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Ya no va más

Si se consuma la independencia de Cataluña la depresión que tendrá esta generación de españoles dejará muy corta a la depresión de 1898.

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Las imágenes del 9N

Parece que ya no va más. La ruleta de la política en Cataluña ha funcionado durante décadas bajo la suposición tácita de que, mientras giraba y los billetes saltaban a los bolsillos de algunos jugadores, las apuestas independentistas siempre serían un artificio táctico. "Nunca se llegará a eso", ha sido por muchos años el comentario –mitad cínico, mitad de fingido control- de quienes han jugado a la ruleta política catalana. Ahora ya no va más. Ya está aquí la declaración de independencia.

Tenía razón Aznar cuando vaticinaba que, antes de romper España, los independentistas romperían Cataluña. Ahí la tenemos, dramáticamente partida en dos. Y lo primero que hay que constatar es que el secesionismo está violentando los derechos individuales de cada uno de los catalanes. Todos ellos tienen el derecho a ser españoles. No me refiero al derecho a tener la nacionalidad española, sino al derecho a que su país siga siendo España, y no otro. Cada individuo tiene derecho a que se respete su patria, y a que esta no se vea troceada, invadida o liquidada por nadie.

Tenemos todos, incluyendo a los catalanes, el derecho a tener España. Del mismo modo que tenemos el derecho individual a no consentir que cualquiera determine a su capricho qué leyes cumple y cuáles no. ¿Por qué para los independentistas debe dejar de aplicarse una parte de la Constitución y mantenerse en vigor la que protege sus libertades? ¿Quién ha dado a nadie el derecho a decidir unilateralmente qué leyes se cumplen y cuáles otras se dejan de cumplir? Lo que a todos atañe ha de ser por todos acordado, se decía en las viejas Cortes medievales. Por todos, no por unos cuantos.

Existe el derecho a exigir que la ley, democráticamente formada y respetuosa con la libertad individual, se cumpla íntegramente. A lo que no hay derecho es a que el gobierno autonómico catalán haya exprimido el dinero al resto de los españoles durante estos últimos años, mientras ellos lo dedicaban a financiar la independencia. El mito de la Cataluña que era esquilmada por los ciudadanos de otras regiones hace años que dejó de ser cierto, pero ahora es palmario: sin la financiación suplementaria que el Estado le transfiere constantemente no tendrían dinero para pagar los sueldos de todos esos empleados públicos a los que sus superiores dedican a romper con España.

Por qué se ha permitido financiar este atropello es cosa que no tiene explicación. Como tampoco la tiene haber admitido los pasos previos dirigidos de manera inequívoca a la comisión de un delito. Pero téngase bien claro: si se consuma la independencia de Cataluña la depresión que tendrá esta generación de españoles dejará muy corta a la depresión de 1898. Y quienes la consientan sólo dejarán en la Historia una despreciable huella de pequeñez moral y política.

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