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Itxu Díaz

Todo le da igual

Sánchez quiere romperlo todo antes de declarar juego revuelto y desaparecer. Que nada pueda sobrevivirle. Ni siquiera el PSOE.

Sánchez quiere romperlo todo antes de declarar juego revuelto y desaparecer. Que nada pueda sobrevivirle. Ni siquiera el PSOE.
Pedro Sánchez. | EFE

Escribo en la terraza del Náutico de Ribadeo. Mi refugio de verano. Aquí todo me parece bien. La ría, hasta que la profanó Zapatero en 2007 con sus amigotes ricos de la zona, era bastante constitucional. Con sus aguas tan de la Transición, tan navegadas por el Marqués de la Ría de Ribadeo, Leopoldo Calvo Sotelo, a quien veía de niño los domingos de verano en misa en la iglesia parroquial del pueblo, con toda la sencillez y naturalidad de la que carecen la mayor parte de la manada política de nuestros días. No acepto la excusa de que eran otros tiempos. Sencillamente, aquellos políticos aún tenían una cierta noción sobre su vocación de servicio.

Amenaza lluvia y está la terraza marinera muy animada hoy. A mi lado un grupo de pieles blancas enrojecidas, diría que americanos, comentan que no entienden por qué los españoles estamos tan enfadados con el Gobierno, si tenemos un país maravilloso. Contengo las ganas de meterme en conversación ajena para explicarles que lo difícil es seguir siendo un país maravilloso, a pesar del Gobierno. Claro que ellos, con el zombie de la Casa Blanca deambulando por el delirio cada día, tampoco están para la alta política.

Cada verano mido la prosperidad del país en la ocupación de los restaurantes de Ribadeo. No es un método muy científico, lo sé, pero qué le vamos a hacer si fui alumno de Tezanos en la UNED. Sí, también sobreviví a eso. Este año la sensación es de euforia contenida. Todo el mundo gasta pensando en el dinero que no va a tener en otoño. Imagínate cómo será, que había más alegría en el año de la crisis, cuando los brotes verdes y la cara hierática de Solbes, el enterrador del beneficio. El socialismo de hoy ya no sirve ni para volvernos irresponsables. Ni siquiera nos invitan a colocarnos y a estar al loro. Y supongo que no se puede disfrutar en plenitud un plato de pulpo a la brasa y dos botellitas de albariño si al mismo tiempo estás sudando ozono pensando en la emergencia climática; que dice la ONU que se necesita acción ya, por suerte siempre he sido más de la reacción.

El verano tiene un cierto efecto desintoxicante sobre la adicción política que padecemos. Quizá por eso he seguido la caída en desgracia de Adriana Lastra con poquísimo interés, ocupado en los azares de las mareas que suben y bajan, y en saber si hoy hará día de playa (sí, esto es el paraíso y el tiempo va por libre; te lo digo con mi jersey bien enfundado, y la piel de gallina en las piernas desnudas). Con todo, mi sensación desde esta lejanía es que Sánchez quiere romperlo todo antes de declarar juego revuelto y desaparecer. Que nada pueda sobrevivirle. Ni siquiera el PSOE.

El presidente pertenece a esa izquierda que tan bien define O’Rourke al señalar que detrás de toda su maraña ideológica solo hay "un niño mimado: miserable, como todos los niños mimados, insatisfecho, exigente, indisciplinado, déspota e inútil", porque el progresismo ya no es más que "una filosofía de mocosos llorones". Creen que el mundo está siempre en deuda con ellos. Sánchez, de hecho, lo piensa. Solo así es posible atender con esa sonrisa de indiferencia al llanto de los que lo han perdido todo por el incendio. No acabará bien esa partida. Los niños mimados siempre terminan mal.

Con suerte veré la caída del sanchismo a los pies de esta ría, pidiéndole a Juan otro arrocito de marisco para celebrarlo, y con la mayor de las indiferencias instalada en mi escasísima conciencia política. No puedo empatizar con el final infeliz de alguien que representa mejor que nadie al nuevo rico de la política, al eterno advenedizo, al trepa de manual. El hombre que jamás soñó llegar un día a la Moncloa, al que le tocó el Gordo con las brechas ilegítimas del sistema, por donde entran y salen las mociones de censura.

Enrique Urquijo cantaba que se sentía vulgar al bajarse de cada escenario. Sánchez se sentirá vulgar al bajarse del Falcon. La diferencia es que también es vulgar ahora, cuando se sube. La historia lo recordará con un montón de páginas en blanco. Y los españoles pasaremos sabe Dios cuántos años pagándole este Erasmus loco en La Moncloa. Creo que voy a pedirle a Juan otro gintonic.

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