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SEMANA SANTA

Getsemaní

En estos días santos, por las calles y las plazas de la España real, no de la imaginada por la Comisión pro laicismo de nuestro Congreso, se representará la pasión del Hombre, pasión del Dios. Si hay una escena del Evangelio que refleja la hora presente, nuestra hora, es la de Jesús, el Cristo, en Getsemaní.

José Francisco Serrano Oceja
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Mel Gibson ha recreado en su película magistralmente el clima de la soledad de Dios, del agotamiento de la Historia, del abandono de la tierra en manos de fuerzas destructoras. Martín Buber diría de nuestros días que estamos en “el eclipse de Dios”. ¿Quién puede mantenerse despierto en esta noche; dormirse al albur del ocaso de las ideas y del pensamiento? Getsemaní es un anfiteatro en el que no abundan las palabras; reinan los silencios.
 
Los románticos alemanes del siglo XIX utilizaban el término Weltschmerz para referirse al dolor del mundo. Era un dolor cargado de insatisfacción, de incomodidad, de sufrimiento. Un dolor de época que aprisionaba la razón de nuestras sinrazones. Y en Getsemaní, en el Huerto de los Olivos, con Giovanni Papini nos encontramos la respuesta, el lenitivo: «Pero si el cáliz que Jesús querría alejar de Sí no es el terror de la muerte, ¿qué otra cosa puede ser? (…) ¿Quizá sea que ha entrevisto, en la última oscuridad de aquella velada, la suerte que correrían sus hijos más alejados de Él en el tiempo, los desfallecimientos de los primeros santos, las divisiones que surgirán entre ellos, las deserciones, los martirios, las matanzas, y, apenas llegara la hora del triunfo, la debilidad de los mismos que deberían servir de guías a las muchedumbres, los cismas irreparables, el desmembramiento de las Iglesias, los delirios de la soberbia herética, la propagación de las sectas, las confusiones de los falsos profetas, la osadía de los reformadores rebeldes, las temeridades perniciosas de los desbrozadores de abismos, las simonías y el libertinaje de quienes lo glorifican con los gestos y las palabras y lo reniegan en sus obras, la persecución de los cristianos por cristianos, el abandono de los tibios y de los altaneros, la dominación de los nuevos fariseos y nuevos escribas que retorcerán y falsificarán sus enseñanzas, la incomprensión de sus palabras cuando estas caigan en manos de los caviladores, de los sutilizadores, de los visionarios, de los que cuentan las sílabas, de los que pesan lo imponderable, de los que dividen lo inseparable, de los que despanzurran y desmenuzan, con orgullo de doctores, las cosas vivas, llevados de la presunción de resucitarlas?».
 
“En estos tiempos no hay que dormir”, dijo Pascal. André Glucksmann, en su libro “La tercera muerte de Dios”, escribió que “Todas las noches, a las ocho, cada vivienda de Occidente se conecta a una misa negra. La pequeña pantalla es el altar de nuestra incredulidad”. Por más que llenemos nuestra vida de ruidos, de imágenes de televisión, de lemas, remas y temas, la fe nace de la palabra, por el oído, y se curte en el silencio del corazón.
 
Getsemaní no es un juego de rol. En Getsemaní comienza la apuesta definitiva, el todo o la nada. En Getsemaní no se abrieron los cielos, porque se abrió la tierra para que Cristo pudiera contemplar el escenario del reino y poder de las tinieblas. Escribió Bernanos: “Desde el huerto del Calvario, sábete que Nuestro Señor conoció y expresó anticipadamente todas las agonías, incluso las más humildes, las más desoladas… ¡Esta pasión no es un juego de Príncipe! El sudor de sangre, la ingenua oración del monte de los Olivos, hasta el decisivo Ego sum, no son la humillación por pasatiempo; no se trata de un Dios que juega al hombre, como María Antonieta jugaba, en el Trianón, a la campesina.”
 
En estos días santos, pasión del hombre, pasión de Dios, yo quiero estar en el Getsemaní de nuestra Historia.
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