
La novela de Orr cuenta a su vez la historia de otra novela La noche del oráculo, texto inédito que llegará a manos de Nick Bowen. Pero además esta historia se entrecruza con la del escritor famoso y amigo John Trause, con las historias que recrean en sus conversaciones, con posibles guiones de cine que uno y otro escriben... es decir una jungla de historias de ficción en las que el escritor está inmerso. Podríamos pensar en el consabido juego metanarrativo de las cajas chinas o de las muñecas rusas que se insertan unas dentro de otras a que nos tiene acostumbrados la novela contemporánea. Estas estructuras que, en muchas ocasiones, se convierten en auténticos prodigios de juegos malabares; en otras esconden un falso desvelamiento final en el que la última caja esta vacía, no hay nada; o en otras reflejan la fragmentación desbaratada de las vidas representadas. Y, sin embargo, no es el caso de La noche del oráculo.
La novela tiene otro referente, un modelo que se sitúa en los comienzos del género. Porque si en los orígenes de la novela está esa virtud de hacer de un texto que se nutre de episodios y de historias intercaladas una obra unitaria, esta habilidad la desarrolló como nadie antes Cervantes, autor del que se declara ferviente admirador Paul Auster. Las aventuras, encuentros, historias -narradas, escuchadas, imaginadas, conversadas, referidas…- diálogos y episodios son todas ocasión para contarnos la historia del Quijote, de su locura y cordura. Es decir todas están en función de la configuración del personaje protagonista porque a través de él percibimos la desorientación entre dos mundos, uno que muere -el de los ideales caballerescos medievales- y uno desconocido, ambiguo e inseguro que nace –el de la Modernidad-. La novela de Paul Auster participa de lo cervantino en el primer aspecto señalado, es decir, en que refiere un punto de apoyo para las diferentes historias, no sólo para que no nos perdamos en la madeja que urde, sino porque cree en que existe un punto que reúne las ficciones y éste es, pura y simplemente, una historia de amor. El mismo autor lo ha dicho, se trata de una "love story", el amor que Sydney Orr siente por su mujer Grace es el filo rojo que sirve de guía al resto.Ahora bien, no parece así al principio de la novela. Como hemos dicho el comienzo del texto nos relata al escritor dejándose atrapar por una nueva historia que se entremezcla con otras muchas. Incluso la narración conmovida de cómo se enamoró de su mujer aparece en nota a pie de página y en un cuerpo de letra mucho más pequeño. Es decir parece que esa línea de la historia resultará secundaria. Y aunque la hermosura del texto es singular, podría quedar ahogada por otros dos aspectos de la narración. Así describe Orr el enamoramiento de su mujer: “Grace Trebbetts hizo acto de presencia en el despacho. Se quedó alrededor de un cuarto de hora y, cuando salió para volver a su despacho, yo ya estaba enamorado de ella. Fue algo así de brusco, concluyente e inesperado (…) Para un pesimista nato como yo, fue una experiencia enteramente increíble. Me sentí transportado al universo de los trovadores, reviviendo un pasaje del primer capítulo de La vita nuova (…cuando por primera vez la gloriosa Dama de mis pensamientos se hizo presente ante mis ojos) habitando los rancios tropos de un millar de olvidados sonetos de amor. Ardía. Me consumía. Desfallecía. Mudo quedé (…) Al cabo de cinco minutos se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de su silla, y cuando le vi los brazos, aquellos brazos largos, suaves, infinitamente femeninos que tenía, supe que no descansaría hasta poder tocarlos, hasta conquistar el derecho de poner las manos sobre su cuerpo y acariciarle la piel desnuda (…) pero no nos enamoramos de los cuerpos, nos enamoramos de lo que somos (…) El misterio del deseo empieza cuando se mira a los ojos del ser amado, porque únicamente allí puede percibirse un destello de quién es esa persona”. Tras esta descripción, se abre una posiblilidad narrativa trágica que van tomando cuerpo: el escritor Sydney Orr, como las figuras que se recrean –Flitcraft, Nick Bowen o el personaje que viaja con la máquina del tiempo- intenta vivir una nueva vida. Si las figuras de sus historias sienten la urgencia de desvincularse de un presente insatisfactorio y, rompiendo con todo lo anterior, iniciar una nueva existencia, también Orr que siente el peso de las circunstancias podría abandonar a su mujer, huir de sus miserias, cerrar los ojos a las traiciones.
En la historia pendula la inseguridad sobre el conocimiento que terriblemente describía el autor en una obra anterior –La habitación cerrada- cuando dice: “Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable, me repetía (…)Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan; nos volvemos cada vez más opacos; más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo”. Según este pesimismo característico de Auster respecto al conocimiento de sí y de lo que le rodea, podría hacer sucumbir a su personaje en una tupida red de incertidumbres e inseguridades, pero, entonces, la historia da un quiebro. O mejor, vuelve al origen, al desarrollo del encuentro con Grace y, de este modo, la escritura se hace densa en lo que de carácter de indagación y proyección tiene.
Las palabras de Orr le sirven, entonces para entender y amar más a Grace. Orr piensa, imagina o crea el pasado de Grace -su traición- y por amor, la perdona: “Quiere seguir casada conmigo. El episodio de Trause ha terminado, y mientras ella siga queriendo estar casada conmigo, jamás le diré una sola palabra sobre la historia que acabo de escribir en el cuaderno azul. No sé si es realidad o ficción, pero en el fondo no me importa. Con tal que Grace me quiera, el pasado no me importa”. Las historias intercaladas terminaban con el encierro de los protagonistas en un búnker, en una habitación cerrada y ajena al mundo o en un callejón sin salida. El desenlace de la de Sydney Orr es un canto de amor: “Vi a Grace, postrada en la cama del hospital. Me vi a mí mismo rompiendo las hojas del cuaderno azul (…) mientras las lágrimas manaban de mis ojos, me sentía feliz, más feliz por estar vivo de lo que me había sentido jamás”.