
Mientras en Irlanda del Norte la población se preparaba en junio de 1998 para votar en el referéndum el Acuerdo de Paz de Viernes Santo, una pequeña célula del IRA opuesta al acuerdo programaba un atentado que echara por tierra el acercamiento entre Londres y Dublín. Este grupo se denominaba “IRA Auténtico” y eligió maquiavélicamente su objetivo: Omagh, una pequeña localidad en la que católicos y protestantes habían convivido bastante bien a lo largo de los treinta años del conflicto del Ulster. El 15 de agosto de 1998 estalló la bomba que acabó con treinta y una vidas –dos de ellas españolas– y dejó doscientos cincuenta heridos. Michael Gallagher –espléndidamente interpretado por Gerard McSorley– que perdió allí a su hijo de veintiún años, se convirtió en el portavoz de las familias de las víctimas que exigían información y justicia. Víctimas que se organizaron para investigar por su cuenta, ante la pasividad de las fuerzas de seguridad y del Gobierno, que únicamente ofrecía palabras. A día de hoy, sólo hay un detenido en relación con esa masacre.
“La gente tiene la horrible sensación de haber sido traicionada”, explica Paul Greengrass, productor y guionista de Omagh, por cuyo guión obtuvo el premio del jurado en el último festival de San Sebastián. Greengrass había dirigido antes Bloody Sunday, la sobrecogedora cinta sobre la matanza de manifestantes a manos del Ejército británico. Por su parte, el director de la cinta, Pete Travis declaraba a Pantalla Grande, de Popular TV: “Nos pusimos en contacto con todas las familias que estuvieron implicadas, hablamos con ellos dos años antes de comenzar la película. Unos no querían que se hiciera el film, otros querían mantenerse al margen. Sólo cuando una gran mayoría creyó que era bueno hacer la película, nosotros decidimos seguir con el proyecto. La justicia ha fallado y le hemos contado a la gente una historia que desconocían, incluso en Irlanda. Ha sido positivo hacerla.”
En fin, el asunto es complejo y delicado, y hay que evitar la utilización del film para causas políticas parciales. Lo que parece claro es que en cualquier hipotético proceso de paz, que siempre implica ciertas “concesiones” a los terroristas, hay que extremar la atención y generosidad con las víctimas, que son quienes se van a sentir más humilladas. No hacer esto es de una mezquindad impropia de quienes tienen la obligación de servir al bien común. Viene bien que en España veamos esta película, y que la veamos con lupa. Omagh nos ayudará, sin duda, a adquirir una perspectiva moral más aguda sobre las víctimas del terrorismo. Cualquier aproximación ideológica al problema, o cualquier cálculo abstracto en réditos políticos, será necesariamente injusta y por lo mismo, violenta. Es curioso ver cómo aún hoy un Gobierno se puede poner nervioso con el estreno de un film.