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RICARDO BLÁZQUEZ

Los próximos años

La reciente elección de Ricardo Blázquez como Presidente de la Conferencia Episcopal Española no ha supuesto para mí ninguna sorpresa, no porque lo hubiera adelantado en alguna quiniela, sino porque en éstas no suelo gastar ni un minuto de mi tiempo. En estos casos, muy especialmente en la elección de un Papa, elucubrar sobre cuál va a ser el resultado es algo perfectamente inútil, que sólo sirve para rellenar papel y vender periódicos.

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Pero tampoco me ha sorprendido porque, por lo que lo conozco, me parece alguien con sobradas dotes para desempeñar el cargo. Lo llamativo hubiera sido que la elección hubiese recaído sobre quien no atesorase suficientes cualidades para la tarea, porque ser obispo no es sinónimo de valer para presidir una conferencia episcopal. Pero este cargo, como todos, no lo es en abstracto, sino para un momento concreto y con unos retos específicos; pues bien, creo que este es el caso.
 
L'Action Française, en su programa de 1903, decía que "un verdadero nacionalista pone la patria ante todo". Y desde luego así es, no hace falta que el nacionalista sea francés para que pueda suscribir la afirmación. Por ello, a Ricardo Blázquez, a su llegada a Bilbao, se le pidió que fuera nacionalista, pues se le dijo que era más importante que fuera vasco a que fuera evangélico. Que también fue la historia del cardenal Marcelo González en su etapa de Arzobispo de Barcelona y que, de una manera u otra, se repite cada vez que queda vacante la sede de alguna de las diócesis que hay en Cataluña: volem bisbes catalans (queremos obispos catalanes). Claro que a los cristianos sensatos del País Vasco, Cataluña o donde fuere, lo que les importa, ante todo, es que sea evangélico, lo otro es muy secundario, pues en Cristo no hay ni griego ni judío, todos los que en Él creen son hermanos. ¿Se puede uno imaginar a los cristianos de Lyon diciéndole a S. Ireneo que querían un obispo galo o a los de Canterbury poniéndole peros a S. Anselmo por ser italiano? Pero el actual obispo de Bilbao sabía que él no era una excepción, pues el nacionalismo, de manera violenta y criminal el más extremista, a los vascos les dice que es más importante ser vasco que ser hombre, lo cual incluye varones y mujeres. Sin embargo, Ricardo Blázquez, durante estos años como obispo de Bilbao, ha ejercido su ministerio pastoral, como todo lo humano con sus luces y sus sombras, subrayando a sus diocesanos, con berroqueña paciencia y afectuosa cercanía, que es más ser cristiano que ser vasco y, como ciudadano, ha puesto el acento, sobre todo en lo que a las víctimas del terrorismo se refiere, en que es más ser hombre que ser vasco.
 
Como Presidente de la Conferencia Episcopal, se encuentra con que, por un lado, un sector muy importante de nuestra sociedad y no pocos políticos le están pidiendo a la Iglesia que quede reducida a una ONG a la que se le permitiría que prestase servicios religiosos a sus fieles y/o exigiría que también lo hiciera a quien se lo pidiere, pues el papel que algunos le reservan es el de religión subsidiaria para cubrir las necesidades de quien de hecho no profese una determinada religión: así sería útil socialmente. A lo que hay que añadir el no despreciable número de católicos que propugnan un "hodiernamiento" de la Iglesia consistente básicamente en seguir las corrientes sociales, especialmente en lo que a moral se refiere, aunque tampoco le hagan ascos a cambiar el credo. Por otro lado, a los cristianos se les dice que es más importante ser políticamente correcto que ser hombre; prueba de ello es el laicismo en cuarto creciente y el constante empeño en restringir lo cristiano al ámbito de lo privado.
 
Ricardo Blázquez puede contribuir desde su cargo a decir que la Iglesia tiene una misión sobrenatural y que no puede quedar reducida a una organización secular y laica y, además, a decir que los cristianos son tan ciudadanos como cualquier otro, pues es más importante ser hombre que ser políticamente correcto. Los creyentes necesitan una Iglesia radicalmente cristiana, donde el que quiera serlo pueda llegar a serlo y encuentre el espacio para vivir comunitariamente su fe, una Iglesia radicalmente de hoy sin estar anclada en pasadas formas y estructuras y sin que el ritmo lo marquen los neopaganos. Hay tarea para los próximos años.
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