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España, sé fuerte

No hará falta que Mariano Rajoy suspenda la autonomía de Cataluña. Ya lo ha hecho Artur Mas.

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Imagen del vídeo electoral de Rajoy | LDTV

El tiempo no todo lo cura, también pudre. Lo que nunca iba a pasar termina ocurriendo ante un presidente del Gobierno que se tapa puerilmente los ojos porque, al fin y al cabo, mañana saldrá el sol y Cataluña seguirá en el mapa.

Probablemente el procés salte en pedazos por esa alianza entre el separatismo conservador y la extrema izquierda, antisistema ambos. No se puede romper con España y, a la vez, detener a anarquistas, opinan en la CUP, sostén del delirio artúrico. Pero si entre ellos se entienden o se matan es harina de otro costal; el desafío se ha hecho realidad y el mero hecho de redactar la declaración de secesión e invocarla en público y en sede parlamentaria como hizo la nueva presidenta del parlamento catalán, Carmen Forcadell, es el enésimo motivo suficiente como para aplicar el artículo 155. Aunque, bien pensado, no hará falta que Mariano Rajoy suspenda la autonomía de Cataluña. Ya lo ha hecho Artur Mas, pues no existe en Cataluña un gobierno autónomo ni cosa que se le parezca sino un ente oficialmente sublevado. Así que ya podemos decir que llegamos tarde. Eso sí, todos muy unidos de repente. Que ahora la decisión de hacer frente a la sublevación –o ya a la República catalana– sea mancomunada significa el reparto de una responsabilidad que nunca ha querido asumir de oficio el Gobierno central.

Aplaudiría tal unidad si la hubiera –sólo la veo posible con Ciudadanos y una parte del PSOE y esto ya empieza a convertirse en un ensayo general de lo que puede ser España tras el 20 de diciembre– pero echo de menos que no haya sido concitada después de tomar alguna iniciativa. Lo lógico sería que las fuerzas políticas se pusieran del lado del Gobierno ante un problema nacional, avalando su acción. Ese sería el mejor arranque de un pacto de Estado. Algo parecido expresó Susana Díaz: apoyo incondicional al Gobierno, sea del color que sea, en defensa de la Constitución y de España. Su análisis fue diametralmente opuesto al de Pedro Sánchez, empeñado en reformar la Constitución y en el maldito "encaje". Sin embargo, el pacto que se nos presenta es de origen, no hay acción alguna que apoyar porque nada se ha hecho salvo balbucear para negar la mayor.

Por otro lado, si al final la respuesta ha de ser colegiada, cabría esperar el apoyo explícito del Rey y recuerdo aquí por segunda vez lo que aprendió siendo príncipe en la noche del 23-F: "(…) aprendió en unas horas más de lo que aprenderá en el resto de su vida", le contó Juan Carlos a José Luis de Vilallonga. Era tarde y al niño de 13 años le vino el sueño como le venía a su tía, la infanta Margarita, que sólo despertó de sopetón ante un estruendo provocado, según parece, por la calefacción: "¡Coño, los tanques! Juanito, pídeme unos huevos fritos, que a mí esto no me pilla con el estómago vacío". Así que el rey espabiló al hijo: "¡Felipe, no te duermas! Mira lo que hay que hacer cuando se es rey". Se refería, claro, sólo al momento en que decidió parar el golpe de Estado. No deberíamos esperar a Nochebuena y a un discurso hoy imposible de bosquejar. Confío mucho más en el que ahora mismo sería capaz de pronunciar para acompañar esa unidad en la que ahora se parapeta el presidente del Gobierno que debió capitanear hace mucho tiempo con el ejemplo previo de firmeza.

Además, ni siquiera esta campaña de imagen de unidad ha sido iniciativa de Rajoy; se la ha encontrado como cuando a un futbolista despistado le rebota el balón en la nariz y se convierte en gol y, claro, lo celebra chupándose el pulgar o haciendo el dibujo de un corazoncito con las manos o bailando una bachata con el banderín de córner. A Rajoy le ha rebotado una visita de Pedro Sánchez de la que tuvimos noticia por Twitter. El protocolo posterior no tenía más remedio que llegar, incluida la jornada guiada de puertas abiertas en la que Podemos ha convertido la visita de su líder, que ha hecho fotos hasta de las alfombras.

Nos viene a decir el presidente que hay que acompasar la acción a las violaciones, sin anticipaciones, en otras palabras, que los de enfrente han de disparar primero. Es lo que ahora llaman la proporcionalidad. Y de nuevo lo que trasluce es el miedo a aplicar la ley, que se convierte en una alternativa, no en una obligación. Ni a Mariano Rajoy ni al presidente del Tribunal Constitucional les gusta el artículo 155 –así lo han confesado sin rubor– aunque ambos tomaron posesión de sus cargos prometiendo o jurando guardar y hacer guardar –de forma inseparable– un libro que lo contiene y que se llama Constitución Española: o se cumple o se incumple, unos y otros. No hay términos medios ni anotaciones al margen. Nunca puede ser más grave la aplicación de la ley que su violación.

Pero, por otro lado, es verdad: hay desproporciones. Hemos asistido a giras internacionales –Obama, Blair, Merkel, Barroso, Juncker, Ban Ki-moon–, campañas sobre lo que pasaría si Cataluña se separara de España, injerencias de ministros de Exteriores que colocaron al régimen sublevado a la altura de una nación amiga de España y hasta deducciones de testimonio de políticos que, como el propio García Margallo, confesaba no saber quién vive de verdad en Cataluña pidiendo a su amigo Oriol Junqueras: "No os vayáis, se os quiere". Para Rajoy esta es la demostración de que hay que agotar todas las vías antes de acometer lo que la ley le brinda en suerte hace mucho tiempo. Se agotarán las vías y muchas cosas más. Esto sí que ha sido desproporcionado.

Y qué decir de la operación paralela contra la corrupción en Convergencia y contra el clan Pujol. Pues que el delito se consentía cuando ayudaban a formar mayorías absolutas. Sí, el separatismo además es corrupto, pero lo era también cuando algunos no lo consideraban separatismo sino nacionalismo moderado necesario para la gobernabilidad. Esa búsqueda de coartada también es desproporcionada. Les dejaron robar durante décadas –lo confesó el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro– porque necesitaban sus servicios tras las urnas. Todos sabíamos que Ubú y los excelsitos robaban y hasta nos reíamos en los teatros con la genial forma de denunciarlo de Albert Boadella.

El tiempo no lo cura todo pero para el presidente siempre terminará amaneciendo y las peores tinieblas se disiparán con los rayos de sol que atraviesan esos enormes y luminosos ventanales de La Moncloa. Ya han pasado por el salón Pedro, Albert y Pablo. Ahora es mejor descansar hasta que se agoten las vías. España, sé fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo.

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