
Éste solamente es un síntoma, sin duda el más llamativo y preocupante, pero no el único; en el trasfondo de la sintomatología hay millones de musulmanes que se ven ante la necesidad de dar respuesta a dos realidades: la modernización y el Islam. La respuesta radical dirá que la única solución es el rechazo de lo occidental y la islamización de la sociedad a partir de una interpretación rigurosamente literal del Corán; desde Sayyid Qutb las corrientes más extremas considerarán también lícito el recurso a la violencia para islamizar la sociedad, incluidas las occidentales. Otros piensan que la modernidad y el Islam son compatibles y, para ello, ven necesario y posible reformarlo; en esta posición, hay que situar, como ejemplo más reciente, el libro Mis dilemas con el Islam de Irshad Manji, escritora musulmana afincada en Canadá y de origen ugandés, que hace poco se presentó en España.
La compatibilidad del Islam con la cultura occidental es un problema para los mismos musulmanes y esta cuestión nos debería llevar a preguntarnos, también a nosotros, si es que todavía no lo hemos hecho, sobre la reformabilidad del Islam. Con frecuencia, en Occidente, nos encontramos con una actitud multiculturalista que viene a decir que todo es asimilable y que para el funcionamiento de una sociedad democrática es indiferente cual sea el contenido de una cultura o religión pues, a fin de cuentas, todas vienen a ser, para este modo de pensar, equivalentes. Además hay también una no pequeña dosis de ignorancia e ingenuidad en no pocos, que les lleva a pensar que determinados principios occidentales, que tienen su fuente en el cristianismo, son algo que se da espontáneamente en todas partes y no como consecuencia de una serie de costosos y largos procesos culturales e históricos que solamente han sido posibles en Occidente a partir de Jesucristo. Hay también una tendencia a pensar que las religiones afectan únicamente a aspectos externos de la vida, como pueden ser determinados ritos, tiempos de oración, costumbres alimenticias, etc., pero lo cierto es que no hay nada que afecte más global y profundamente al hombre que la religión.