
Parece que no importa la sustancia de la cuestión, es decir, si el embrión humano posee, a la luz de la razón que examina los datos ofrecidos por la ciencia, una dignidad inviolable que no puede ser menoscabada ni agredida. Lo que importa es cerrar la boca de una vez a los pesados exponentes del movimiento pro-vida, implícitamente etiquetados como irracionales, oscurantistas y escasamente humanitarios. Al escuchar a los presentadores de algunos telediarios es imposible evitar la impresión de que la dimensión ética de este asunto es tan sólo un incordio. Y es que, como ha dicho Benedicto XVI, “queremos poseer el mundo y nuestra propia vida de manera ilimitada”, de acuerdo con una mentalidad que sólo reconoce la racionalidad técnica y sus posibilidades, y que rechaza como intromisión cualquier corrección que provenga de las tradiciones éticas de la humanidad.
Resulta también llamativa la insistencia de algunos en señalar las supuestas cuestiones religiosas implicadas en este debate, para desacreditar a quienes plantean reparos a determinados experimentos. Es radicalmente falso que con su oposición a la manipulación y destrucción de embriones, la Iglesia trate de imponer una serie de “valores cristianos”, que sólo en la fe se pueden reconocer y realizar. Por el contrario, al defender la dignidad sagrada del embrión humano, la Iglesia contribuye a recuperar la potencia de una racionalidad demasiado limitada y frenada hoy por el paradigma de la razón técnica. En este caso la Iglesia reclama algo que pertenece a los fundamentos de la humanidad, por tanto es accesible a la razón de todos y resulta esencial para construir un orden social justo.