasado mucho más de medio siglo desde que se formuló esa sentencia y podemos afirmar que la vejez también ha tocado a su fin y que ya empieza a oler a muerto. Y la prueba es la cantidad de pueblos y culturas que arriban a nuestras orillas a beneficiarse de la herencia que deja el finado y a ocupar su lugar en la historia. El cine es un interesante observatorio.
Desde hace muchos años, el cine que más nos conmueve por su visión de la vida es el que los ingenuos llaman “periférico”. Reconocemos en películas chinas, coreanas o iraníes los valores sociales y las propuestas antropológicas que hace más de cincuenta años nos brindaban De Sica, Bresson o Capra. Todos los meses tenemos buenos ejemplos. Esta semana, por ejemplo, se estrena El ocaso del Samurai, que viene de un país que sólo es occidental en lo económico, Japón. La película es profunda y deliciosa pero, ¿cuál es en ella el síntoma de nuestra defunción? Que viéndola añoras una vida y una cultura como esa. Cuando uno ve El camino a casa, del chino Zhan Yimou, Together de Chen Kaige o Deseando amar de Won Kar-Wai, experimenta un atractivo por las tradiciones culturales y la delicada humanidad que se desprenden de ellas. Esa es la cuestión: percibimos una pureza y un fragor que en Occidente se han tornado pútrida autocomplacencia.
En el cine más comercial y de consumo, como es el género de terror adolescente, también arrasa el cine oriental, porque no se basa en tecnologías de efectos especiales, sino en una visión del mundo, inmanentista y a la vez mística, precristiana si se quiere,... pero visión del mundo al cabo. Valgan como ejemplo La maldición (Takashi Shimizu, 2002), Llamada perdida (T. Miike, 2003) o Dos Hermanas (Ji-Woom Kim, 2003).
Del ámbito musulmán nos llegan cada vez más propuestas capaces de superar nuestros justificados prejuicios. El color del paraíso, del iraní Majid Majidi, es una impresionante historia que se mueve a la altura de los grandes dramas positivos del neorrealismo italiano. Podríamos añadir numerosas obras inmortales recientes de Mohsen Makhmalbaf, Abbas Kiarostami o Jafar Panahi, cineastas que se llevan los premios de los festivales a los que van. Pensemos en la aguda reflexión sobre la guerra de Irak que ha propuesto el kurdo Bahman Ghobadi en Las tortugas también vuelan o el monumento de humanidad que es Zamán, el hombre de los juncos del también iraquí Amer Alwan.Lo mismo podríamos decir del cine hindú o del africano. Nosotros mientras rebañamos con fruición nuestro ombligo. En España celebramos el año de la “Liberación” zapateril con truños como Tapas, ganadora del Festival de Málaga, exitosa de taquilla, y que pone en escena todas las banderas “morales” del régimen populista de Zapatero. En Francia siguen encantados de haberse conocido, y disfrutan con un cine diletante, sofisticadamente amoral y refinadamente vacío; del norte nos llega, como siempre, un cine más existencial, de apariencia sesuda, nietzscheana, pero que un análisis más detenido nos revela como un mero lamerse las heridas, un onanismo filosófico. Y en América conviven los engolados voceros de la libertad incontaminada de Hollywood, con los ingenuos liberales que juegan a marxistas de laboratorio a lo Oliver Stone o Michael Moore. En medio hay un cine independiente -liberal de izquierdas- que es quizá el que trata con más preocupación de entender qué nos está pasando.