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¿Ni está ni se le espera?

Las Cortes que lo proclamaron a él no merecen ver la Sucesión y eso se parece mucho más a un desprecio institucional que a un acto de generosidad.

Javier Somalo
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El Rey Juan Carlos | Cordon Press

En aquel libro de entrevista y carantoñas entre José Luis de Vilallonga y el rey, don Juan Carlos le confesó al marqués: "El silencio también puede ser peligroso. Atiza los malentendidos". Claro. El silencio y la ausencia son tan importantes como la palabra y la presencia. Y el que rompe la lógica o el pronóstico siempre consigue la atención ajena.

Sin embargo, según la versión cortesana, el rey que abdica no asistirá a la proclamación de su hijo para no restarle protagonismo. Pues para mí que atiza los malentendidos o, más bien, los sobreentendidos.

Juan Carlos quiso que su último acto público como rey fuera junto al presidente de la patronal catalana. Es la cuartilla final de su ajada y cuajada agenda oficial. Además de ser un revelador epílogo nacional, la decisión significa que las Cortes que lo proclamaron a él no merecen ver la Sucesión y eso se parece mucho más a un desprecio institucional que a un acto de generosidad. Pisó las Cortes para ser rey pero no quiere recorrer el camino de vuelta mirando a su hijo.

Allí, en la Carrera de San Jerónimo, el 22 de noviembre de 1975, don Juan Carlos juró las Leyes Fundamentales del Reino y los principios del Movimiento Nacional:

Juro por Dios y sobre los santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los Principios que informan el Movimiento Nacional.

Don Juan, el conde de Barcelona, tampoco asistió a la proclamación de su hijo porque seguía en el exilio y aún tardó dos años más en cederle los derechos dinásticos para "legitimar" –dicen– la sucesión borbónica. Además, don Juan no abdicó porque no reinó. La Transición fue la sucesión de Franco, muerto dos días antes, y el gran esfuerzo posterior.

Dicen las crónicas cortesanas que Juanito –así le llamaba su padre las pocas veces que lo hacía– estará el próximo 19 de junio solo en Palacio, viendo arrancar la historia de su hijo por la tele. No será la primera vez que la soledad y don Juan Carlos se encuentran. Su padre se la regaló siendo bien niño y desde entonces ha sido moneda de curso legal entre ellos y los que les rodearon. La soledad, la indiferencia y la ingratitud han acompañado los últimos años de muchas personas que dedicaron su vida a ambos y, en el caso de don Juan Carlos, de aquellos que le vieron e hicieron crecer… por no hablar de su esposa. Preceptores, profesores, consejeros, secretarios y hasta algunos amigos hoy son meros recuerdos, retratos de quita y pon en las estanterías del despacho real. A veces ni eso. Ahora el Príncipe será Rey ante personalidades y multitudes. Pero sin el padre. La moneda sigue cambiando de mano.

Cuenta don Juan Carlos que en la noche del 23-F su hijo "aprendió en unas horas más de lo que aprenderá en el resto de su vida" y que cuando, ya de madrugada, le vencía el sueño le espetó: "¡Felipe, no te duermas! Mira lo que hay que hacer cuando se es rey". Alguna lección más habrá obtenido después de aquella agitada noche sobre lo que hay que hacer –y lo que no– cuando se es rey. Una de ellas, la de la proclamación sin padre, está al llegar.

El día 19 de junio, si alguien pregunta dónde está el rey bastará decirle: ahí –señalando a don Felipe. Y su padre… en Palacio, que es como estar en Laguna de Duero, donde el mismo día en que se votaba la Ley de Abdicación, cosa insólita, nacían dos perros verdes refrendando el dicho.

Pero puede que alguien que conozca bien al padre –y al abuelo–tenga otra respuesta mucho más sencilla, concluyente y conocida. Que ni está ni se le espera.

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