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Itxu Díaz

El chico que declaró la guerra al roscón

Lo cansino de esta nueva izquierda es su necesidad de convertir a los demás.

Lo cansino de esta nueva izquierda es su necesidad de convertir a los demás.
Alberto Garzón. | Cordon Press

Todo lo que Alberto Garzón intuye sobre el concepto de masculinidad es que alude a la condición de tener el trasero más grande que la media. De ahí que sorprenda que a su condición de líder sindical de Toy Story sume ahora la de teórico de lo masculino. En una interpretación muy personal del célebre código de Ramón Llul, Garzón aventura que los caballeros que criticamos sus campañas contra el consumo de carne lo hacemos porque tenemos miedo a que nuestra masculinidad se vea "afectada por no comer un trozo de carne". Sin duda, cualquier hombre de bien sospecharía de un tipo que cena raíces de apio, no por su dudosa hombría sino por su más que probada condición leporina. Pero en lo que a mí respecta, y lamento desmentir al ministro, estoy asombrado de la deriva imparable de mi masculinidad, incluso en mis viernes de Cuaresma trapense y alubias negras viudísimas.

Para difundir su extraña tesis, Alberto Garzón ha ido a The Guardian, y recuerda bastante al Paco Martínez Soria de La ciudad no es para mí. El chico ha asomado la testa por uno de los periódicos británicos más famosos para decir que comer filetes de ternera arruinará el planeta, cuando habría sido suficiente con que dijera la verdad de una vez por todas: que aunar tanto disparate en un mismo ministerio es solo una broma infinita, casi tanto como la de Foster Wallace, para poner a prueba la paciencia de los españoles.

De todo el Gabinete de Sánchez, Garzón es el que menos esperaba verse un día en un ministerio; y ya es difícil, porque la mayoría de los actuales ministros ni siquiera sospecharon alguna vez que el cargo se devaluaría tanto como para que pudieran asaltarlo ellos. Pero lo de Garzón es fascinante porque nadie olvida que cada vez que había elecciones los votos le salían a devolver. Que era el niño comunista que haría avergonzar a cualquier comunista de pata roja y ciertas lecturas. Que, tras participar en la cena de los idiotas de Sánchez, le salió la bolita del Ministerio de Irrelevancia y Consumo, quedando condenado a pasar a la historia como el chico que declaró la guerra a la nata del roscón de Reyes. Que, más que coche oficial, uno espera que lleve asno oficial.

Mezclar feminismo y veganismo para aderezar su discurso contra los filetes, decir que las mujeres acogen mejor sus bobadas que los hombres, más que la pirueta de un estratega político, parece más bien el tropezón de un plachabragas de manual. Pero lo cierto es que cada uno elige la forma en que prefiere hacer el ridículo. Es asunto suyo. Lo que ya no lo es tanto es que haya expuesto su teoría en la prensa británica, haciéndonos partícipes de sus delirios. Por ministro, fuera de España, este señor es la voz de todos los españoles, no solo de sus votantes. Y es posible que ya nunca podamos pasearnos por las calles de Londres sin fingir acento italiano para disimular, para disipar la sospecha de que nos pasamos el día cavilando si echarse un cochinillo asado al coleto acrecentará o aminorará nuestra virilidad.

Por lo demás, lo cansino de esta nueva izquierda es su necesidad de convertir a los demás. Cualquiera puede respetar que, en una mística madrugada, a Garzón se le haya aparecido, no sé, un pepino gigante y le haya ordenado: "Desde ahora solo comerás de los nuestros y dejarás a los animales en paz". Todos podemos celebrar su experiencia religiosa. Lo agotador de este progresismo modelo Greta Thunberg es que, una vez converso por el milagro del pepino, necesita ir por las calles zarandeando a los paseantes, y chillándoles que se conviertan al credo verde, que abandonen las hamburguesas, los entrecots y el chorizo. Y todo por una sola razón: al final, lo que odia un comunista-feminista-pepinista no es que comamos carne, sino que seamos libres, que tomemos nuestras propias decisiones y que no le necesitemos para nada.

Garzón se mostró en The Guardian como un héroe incomprendido. "Sabíamos desde el principio que el tema sería controvertido, pero había que hacerlo", decía, justificando su campaña contra el consumo de carne y dejando entrever una osadía conmovedora, el rostro magullado de un elegido por la Madre Tierra para frenar la emergencia climática en su fiera batalla contra la rudeza de los españoles. Pero lo cierto, habrá que escribirlo pronto en inglés, es que no ha sido nada, ni un poquito controvertido. Qué desengaño más melancólico se llevarán los lectores británicos cuando se enteren de que en España, en realidad, al eco-mártir Garzón no le hacemos ni caso. Que su ministerio es, en fin, tan irrelevante como la mascarilla en exteriores.

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