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El mal sólo existe si afecta a la izquierda

Nos equivocamos al creer que el golpismo a la libertad, la violencia, la represión o la desobediencia son lo mismo a uno y otro lado de la democracia.

Javier Somalo
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Nicolás Maduro, Manuela Carmena, Ada Colau y Kichi | Archivo

Carles Puigdemont ha salido en defensa del ex alcalde de Barcelona, Xavier Trias y su gratis total a los usurpadores del Barrio de Gracia: "Pagar a los okupas –ha dicho el presidente de la Generalidad– evitó males mayores". Toda una sentencia de Estado. Misma filosofía que, en sentido inverso, pretenden –y consiguen– que se aplique con Cataluña. Pero, como suele ocurrir cuando se cede a un chantaje, los males siempre tienden a hacerse mayores.

¿Y qué dice entonces Ada Colau, la alcaldesa que llegó a la política liderando a los afectados por una hipoteca sin haber sufrido una jamás? Que son los vecinos los que han de hablar con los terroristas callejeros que incendian los contenedores donde se encuentra ya la deuda catalana y que los Mossos hagan el favor de ser "proporcionales", que nunca he sabido si significa quemar otro contenedor y tirarles otro adoquín, quedarse quietos o sumarse a la fiesta. Pues, mientras Colau decide quién hace el mal y quién hace el bien, los cachorros de las CUP ya han establecido su parte proporcional en un comunicado titulado "¡Que tiemblen! Volvamos a las calles, somos la tormenta después de la calma". El aviso –impune, claro– dice así:

"Piedras, pintadas, martillos y contenedores ardiendo. La dignidad, recuperada a la fuerza y sin pedir permiso, se abre camino estas noches en las calles de la Vila de Gràcia con la resistencia organizada en torno al desalojo del Banco Expropiado".

Esta misma semana, el popular Xavier García Albiol fue acosado en Mataró y requirió escolta policial para salir de un acto de partido. Le esperaban las CUP y Podemos y no parecía que quisieran autógrafos. Una vez más, la ilegalidad, la amenaza y el acoso no son tales si se ejercen contra alguien del sistema.

Antes de pasar de Cataluña a Cádiz, y de ahí a Caracas, detengámonos un instante en Carmena –cuánta k y cuánto caos hay en esta deriva–, alcaldesa de Madrid que presume de todo y carece de otro tanto: acaba de multar con 1.600 euros a un trabajador que, megáfono en mano, protestaba con un grupo que llevaba tres meses sin cobrar de una empresa hotelera. Según sostienen en UGT Madrid –que ahora se sorprenden–, la concentración contaba con el permiso de la Delegación de Gobierno. El expediente, instruido por el Área de Medio Ambiente y Movilidad del Ayuntamiento de Madrid dice que el uso de silbatos y sirenas en la vía pública incumple la Ordenanza de Protección contra la Contaminación Acústica y Térmica. No montaron tiendas de campaña durante un mes en la zona más concurrida y turística de Madrid ni acosaron a Cristina Cifuentes, ni rodearon el Congreso de los Diputados con intención de asalto y, claro, eso se paga. La contaminación acústica y térmica –por el calentón, supongo– son riesgos inasumibles para la alcaldesa que dejó a dos velas a los trabajadores del estudio de su marido.

Y llegamos a Cádiz y a las amenazas de muerte –deseos, más bien– denunciadas por el alcalde Kichi. El que las profirió lo hizo, con su nombre y apellidos, a través del correo electrónico que el Ayuntamiento pone al servicio de los ciudadanos y como respuesta a los elogios que el alcalde brindó a Otegi. Kichi se ha puesto muy serio ante el injustificable tono violento del comunicante pero Kichi se reía cuando un borracho de carnaval –borracho pero con atril oficial– dijo: "¡Yo me cago en los muertos de la Guardia Civil y la Policía! Adiós gaditanos, os quiero".

Kichi ha leído en su correo lo que cientos de empresarios vascos, concejales, periodistas, guardias civiles, policías, militares y ciudadanos de a pie de toda España han sufrido a diario de parte de la banda de Otegi. Muchos de los que leían esas amenazas caían poco después a manos de ETA. Y en el carnaval de Cádiz se cagan en sus muertos y Kichi sonríe. Sólo si es él el destinatario de la amenaza, la cosa se pone seria y "hay que rebajar el tono", como ha dicho Carolina Bescansa, aristócrata demoscópica de Podemos.

Por fin recalamos en Caracas, cuna de la revolución morada, donde el sucesor del gorila rojo marca la senda a sus pupilos españoles. Después de insultar por enésima vez al presidente español, trató de ignorar a Albert Rivera delatando así lo mucho que preocupó su visita. Concluyó con ebriedad: "España necesita un Maduro, carajo, porque Maduro es muy majo". Creo que no hay mejor eslogan electoral para Pablo Iglesias y, por mucho que ahora quiera esconderse del patrón porque quiere ganarse a empresarios, hay que recordárselo cada día de la campaña. Tampoco está de más recordarle, como hizo el viernes Dieter Brandau en esRadio, sus encendidas dedicatorias a Hugo Chávez tras su muerte: "Los demócratas hemos perdido a uno de los nuestros…". "Me emociona escuchar al comandante…".


Cuando Pablo Iglesias elogiaba a Hugo Chávez por libertaddigitaltv

Pero no nos engañemos, la práctica totalidad de los votantes de Pablo Iglesias acudiría con entusiasmo a ese encuentro por las calles de Madrid que Nicolás Maduro ha imaginado entre los vapores del ron. No negarían sino que alabarían la condición golpista del chavismo y seguirían acusando a Aznar de haber urdido un golpe de extrema derecha contra el comandante Chávez. La inmensa mayoría de los votantes de Podemos considera que Leopoldo López es un traidor que provocó graves altercados con el resultado de un centenar de muertos por llamar a la desobediencia. Y lo mantendrán a sabiendas de que las balas procedían de francotiradores chavistas. Por lo mismo, considerarán amenazado a Kichi pero no a Albiol; violentos a los policías y no a los terroristas o preso político a Otegi y no a Leopoldo. Nos equivocamos a menudo al creer que el golpismo a la libertad, la violencia, la diferencia entre riqueza y pobreza, la represión, la amenaza o la desobediencia significan lo mismo a uno y otro lado de la democracia.

Por todo ello, creo que el peligro de Podemos debe dejar de ser un argumento electoral. Cataluña, Cádiz, Caracas, Carmena, Colau, Kichi… tendrían que ser razones suficientes para que el PP dejara de usar a Podemos como artificio contra el PSOE y Ciudadanos. También tendría que servir para que el PSOE despertara de una maldita vez y rompiera todos los pactos que han hecho posible la llegada al poder de esta izquierda uniéndose, si fuera necesario, a PP y a Ciudadanos allí donde hiciera falta. Esa sería una campaña electoral que merecería la pena seguir de cerca.

Reconozco que el posibilismo y la ingenuidad no son buenos compañeros de análisis cuando se trata de luchar contra el mal –el que afecta a los ciudadanos libres, no el que elige la izquierda a su conveniencia– pero es que al otro lado de la Democracia han creado un Frente y el terreno de los demócratas sigue siendo un erial.

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