
Desde Estambul ha llegado un mensaje claro de parte del Patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, Primado de honor de todas las Iglesias Ortodoxas. Al recibir en su sede de El Fanar a un grupo de periodistas italianos, el Patriarca ha querido subrayar que espera con gran deseo la llegada del Sucesor de Pedro, al tiempo que ha mostrado su seguridad de que la mayoría del pueblo turco acogerá con sentido de hospitalidad al Papa pese a las polémicas de las semanas pasadas. El mensaje es importante porque refuerza el significado inicial de la visita: intercambiar un abrazo de comunión entre las cabezas de las iglesias de Oriente y de Occidente, y más allá del gesto, trazar el rumbo de un nuevo tramo en el camino hacia la unidad plena, uno de los puntos nucleares que Benedicto XVI se marcó al inició de su pontificado.
Pero a nadie se le escapa que ahora se han añadido nuevos y desafiantes registros a la agenda de esta visita que siempre había sido contemplada de manera ambivalente por las autoridades turcas. No en vano, el viaje ha debido retrasarse un año entero tras la negativa de Ankara a recibir al Papa en 2005, tal y como deseaba Bartolomé I. Al gobierno turco le escocían todavía las declaraciones del cardenal Ratzinger sobre la inoportunidad del ingreso de Turquía en la Unión Europea (bien es cierto que el cardenal reservaba a ese país el papel de puente excepcional entre Occidente y el mundo islámico). Por otra parte, al gobierno de Erdogan le molestó que la iniciativa hubiera partido del Patriarca de Constantinopla, cuyo valor simbólico siempre es mirado con recelo. Sólo tras el asesinato del sacerdote italiano Andrea Santoro en febrero pasado, en el marco de la crisis de las viñetas, se consiguió cerrar un viaje que por entonces interesaba también al gobierno turco, con el fin de despejar sospechas sobre la falta de laicidad y de libertad religiosa, que por otra parte han sido ya denunciadas por numerosos portavoces de la Unión.
Pero las cosas volvieron a complicarse a raíz de la polémica de Ratisbona. Varios exponentes islámicos de Turquía han llevado la voz cantante de las críticas contra Benedicto XVI (alguno ha sugerido incluso la posibilidad de detenerle al pisar territorio turco y juzgarle por ofensas al Islam) y buena parte de la prensa del país se ha mostrado incendiaria al respecto. El propio Erdogán, colega de Zapatero en la famosa Alianza de Civilizaciones, ha sido menos que diplomático en esta ocasión. Todo ello compone un cuadro de preocupación que no pasa inadvertido en la Secretaría de Estado que acaba de ocupar Tarcisio Bertone. Más aún si recordamos que fue en el entorno del viaje de Juan Pablo II a Estambul, en 1979, cuando se cocinó el atentado perpetrado por Alí Agca, y si tenemos en cuenta la grotesca publicación de una novela de éxito en las librerías turcas, que describe un hipotético asesinato de Benedicto XVI. Por supuesto, para el gobierno de Ankara, que todavía aspira a ver franqueadas las puertas de la Unión, es indispensable conjurar estos peligros, pero podemos preguntarnos si no ha estado jugando con fuego hasta el momento. En los últimos días el clima se ha serenado notablemente y ha bajado el diapasón de las críticas, al tiempo que se lanzan proclamas de hospitalidad y bienvenida, pero las sombras no han desaparecido, y más de uno habrá susurrado al Papa la posibilidad de desistir.